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  • 05
    Noviembre
    2012

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    Los pollos de Chelsea

    Chelsea es el barrio de las galerías de arte y del famoso mercado, una visita obligada para cualquiera que viaje a Nueva York. Pero nada de esto es posible disfrutar después de Sandy, pues pasear por Chelsea se ha convertido en un recorrido por una ciudad fantasma. Los locales comerciales y los restaurantes permanecen cerrados, e informan con rudimentarios carteles sobre la causa: el huracán. La basura está omnipresente, y cientos de camiones idénticos, que trabajan en la reconstrucción de la ciudad, circulan en caravana por sus calles desiertas, como si se tratase de una película posapocalíptica.

    En una pequeña plaza, donde un grupo de hispanos conversan ociosos, varias decenas de pollos descongelados descansan sobre su lomo con las patas al aire. Han sido lanzados a la acera como si de una singular performance urbana se tratase. Pero la causa no es artística, a pesar de estar en el barrio que concentra más arte por metro cuadrado, sino mucho más material: algún comerciante al que la falta de electricidad le obligó a deshacerse de ellos. Una muestra de descuido poco higiénica que no es frecuente encontrar en este barrio vigilado y vacío, en el que el ayuntamiento del alcalde Bloomberg distribuye agua potable en algunas esquinas, mediante una especie de curiosa bañera con distintos grifos y un generador, o distribuye comida y bebida gratis para los afectados, en el Parque de Chelsea, a las 3 p.m.

    La High Line, el nuevo parque construido sobre una antigua línea de ferrocarril rehabilitada como zona de recreo – 2,5 kilómetros de camino verde a nueve metros del suelo – , está cerrado desde antes del huracán para prevenir posibles desastres. Podemos verlo, inaccesible, allá arriba, mientras que un operario negro nos dice que sí, que no sabe cuándo la abrirán, y una extraña lágrima solitaria le recorre la mejilla cuando se quita las gafas.

    La gente se queja y pide más ayuda, según informa el The New York Times; y en ese mismo periódico nos enteramos de que el alcalde, después de estar convencido de lo contrario, ha decidido suspender el maratón de Nueva York. El mismo que su antecesor en el cargo, Giuliani, no suspendió en 2001, tan solo dos meses después del 11-S. La frustración de los miles de personas, venidas de todo el mundo, que desde la mañana corrían por la ciudad entrenándose para la carrera, es fácilmente imaginable. En Central Park habíamos visto algunos grupos, americanos y franceses, seguidos de su propio equipo de televisión. Pero el trauma de Sandy es profundo. Nueva York parece más vulnerable que entonces, cuando el proverbial optimismo americano les hizo apresurarse en la reparación de la herida moral, y en la reconstrucción del espacio dañado.

    Por la tarde, en algunos locales del Soho y de Greenwich Village, podemos leer: Goodby Sandy, hello electricity, we are open. Y la ingenua felicidad que expresa esta telegráfica frase habla por sí sola.

    La ciudad recupera su vida poco a poco, aunque el barrio de la zona O esté vacío y se siga trabajando en la extracción de agua que anegó las obras. Entre los proyectos, uno de Calatrava que repite una vez más sus estructuras blancas, como mastodónticos esqueletos de ballena, y la torre que sustituirá a las torres gemelas casi terminada. Es una área que no me gusta, esta del barrio financiero, fría y deshumanizada, pero que concentra, o así me pareció sentir durante el tiempo que la transitamos, una cantidad de dolor que no es fácil soslayar.

     

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