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  • 29
    Octubre
    2014

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    Magical girl

    MagicalgirlCarlos Vermut, 2014 Magical girl es una película androcéntrica, aunque las mujeres aparezcan en primer plano. Las dos protagonistas son una niña y una mujer condenadas, que llevan a los hombres a la perdición, como en los mejores tiempos de la femme fatale. Ellas son una niña enferma de leucemia en fase terminal, y una joven que podríamos calificar de trastorno borderline, con conductas excéntricas y autodestructivas (entre ellas la de auto-agredirse hasta hacer de su cuerpo un intrincado mapa de cicatrices). Los hombres que las acompañan sufren por su culpa. El padre, porque en su afán de complacer un deseo de la hija que está a punto de perder, un vestido de la serie japonesa de dibujos animados Magical girl, decide chantajear a la mujer con la que se ha acostado casualmente una sola noche; con resultados fatales. Estos vienen de la mano de un antiguo profesor de la niña, un minimalista José Sacristán, que ya sufrió por su culpa diez años de prisión, pero que está dispuesto a otro sacrificio semejante si ella así se lo pide. Es decir, y perdón por los necesarios spoilers: las mujeres tienen el poder maléfico e irresistible de llevar a los hombres a su perdición. Son egoístas, auto-centradas y malas, pero su seducción es tal que ellos, los pobres, solo pueden rendirse a sus pies. Al comienzo de la película es la joven borderline quien aparece arrodillada delante de su marido (un psiquiatra que tampoco puede separarse de ella) atándole el cordón de los zapatos, lo que podríamos interpretar como un guiño del director al espectador: Mira lo que te presento: sumisión, docilidad, aparente infantilismo… pero nada es en mi película lo que parece, lo que se esconde detrás es todo lo contrario: docilidad del hombre (la carita del padre abocado a su fatum –el de proporcionar el carísimo vestido a su hija – , es para no olvidarla), poder de seducción y egoísmo de las féminas. Dicho lo anterior, he de confesar que la película me ha parecido formalmente excelente: se compone como un puzzle, el mismo que completa uno de los protagonistas, y nos deja sin la pieza que falta (¿qué pasó entre la alumna y el profesor años atrás?, ¿de dónde procede el poder que ejerce sobre él?), sin que esa ausencia nos importe demasiado, pues la historia es atractiva (el uso del recurso a la muerte, de la niña; el desorden sexual de la joven y el morbo de su auto destructividad, así lo garantizan) y consigue toda nuestra atención. Tanto el tempo narrativo como la fotografía, la interpretación (de casi todos), la ambientación (esa casa desolada de la familia monoparental padre-hija muestra por sí sola la soledad y la desolación de esos hombres que educan solos, su incapacidad para crear un hogar cálido, tanto interior como exterior, a pesar de sus esfuerzos), y otros muchos aspectos (entre ellos el tratamiento de la crisis económica, sucinto pero presente y verosímil), son irreprochables. Ahora bien, cabe preguntarse, ¿por qué eligen algunos directores estas historias?, ¿por qué Carlos Vermut ha vuelto a mostrarnos a estas mujeres araña que vampirizan a los hombres, y que vuelven a proporcionar una representación de la mujer archiconocida y, creíamos que, periclitada? Magical girl es una historia que, más allá de su logrado formato, queda en la memoria como repetición de ciertos tópicos que arrastramos las mujeres desde Eva, y que los años dorados de Hollywood explotaron hasta la saciedad. Es verdad que ha elegido a un padre entregado (y no a una madre, la historia no sería la misma en este caso), pero el resto es lugar común, fácil colección de estereotipos que inciden en lo mismo: la mujer como trabajadora del sexo (más allá de alguna doctora por la que el director pasa de largo, en beneficio de la historia, la protagonista y sus amigas son prostitutas de alto standing; queda en un aparte la niña), los peligros de la seducción para el hombre, la auto-destructividad y el masoquismo femeninos. Vermut, cabe pensar, sigue impresionado con las mujeres fatales, necesita volver al estereotipo, revisitarlo de otra manera, deshacerse de los efectos que aquella representación de lo femenino dejó grabadas en su inconsciente. Está en su derecho el hacerlo, y lo ha hecho muy bien, pero a algunas de nosotras nos suena a más de lo mismo. A pesar de todo lo anterior, la película me gustó y, como insisto a menudo desde aquí, merece la pena ir al cine, verla y comentarla, no perder la sana costumbre de polemizar sobre lo que nos propone, de ejercer con entusiasmo nuestra capacidad de crítica.  

     

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