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  • 20
    Julio
    2014

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    Joao Ubaldo Ribeiro, in memoriam

    Joao UbaldoHace unos días, el  dieciocho de julio de 2014, murió en Rio de Janeiro Joao Ubaldo Ribeiro, un escritor que admiro. El dolor de esta muerte inesperada y prematura, tenía setenta y tres años, me consternó. Conocí a Joao a través de su novela, La sonrisa del lagarto, que me pareció de una factura impecable. Y cuando en el año 2000 tuvo la ocasión de coordinar el programa de literatura del festival La mar de músicas, dedicado ese año a Brasil, no dudé en intentar invitarlo. Era mi primer programa y estaba llena de ilusión y de dudas. ¿Cómo me atrevía a invitar a un grande de las letras brasileñas? Pero Joao aceptó y vino a Cartagena con su mujer, Berenice. En el hotel, o en el restaurante donde comíamos, los músicos brasileños invitados al festival se desvivían por saludarlo y abrazarlo. Daniela Mercury, la estrella de aquella edición, lo abrazó con enorme reconocimiento. Nos dijeron que en Brasil todo el mundo le quería, que le cuidaban. Era columnista desde hacía muchos años de los periódicos Estado de Sao Paolo y O Globo, y miembro de la Academia brasileira das letras, por lo que su popularidad y reconocimiento eran muchos. El encuentro fue mágico, yo le admiraba y él estaba contento de viajar después de mucho tiempo sin poder hacerlo, debido a algunos problemas de salud. Mantuvimos una relación estrecha durante los días que duró el encuentro, visitamos Murcia, Cabo de Palos, charlamos y compartimos  mesa y conversación. Luego seguimos por email durante algún tiempo nuestros intercambios. Joao era un hombre extraordinario. Su novela, Viva el pueblo brasileño, es una grandiosa aproximación a la historia de los últimos cuatrocientos años de su país, a través de personajes anónimos. Creo que a su obra erótica, La casa de los budas dichosos, le debo en parte la iluminación para la mía, Lenguas vivas, cuya protagonista comparte el descaro de la anciana rijosa de Joao. Recuerdo anécdotas que no olvidaré nunca,  contadas con su sonrisa perenne y sus chispeantes ojos orientales; oigo su risa, su magnífica imitación del idioma chino y portugués, que nos hacía desternillarnos, su sabiduría y su patente dolor de existir. Joao sufría, su sensibilidad se resentía con la contemplación de cosas aparentemente comunes, pero en las que él encontraba una tristeza quizás por desapercibida más hiriente. Era de una calidad humana y de una bondad desbordantes. Yo creo que quise a este hombre, que nos quisimos brevemente con un amor filial, una camaradería que surge generosa y espontánea, sin razones aparentes, entre personas que se imaginan afines. Me nombró su psicoanalista preferida y yo a él mi escritor favorito. Y el tiempo pasó, y nos perdimos la pista, y el viernes Joao murió de una embolia pulmonar, porque se negaba a dejar de fumar y beber, se negaba a vivir en carne viva. Nos quedan sus obras, léanlas.

     

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