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  • 03
    Septiembre
    2014

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    La cigarra del octavo día

    KakutaMe propongo analizar porqué este libro que hoy reseño me ha parecido una de las mejores lecturas de un verano pródigo en libros y, también, en decepciones. Mi empeño tiene que ver con una búsqueda sobre la cualidad literaria y su identificación. Frente a la superficialidad de muchas de las propuestas que inundan nuestras mesas de novedades, esta novela de una autora japonesa cuyo nombre desconocía anteriormente, Mitsuyo Kakuta, ha sido un soplo de aire fresco, una reconciliación con lo que entiendo ha de ser la característica fundamental de una obra literaria de calidad: su profundidad. Kakuta nos plantea una historia desde distintos puntos de vista: una mujer despechada, que ha abortado por complacer a su amante, secuestra a la hija que este ha tenido con su mujer legítima. Un acto impulsivo y poco premeditado que condicionará las vidas de cuatro personas: la niña, sus padres, y la propia secuestradora. Hasta aquí podría ser muy bien el argumento de un best-seller. Pero el logro de Kakuta es llevar la historia mucho más allá de lo predecible, alcanzar la profundidad de unos sentimientos ambivalentes que se ofrecen al lector en sucesivas vuelta de tuerca, que los amplían y complejizan cada vez más. La novela está dividida en dos partes, con unas páginas de introducción y otras de epílogo a cargo de un narrador omnisciente que se nos antoja imprescindible para dotar a la historia de su indudable universalidad. La primera parte corresponde al diario de Kiwako, la amante despechada que secuestra y cuida con amor al bebé. La segunda corre a cargo de esa niña, ahora una joven, que contará su historia en primera persona y reflexionará sobre los sentimientos que la motivaron. La novela, que ha triunfado en Japón, donde ha sido llevada al cine, me trae ecos de un director japonés al que no dejo de admirar en cada nueva película: Hirokazu Koreeda (Nadie sabe, De tal padre, tal hijo, por poner solo un ejemplo). Desamparo, infancia abandonada, complejidad moral y sentimental, soledad y dilemas existenciales caracterizan a este excelente contador de historias con quien Mitsuyo Kakuta se emparenta, al menos para mí, que conocí primero al cineasta y luego a la escritora. No obstante este paralelismo, la autora narra con recursos de la mejor literatura: una primera persona contundente, varios registros de escritura para dar cuenta de la crónica de lo sucedido, personajes secundarios rotundos y necesarios para enriquecer las posibilidades que ofrece la historia, ampliándola. Nada sobra, nada falta en esta novela inolvidable que representa a lo humano en una vertiente universal: la mezquindad y la generosidad del amor, la arbitraria distribución de la suerte, el amor maternal y el rechazo materno, la miseria de los hombres y mujeres y su altura y bajeza moral, sin juicios previos, sin conclusiones simplistas ni consoladoras. Les recomiendo encarecidamente esta novela, creo que cuando terminen de leerla no se les olvidará, y que agradecerán que alguien, en mitad de la vorágine de libros que se nos avecina este otoño, les haya puesto en contacto con ella.

     

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