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  • 26
    Febrero
    2014

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    La literatura era sagrada

    literatura1La literatura era sagrada para mí y para tantos jóvenes de los 80 que reverenciábamos las obras de algunos escritores. Era un territorio supremo, excelso, casi olímpico, en el que los escritores eran dioses únicos, admirados. Yo leía con reverencia, disfrutando enormemente de esa guía de vida que era la ficción. Pero, contra lo que sucede ahora: no me importaba en absoluto la vida de los autores. Una indiferencia romántica hacia todo lo que fuera saber de su vida personal, como seres de carne y hueso, me animaba. Sus libros eran lo único que motivaba mi interés. Como hombre y mujeres no despertaban mi curiosidad en absoluto, solo su obra, que pretendía separar de la corporalidad de los creadores, me seducía. Como la costumbre de que las solapas de los libros lleven la foto de los autores, costumbre que no existe en Italia ni en Francia, por ejemplo, no estaba extendida todavía en nuestro país, leía los libros sin ningún rostro que los acompañase. Y no imaginaba sus rostros tampoco, sino que los leía escuchando la voz anónima de la escritura. Era un placer. Hoy, el mercado editorial nos ha acostumbrado a unir la obra a la persona del autor, si está vivo con especial énfasis. La promoción obliga al escritor a conceder entrevistas, a hacer declaraciones sobre sus novelas. Y creo que la lectura ha perdido para mí esa pureza, ese halo sagrado e impersonal que la caracterizaba. Conozco a muchos escritores, algunos me han defraudado, otros no. Ahora me intereso por la vida de los autores para analizar y comprender los orígenes de la creatividad, buscando paralelismos, omisiones, constantes, claves ocultas que pretendo interrogar, pero creo que, frente al acto íntimo de leer, prefiero seguir ignorando las circunstancias vitales de los autores, prefiero los libros sin rostro, la voz impersonal y neutra, despojada, de la escritura.

     

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