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  • 07
    Mayo
    2014

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    Las cosas de la vida

    affiche-Les-Choses-de-la-vie-1969-1En vacaciones solemos ver en DVD películas destacadas de la historia del cine, directores que queremos seguir o revisar, filmografías nuevas a las que nunca antes habíamos accedido. A veces me cuesta entrar en esas historias que reflejan un tiempo, una estética y unas costumbres ya pasadas. Otras me fascina su buen hacer, lo “actuales” que me resultan sus preocupaciones, sus hallazgos, y la memoria particular que evocan. He disfrutado con “Las cosas de la vida” (1970), de Claude Sautet , o con  La Belle noiseuse (1991), la kilométrica película de Jean Rivette (cuatro horas de metraje), y me he aburrido y he dejadode ver otras. Pero la mayoría ha provocado una reflexión que quiero traer hoy aquí: las mujeres que protagonizan estas películas son casi siempre seres sin un lugar social definido. De ellas no sabemos si estudiaron, si trabajan o se ocupan en algo (o este algo es muy tangencial en el argumento), pues el rasgo más persistente que se nos muestra es que son la pareja de los protagonistas.  El punto de vista es, casi siempre, el de ellos. Romy Schneider, espectacularmente bella, le pregunta en  la cama a un Michel Piccoli jovencísimo y peludo (impensable esto último en un actor actual), ¿por qué me amas, a lo que él le responde bromeando: Porque eres vieja y fea. Lo mismo sucede cuando Brigitte Bardot le pregunta a Piccoli en otra escena de  El desprecio (1963), de Jean- Luc Godard, si le gusta una a una cada parte de su cuerpo. La respuesta siempre es la misma: te amo porque eres hermosa. En la cinta de Sautet, La Belle noiseuse, una jovencísima Emmanuelle Béart se ofrece como modelo de un famoso pintor por el tiempo que haga falta, porque no parece tener ningún otro proyecto que interfiera el que le asignan los hombres (su novio, también pintor, y el maestro al que este admira). Al final, eso sí, Emmanuelle Béart dice un NO rotundo a continuar con su prometido, un No que es una promesa de realización personal futura. Pero en el plano siguiente aparece la palabra FIN, y nos quedamos sin saber qué camino emprenderá la joven que así se rebela. Me inquieta esta representación de la mujer  que predomina en el cine. Una representación que no la vincula con su inteligencia o sus capacidades sino con un cuerpo sobre el que ella no tiene ninguna posibilidad de intervenir: un cuerpo que le viene dado. Mujeres cuyo exclusivo atractivo es su belleza y su capacidad de seducción. Nos educamos viendo estas películas, asistiendo a esta propuesta de feminidad en un país, en una cultura, que no cuestionaba estos modelos sino que los elevaba a canónicos. Mi amiga Pilar Aguilar Carrasco se ocupó de analizar el cine español de los 90, constatando que la mujer y la sexualidad femenina seguían siendo representadas, treinta años después, desde el modelo más convencional(Mujer, amor y sexo en el cine español de los '90, Fundamentos, 1998). Recuerdo mi credulidad de niña, de joven ingenua, frente a la pantalla del cine o de la televisión, identificándome sin remedio con estos destinos de la feminidad que ahora me resultan contrarios a la dignidad humana, a la propuesta de vida que deseo para mí y para todas las mujeres. Y me asombro de nuestra joven ceguera, de nuestra plasticidad. Si hubiéramos sabido que así no eran las cosas, si hubiésemos sido educadas como sujetos con una representación pública –un trabajo, unos deseos propios, un destino puesto en nuestras manos –, el mundo no sería tal y como todavía es hoy. ¡Me parecen tan antiguas esas mujeres que se consumen, insatisfechas o felices, en el triste destino de satelizar a un hombre! Deseo tanto que sean realmente antiguas, que no existan más, que hayan dado paso a otras mujeres libres que, aún hoy, esperan ser bien representadas en el cine.

     

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