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  • 05
    Febrero
    2014

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    La Venus de las pieles, Roman Polanski

    PolanskiPara una psicoanalista que se preciase, leer La Venus de las pieles de Sacher-Masoch, era imprescindible en aquellos lejanos años setenta. La historia de un contrato sado-masoquista (el vocablo masoquista deriva precisamente de este autor) entre un hombre y una mujer, fue asombrosa para mí, por lo novedosa y extraña. La dialéctica del amo y del esclavo se muestra en esa pieza afamada, comentada por Lacan o Derrida, con enorme elocuencia. Sabemos que la novela se inspiró en la relación que Sacher- Masoch establecía con las mujeres, especialmente con Fanny von Pistor,  pero también con quien sería su mujer, Aurora Rümelin, quien, con el seudónimo de Wanda, escribió después las memorias de su peculiar relación con el escritor austríaco. Wanda es, así mismo, el nombre de la protagonista de la obra de teatro que constituye el centro de la última película de Roman Polanski. Un ejercicio de maestría teatral y cinematográfica muy bien interpretado por Mathiey Amalric y Emmanuelle Seigner, esposa del director. Polanski ha ido en La Venus de las pieles mucho más lejos que la obra homónima de Masoch, mostrándonos, no solo la sensualidad de una relación sado- masoquista, sino, a mi entender, la estrecha relación que existe entre lo que, con demasiada simpleza, denominamos femenino y masculino, cuya frontera difumina Polanski hasta límites insospechados. La película es una obra teatral sobre una novela, por lo que los juegos metaficcionales son constantes (contempla en su interior una propuesta sobre los procesos creativos nada desdeñable) pero, sobre todo, nos habla de los roles de género, de la fortaleza y dominio de la mujer y la sumisión y vulnerabilidad del varón, de la pasividad de este y la actividad y dominio de aquella, de las diferentes identidades que albergamos. Y todo ello en un juego inteligente y preciso, tan siniestro a veces que el espectador queda perplejo, expectante, sin saber a qué atenerse. No importa acertar quién es quién. ¿Quién es Wanda?, por ejemplo, ¿la chica que llega tarde al casting?, ¿la protagonista de la novela de Masoch?, ¿la detective contratada por la prometida del director para investigarlo?, ¿el ideal de mujer camaleónica que está en el origen de las fantasías de muchos hombres (inmaculada, soez, sensual, virgen, sumisa, dominatrix …)? Poco nos importa. Lo que interesa en esta excelente película es el juego de transformaciones, de metamorfosis incesantes, de incertidumbres, que inquietan y rozan una experiencia de lo siniestro, como sucede hacia el final,  que se agradece, hartos de banalidades y maniqueísmos. Vayan al cine, y véanla. Y comenten, y debatan con sus amigos lo que les parece. Déjense llevar por su propuesta, no se inquieten, todos somos un poco así.

     

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