Blog 
Microscopías
RSS - Blog de Lola López Mondejar

Archivo

  • 13
    Mayo
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Jodorowsky

    jodorowsky-presenta-la-danza-de-la-realidadNo he leído nada de Alejandro Jodorowsky, ni tampoco he visto ninguna de sus premiadas películas, pero por alguna entrevista ojeada al azar, o escuchada en la radio, siempre había considerado que se trataba de una persona que publicaba libros de autoayuda, y nunca me detuve en él. Sin embargo, el prestigio de su cine, comentado recientemente por alguien cuyo criterio me merece respeto, despertó mi curiosidad. Este pasado fin de semana ofrecía en Murcia su Cabaret místico, y era una oportunidad de conocerle en directo. Cerca de 1.800 personas pensaron, como yo, que merecía la pena verlo. Y lo vi. Aproximadamente, unos 20 o 25’ del total de las dos horas previstas. Quiero explicar por qué me salí, profundamente irritada, de la sala. Jodorowsky, ochenta y cinco años bien llevados, salió vestido de negro a un escenario completamente vacío, retiró la silla y el micrófono, cogió el micro de mano y empezó a hablar. Su voz no es especialmente seductora, ni sus palabras sabias ni engoladas, es, aparentemente “natural”. Dice que lo que vamos a hacer allí es un taller, un taller para orientar a los que quieren cambiar algunas cosas que no van bien en sus vidas, ayudarles a saber hacia dónde han de dirigirse para encontrar la felicidad anhelada, porque (según ilustra con tres fábulas no demasiado hermosas ni bien contadas), para cambiar, a veces se necesita un empujoncito, y él está dispuesto a dárselo a los 900 espectadores que hay en la sala, siempre que se conviertan en actores y sigan sus indicaciones; tres propuestas. Tres. Quienes no le sigan, afirma, no conseguirán nada. Of course. Sin embargo, ese empujoncito ha de darse aunando la fuerza de todos los asistentes en un “egregor”, un aura colectiva que se crea allí mismo: cogiéndose de las manos y gritando los miedos, entonando las vocales que nos devuelven el dominio de la lengua (el psicomago cita a Freud, a Wittgenstein y a quien se tercie para apoyar su propuesta ecléctica, hecha de fragmentos de todo lo habido y por haber en esoterismo – tarot, chamanismo, budismo…– y cultura de autoayuda de lo más simple). En ese momento fue cuando me fui. En la puerta nos reunimos poco a poco ocho personas, perplejas, sobre todo, de que no hubiera de inmediato una estampida general. Ahora bien, ¿por qué no la hubo? El pretendido milagro de la psicomagia de Jodorowsky se basa, a mi entender, en la capacidad de obediencia ciega del ser humano. La sugestión y la suspensión del juicio crítico y de la razón son las bases de su propuesta. El sujeto al que apela es un sujeto infantilizado, necesitado de ayuda, de guía; ingenuo, capaz de poner entre paréntesis sus propias capacidades cognitivas e intelectuales (no creo que los 892 espectadores que lo siguieron fuesen tontos, solo que suspendieron el ejercicio de su inteligencia en pro de una esperanza… de algo), para compartir con él una “experiencia” que los reduce a corderitos confiados, que juegan a seguir unos trucos burdos esperando encontrar en su interior un yo auténtico, “sé tú mismo”, que creen haber perdido y cuyo encuentro glorioso aportará a sus vidas felicidad y bienestar, según promete Jodorowsky. Pero ese “yo auténtico” es una falacia de los libros de autoayuda, una lucrativa invención que mueve millones, basada en un esencialismo platónico abandonado desde hace años, expulsado de cualquier pensamiento científico o mínimamente serio que se precie. Pues el yo es un conglomerado confuso y dinámico de restos de los otros significativos y de elaboraciones propias, no existe un yo auténtico sino como construcción narrativa siempre cambiante, dialéctica y contradictoria, cuya autenticidad radica – de raíz- precisamente en esa incesante búsqueda. Soy auténtico porque dudo, porque me contradigo, porque no sé de mí y me busco. No hay una esencia, no existe ese hueso en mitad de la carne que nos diga lo que somos: sé tú mismo es un imperativo imposible, fruto de la propuesta neoliberal de un individuo que, a medida que cree ser él mismo, se acerca más a la homogenización de los eslóganes mediáticos imperantes (leer a Eva Illouz en este punto es imprescindible: La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda). Propuestas mediáticas como la de Jodorowsky. Pero esto es descorazonador, me diréis, no gusta a nadie; andar siempre a la deriva, buscándonos, es muy laborioso, requiere pensamiento, aprender a identificar nuestras emociones y nombrarlas, exige un ejercicio de humildad ontológica, soy donde no soy. Esto no vende nada. Me diréis. Y así es. Y Jodorowski lo sabe, y pretende una comunión de dos horas entre desconocidos (que lo seguirán igualmente al salir del teatro), para pensar que en algún lugar de nuestro interior se aloja quien realmente somos: el dios interior, la alegría, y que una vez conectados con él podremos alcanzar la dicha. Qué bien. Maravilloso. Un nosotros artificial al servicio del individuo singular. No pude tomarlo como juego, ni como arte, ni como espectáculo teatral interactivo, porque desde el primer momento él habló de esto que os digo, no había medias tintas, habló de autoayuda. Escuché esa misma noche, ya en casa, una entrevista que le hizo Fernando Sánchez Dragó en el 2013, y mi estupor llegó al máximo: según Jodorowsky, los autistas son niños que enferman por guardar un secreto familiar; el cáncer es una identificación con enfermedades familiares previas; y él mismo tuvo la dicha de regalarle algunos años de vida a su padre cuando lo desprogramó de morir a los 83, como su abuelo paterno, con quien su progenitor estaba identificado. Porque todo consiste en separarnos de estos programas inscritos desde la cuna (aquí se vuelve psicoanalista salvaje), pero no con un trabajo constante sino con un consejo, con psicomagia. En fin, omnipotencia en estado puro. ¿Quién da más?, ¿cómo iba a haber estampida? Jodorowsky promete la dicha rápida, inmediata casi, solo con seguir algunas consignas sencillas y tener fe en sus palabras, como los niños que confían en el buen juicio de su papá, y ¡es tan agradable salir de la pequeña miseria humana!, ¡creer que todavía hay dioses, auténticos milagros, Alejandros Jodorowsky!

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook