Blog 
Microscopías
RSS - Blog de Lola López Mondejar

Archivo

  • 29
    Noviembre
    2012

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    La tiranía de la sexualidad impuesta.

    Desde que se convirtió en un fenómeno de masas, la trilogía Cincuenta sombras
    de Grey me persigue. Vaya donde vaya a hablar de literatura aparece alguien que
    ha leído este libro y que desea comentarlo. A menudo, la lectora se lamenta de lo
    mal escrito que está, aunque le ha dedicado muchas horas de su vida a su lectura.


    Finalmente, cansada de esta persistencia, intenté leer hace unos días la novela sin
    conseguirlo. La simpleza de su lenguaje, su escritura plana, sin gracia ni misterio,
    y la caracterización estereotipada de los personajes, así como lo previsible de sus
    observaciones, lo impidieron. Se me cayó literalmente de las manos. He recurrido,
    además de a aquellas páginas originales, a síntesis escritas, a resúmenes que me
    han hecho las lectoras, y la web, para hacerme una idea de lo que cuenta el libro.


    Como todo el mundo sabe a estas alturas, su protagonista siente una atracción
    irresistible hacia Grey, un seductor y guapo hombre de negocios que la convierte
    en su esclava sexual. Él ordena y ella obedece, y en esa dinámica la chica encuentra
    la felicidad y el culmen del placer erótico.


    La novela, en la que se solazan miles de mujeres, apunta directamente al éxito y a
    la vigencia del patriarcado. En el mundo de la dominación masculina la mujer es
    la esclava del hombre (como reza la Biblia); este es su amo y señor y, aún hoy, las
    mujeres que han sido educadas en ese universal sistema de valores y creencias
    sienten vibrar su vena sumisa al son de estas páginas.


    Inferir que el éxito de la propuesta de E.L. James sobre lo que se publicita
    como el secreto mejor guardado de la sexualidad femenina tiene que ver
    con el masoquismo de la mujer, o con alguna esencia remota que nos
    hace “naturalmente” sumisas y prestas a obedecer las órdenes de cualquier
    señor, por muy guapo y rico que se presente (como Grey), es un error de enormes
    consecuencias.


    La sexualidad femenina, como la masculina, se construye dentro del orden
    simbólico patriarcal: heterosexual y masculino (esto es falocéntrico, como puede
    apreciarse en cualquier película pornográfica y en el cine de los últimos cincuenta
    años). Nuestros afectos y deseos se expresan a través de los canales establecidos
    por la cultura, y E. L. James ha tocado la tecla de la sumisión, que ya estaba presta
    a vibrar desde que, en casa, mamá nos enseñara que cuando papá duerme no hay
    que hacer ruido, que el hermano no pone ni quita la mesa mientras que nosotras
    sí, y que las niñas desobedientes son malas y feas. Luego Freud nos dijo que la
    niña tenía complejo de castración y dio naturaleza científica y esencialista a una
    desigualdad histórica ancestral. Una tecla que, en épocas de crisis y desamparo,
    suena con arpegios nuevos: el deseo de abandonarse a un otro protector y dueño
    de nuestra vida, pero garante también de nuestra supervivencia. Esto es, el sueño
    del príncipe azul despojado de romanticismo y pasado por el barniz porno de la
    tiranía de lo sexual de nuestra época.


    El peligro de esta propuesta es que la plasticidad de nuestra psique, que anda
    siempre en busca de identificaciones, de respuestas a la incógnita sobre quienes
    somos y qué debemos sentir (un efecto pernicioso más del patriarcado, pues esta
    plasticidad afecta más a las mujeres que a los hombres, por lo general), se adecue
    a ese reclamo de sumisión/dominación que el libro postula, y que las lectoras
    se identifiquen con la protagonista e interpreten que un efecto de imitación casi
    infantil, es su auténtico deseo.
    Pobres chicas.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook