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  • 10
    Septiembre
    2014

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    La vida como placebo

    pastillasRecibo regularmente noticias sobre las últimas investigaciones en psiquiatría y salud mental que me mantienen al día de los esfuerzos de distintas disciplinas por entender la complejidad del ser humano. En una de las últimas revistas se incluye un artículo sobre el que quiero llamar la atención hoy, cuyo título reza así: La exposición al gas xenón puede borrar los recuerdos traumáticos. El psiquiatra Allen Frances dirigió en 1994 una de las ediciones del más famoso manual de clasificación de los trastornos mentales, DSM-IV, para convertirse poco después en un crítico feroz de la siguiente edición, por considerar que sus redactores se rindieron a las presiones de la industria farmacéutica e incluyeron en la clasificación conductas que podríamos considerar habituales en la vida del ser humano, y no patológicas. Conductas que después de identificadas, gracias al DSM-V, serán medicadas y atendidas, incrementando el gasto farmacéutico sin grandes beneficios para el paciente. Allen Frances alerta en una reciente entrevista sobre las enfermedades que se han colado en el polémico manual (afortunadamente, cada día son más los profesionales y asociaciones que nos manifestamos en su contra), y señala las siguientes: duelo por la pérdida de un ser querido, rabietas de los niños, problemas de memoria de la gente mayor, falta de concentración y glotonería/obesidad. Estas conductas, que se consideran propias de diferentes episodios o circunstancias de la vida, o bien derivadas de la relajación de la voluntad, se identifican como enfermedades mentales contra las que el sujeto poco puede hacer (irresponsabilizándolo) administrándose los fármacos ad hoc para erradicarlas, en un uso abusivo, a su juicio y al nuestro, de las pastillas y del poder psiquiátrico. Al tratarlas como trastornos, la industria farmacéutica no solo se embolsa cantidades ingentes de dinero (mientras se niega a rebajar el precio de los medicamentos más eficaces para la hepatitis, el cáncer o el sida), sino que contribuye a crear un ser humano más refractario a la reflexión, a la profundidad de las emociones y al dolor que la vida afectiva comporta. Vivir es asumir riesgos, riesgos que son, precisamente, lo más interesante de la vida, pues nos permiten aprender y crear una experiencia que formará parte de nosotros mismos, nos hará distintos, mejores o peores, cambiará nuestra percepción y la del mundo, en definitiva, hará que estar aquí merezca la pena. Pero no. Vivir, para el ser humano que se propone crear la industria farmacéutica y otras instancias con objetivos afines, se identifica con la planicie intelectual y la falta de emociones, con la huída del dolor y, con su desaparición, la de parte importante de las emociones humanas. A ayudarnos a eludir esta profundidad, y contribuir a hacernos más livianos y superficiales, viene ahora el gas xenón, que borra los recuerdos traumáticos. Nos dice el artículo. Cuando recordemos un hecho traumático (una muerte, accidente o enfermedad, separación o abandono...) no aprenderemos de él, lo elaboraremos, lo ponderemos y saldremos poco a poco del dolor que nos produce, integrándolo en nuestro psiquismo sino que, ¡tate!, la exposición al gas xenón hará maravillas y borrará el hecho doloroso de inmediato. Qué bien. A este paso, nos convertiremos en autómatas sin experiencia, en el hermoso significado de la palabra que aporta la RAE. Recordémoslo aquí, antes de que llegue el gas xenón y nos la quite del todo, junto con la memoria. experiencia. (Del lat. experientĭa). 1. f. Hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo. 2. f. Práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo. 3. f. Conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas. 4. f. Circunstancia o acontecimiento vivido por una persona. 5. f. Experimento. Y sin experiencia no habrá pensamiento, ni diferencias entre nosotros, esto es, diversidad, sino homogenización y automatismo. El gas xenón, junto al abuso de antidepresivos y la medicalización abusiva de nuestras conductas que denuncia Allen Frances, será como el famoso soma, aquel que inventó premonitoriamente Aldoux Huxley para hacer desaparecer las penas en su famosa novela, Un mundo feliz. Seamos felices y comamos perdices. Otro día hablaré contra el imperativo de la felicidad.

     

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