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  • 21
    Enero
    2015

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    Los escritores suicidas

    Los-escritores-suicidas-de-Pere-RojoPere Rojo, Uno editorial. Madrid 2015 Treinta y un escritores y escritoras suicidas ha recogido en este libro Pere Rojo. Intercalados sin orden cronológico sino en lo que parece el azar de la propia relación intelectual del autor con ellos. No sería este un libro interesante si solo se tratase de un elenco de estos autores junto a una breve reseña biográfica, pues podríamos encontrar esa información en la web, simplemente tecleando los diferentes nombres de los suicidas. Pero este libro es interesante porque a partir de su lectura se puede ir perfilando la voz de su autor, Pere Rojo, y de su interés por un tema que nunca dejará de inquietarnos. Un interés que le ha llevado a buscar en biografías, en la obra de los autores y en comentarios sobre los mismos, las posibles razones de su acto. ¿Por qué se suicidan tantos poetas y escritores?, ¿es peligroso escribir?, ¿merece la pena?, se pregunta en el prólogo. Y ya en este prólogo va desprendiéndose de afirmaciones y dudas personales en las que encontramos la particular mirada del autor de este ensayo.               No creo que las muertes de todos estos escritores sean un ejemplo edificante, ni que el suicidio lleve a ningún lado, aunque tampoco estoy seguro de que la vida tenga mucho sentido (pag. 21).   Esto opina Pere Rojo, que continúa dejándonos testimonio de sus pensamientos aquí y allá. Como este párrafo sobre el peligroso riesgo de laxitud moral que las etiquetas psicológicas y psiquiátricas estimulan en nuestros contemporáneos (Eva Illouz ha demostrado cómo se generan los estándares emocionales, y la pérdida de responsabilidad moral que comporta la sustitución en nuestra cultura del término “alma”, y su significado, por el de “psique”). Cito a Rojo: A pesar de lo que se suele creer, la naturaleza humana, aún sumergida en la desgracia, tiene fuerza suficiente para levantarse. La ignorancia popular parece justificar el fracaso vital por la existencia de traumas en la infancia o en la vida, pero no hay que olvidar que millones de personas con esos mismos traumas los superaron renunciando a etiquetas autoexculpatorias como “yo, es que perdí un hijo”, “yo, es que soy huérfano” o, una más moderna que sólo se puede ver en una sociedad venida a más, “yo, es que soy disléxico o depresivo” (pag. 57).   Pere Rojo lee a sus autores con ojo clínico, como si los sometiese a una sesión de terapia familiar o individual. Sobre los padres de Alejandra Pizarnik afirma:                   Por lo que se cuenta de ellos, si pecaron de algo, fue de excedo de protección hacia aquella niña a la que seguramente notaban débil a pesar de su aparente fortaleza y a la que pagaron la edición de sus primeros libros y sus interminables terapias (pag. 74).   Rastreando al autor, vemos que piensa que los locos de verdad le echan la culpa a la medicina y a su psiquiatra  de su locura, y que a mayor esquizofrenia menos poesía, a pesar de que suela pensarse comúnmente que la locura es poética. Y lleva razón en ambas cosas. Piensa también con razón que:             Para ser escritor hay que encajar las derrotas mucho mejor que cualquier habitante medio de la Tierra, porque un escritor de los que llegan a publicar ha recibido decenas o centenares de negativas antes de que nadie acepte ninguna de sus obras (pag. 82).   Es por esto que reprocharles por impacientes a John Kennedy Toole, a Larra o a Walter Benjamin; impaciencia para esperar, a pesar de la enfermedad o el fracaso, lo que la vida pueda depararles en el futuro que abortan. Piensa Rojo que la persona que antepone sus necesidades a las de sus hijos no puede llegar a ser buena madre o buen padre, y que Marina Tsvietáieva, que diagnostica de trastorno límite de la personalidad, un poco kamikaze (pag. 231), no estaba preparada para serlo. Si bien, se interroga, porque Rojo no sienta cátedra, y en su libro hay más preguntas que respuestas.               ¿Cuántas mujeres son buenas madres? ¿Se puede considerar eso un rasgo patológico o es más bien una variante de la normalidad? (pag. 231)   Es interesante observar algunos de los ejes que se desprenden de la lectura de este libro. Unos los señala el propio autor, como cuando confirma que:                   Durante la guerra, el escritor suicida es sólo de un tipo. Benjamin, Weiss, Witkiewitcz y Tsvietáieva, se suicidan para evitar una muerte más atroz, o eso les parece a ellos (pag. 239).   