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  • 19
    Diciembre
    2012

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    Hombres sin pistolas

    Creo que la marca del patriarcado ha dejado en los hombres heridas tan profundas como en nosotras, si bien también les ha dado el poder.
    Me explico.

    Los estudios de género, en particular la teoría queer y el activismo trans, han puesto de relieve una cuestión que muchas veces ha pasado desapercibida. Por cada mujer que quiere modificar su cuerpo hembril hacia uno masculino, supuestamente más afín con sus emociones (y digo supuestamente porque es un ideal hoy muy cuestionado que un cuerpo masculino tranquilice definitivamente su tránsito entre los géneros), hay tres hombres que pretenden el cambio inverso. Los especialistas afirman que el motivo de esta desproporción serían las normas que impone el rol de género masculino, más estrictas y totalitarias, pues expulsan fuera del grupo a aquellos cuya experiencia las interroga.

    Y creo que llevan razón. Las mujeres tenemos más libertad en cuanto a experimentar los afectos, a la expresión de los mismos, a identificarnos con nuestros sentimientos de ternura. Para una mujer, querer a otra o admirarla no tiene porqué conllevar una atracción sexual hacia ella. Los afectos homo no nos hacen dudar de nuestra identidad femenina. Sin embargo, para los hombres, y cuanto más convencionales más cerca estarán de esta afirmación, la atracción hacia otros hombres siempre implicará un riesgo de feminización que es contrario al imperativo de género que aprendieron desde la cuna: no tener nada de mujer.

    ¿A qué viene todo esto?

    Creo que fue Woody Allen quien ya señaló el daño que Humphey Bogart había hecho a los hombres con su imagen de duro. Y ahora, la película de Cesc Gay, Una pistola en cada mano, hace un guiño a ese ideal autosuficiente, fálico, de las cintas del oeste, para confrontarlas con masculinidades más débiles, dubitativas, ridículas, vencidas, que, curiosamente, humanizan a los hombres y los hacen más blanditos por dentro.

    Hay una nueva generación de hombres que no necesitan pistolas para serlo. Hombres incómodos con el imperativo sexual que les ordena tener siempre presto su deseo; que se revelan inconscientemente a él con impotencias, gatillazos, rechazos, que dan cuenta de una sexualidad menos imperiosa que la normativa; o que buscan una paternidad más cercana, de cuidados.

    Son estos hombres quienes ampliarán las fronteras de la masculinidad convencional, mostrándose más cerca de sus experiencias más íntimas que con las que el patriarcado les ha indicado que tienen que sentir.

    Son estos hombres quienes se quejan de que las mujeres, algunas mujeres, siguen buscando a John Wayne, y no saben bien qué hacer con ellos.

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