Así como la obsesión del suicidio por todos los supervivientes de los campos nazis, culpables de sobrevivir al horror. Como el mismo autor comenta, la historia de estos escritores suicidas se convierte, obligadamente, en la historia de los horrores del siglo XX. El interés por el nazismo y sus consecuencias en Europa es notable, pues la extensión que le dedica a Primo Levi, Tsvietáieva, Maiakovski, es ligeramente mayor que la de otros autores, y en su análisis se explaya en consideraciones sobre el porqué del nazismo, o la complicidad de los alemanes, culpables de no tener el valor de hablar. Para el autor está claro que, en el caso de Hitler y de otros:             … el grado de enfermedad mental que supone un tipo de personalidad, en este caso una personalidad sádico- paranoide, no sirve de eximente en los tribunales (pag. 242).   Pere Rojo mantiene una actitud firme respecto a la justificación de nuestra debilidad moral apelando a traumas infantiles o a circunstancias vitales hostiles. Esto, nos dice, no sirve para justificar la crueldad hacia el otro ni el suicidio, porque otros que fueron igualmente maltratados consiguieron recuperarse y llevar una vida que no dañe al prójimo (pag. 248).   Otro eje que se desprende de la lectura, y que el autor, en esta ocasión, no sigue, es el de los suicidas con enfermedades letales previas, es decir, donde el suicidio puede considerarse una especie de eutanasia, como sería el caso de Hemingway o de Virginia Woolf, o también, quizás, de Kawabata. Y, por último, se desprende el interesante tema de las mujeres de los suicidas que acabaron suicidándose con ellos, como el caso de la esposa de Stefan Zweig, o de Cynthia, la mujer de Arthur Koestler, que se suicidó con él ( de 77 años) cuando contaba 56, por citar dos ejemplos. Ningún marido, ni el de Sylvia Plath, ni el de Virginia Woolf, se suicidó con su mujer, asunto que nos habla de la idea patológica de fusión amorosa que el patriarcado introduce en las mujeres, que no corre paralela en el caso de los hombres.   Por otra parte, a menudo, hay en el tono del autor una distancia irónica respecto al asunto que trata, como cuando dice:             Una variante de los suicidas despechados son los que antes de suicidarse matan a sus parejas. A estos habría que recordarles que el orden correcto sería que empezaran por ellos mismos (pag. 89).   O cuando, hablando de Larra, afirma lo siguiente:             Una de las cosas más difíciles que un hombre ha de aprender a lo largo de su vida es el arte de recibir calabazas. Sabiendo únicamente cómo Larra recibió las suyas sabemos mucho de él y de lo quebradizos que puedan ser algunos hombres brillantes (pag. 104). Y más adelante:             Larra fue aquel ilustrado a quien una pasión y, sobre todo, un balazo, volvieron romántico (pag. 106). Por último, Pere Rojo se vuelve en ocasiones pedagógico, como si el psiquiatra saliera a la palestra para instruir al lector, como sucede, sobre todo, en el caso de Virginia Woolf, donde arriesga un diagnóstico de depresión y no de psicosis, porque no todos los que oyen voces están locos, e interpreta el episodio en el que Virginia oía a los pájaros hablar en griego como una crisis maníaca más que esquizofrénica, atendiendo también a los testimonios de su marido, Leonard; desligando además su enfermedad de los abusos sexuales que sufrió en la infancia por parte de sus hermanastros. Hay en este libro una mirada de autor que compara e interpreta, que subraya y amplía, que se pregunta y responde, y es esta mirada, más allá del intrínseco interés que despierta el tema en todos nosotros, lo que lo hace recomendable. Como colofón, el autor nos regala unas reflexiones sobre la escritura que, en opinión de Pere Rojo, es siempre peligrosa, aunque merece la pena intentarla. Peligrosa porque nos confronta de diferentes modos con el vacío estructural, con la falta y lo traumático: Semprúm, cita Rojo, no quiso enfrentarse a su experiencia en el campo de concentración hasta décadas más tarde en La escritura o la vida (1994); mientras que Primo Levi necesitó hacerlo casi de inmediato en Si esto es un hombre (1946). Escribir para buscarle un sentido a la vida que nos dote de más vida, una búsqueda que nos acerca a nuestra vulnerabilidad, abriendo un territorio de oportunidades y, también, de riesgos.    

     

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