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  • 04
    Febrero
    2015

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    Guerrilla Girls 1985-2015

    guerrillaSon ya treinta años de protestas y propuestas de arte de intervención los que avalan la trayectoria de la famosa asociación feminista neoyorquina Guerrilla Girls. Treinta años de datos aplastantes y de estudios que demuestran con cifras lo que todo buen observador puede concluir a poco que mire la realidad con ojos críticos: la escasísima presencia de las mujeres artistas y de otras minorías en el mundo del arte, en los museos, en los premios y estudios académicos. El arte es masculino, blanco y occidental, como el canon de Harold Bloom. Recomiendo la exposición sobre esta trayectoria que, desde la Alóndiga de Bilbao, y comisionada por Xabier Arakistain, nos ofrece hasta el 26 de abril Matadero (Madrid). En ella no encontraremos obras costosas y brillantes, sino el recorrido de una serie de preguntas sobre este hecho, como la que más identifica al colectivo: ¿Es necesario ser una mujer desnuda para entrar en el MoMA? Pues menos del 5% de artistas mujeres exponen en el Metropolitan Museo, mientras que el 85% de los desnudos que se muestran son de mujer. A pesar de estos treinta años dando cifras sobre esta desigualdad, la situación no ha cambiado demasiado, ni en Nueva York y el resto de EEUU ni en Europa, por ceñirnos solo al mundo occidental. En Turquía también llevaron a cabo una campaña al respecto, allí donde las mujeres están sufriendo un enorme retroceso, del laicismo de Atatürk al fanatismo religioso de Erdogan. Sin embargo, y a pesar de la contundencia de las cifras, todavía existe un prejuicio extremadamente patriarcal que responde a la pregunta sobre el origen de esta desigual presencia de hombres y mujeres en todas las artes con una observación irritante, por prejuiciosa y falsa: si están ahí es porque estos son los mejores, y los mejores son los hombres. ¿De veras piensan así quienes así objetan? Porque entonces sería auténticamente grave su ignorancia sobre el mundo de la cultura en general, y de la recepción del arte en particular. Pensar que no hay ningún mecanismo que interfiera y obstaculice la presencia de las mujeres en la cultura, y remitir esa hiperrepresentación masculina exclusivamente a la excelencia, es desconocer la historia. La historia que ha desplazado a las mujeres negándoles la universidad, las academias, el conocimiento y, posteriormente, el reconocimiento. Una historia que no es pasado, sino que sigue presente e, incluso, se acentúa con los últimos años de gobiernos conservadores. La foto del gobierno de Syriza (el patriarcado atraviesa todas las ideologías) sin ninguna mujer en los ministerios, ha sido comentada por el anacronismo que representa, pero junto a ella podríamos colocar otras fotos de instituciones enormemente sexistas (Academia de la lengua: 8 mujeres en trescientos años de existencia; Academia de cine: 8 mujeres de 31 miembros en la junta directiva; Museo del Prado, donde de 1.150 cuadros expuestos solo uno está firmado por una mujer, Sofonisba Anguissola, y en sus fondos, de 8.000 cuadros, solo 45 llevan firma de mujer). Una barbaridad, ¿no? Si ustedes piensan que esto es así porque las mujeres somos más tontas, peores escritoras, pintoras, dramaturgas, cineastas, músicas, que los hombres, apaga y vámonos. Pero no les considero tan necios. Por lo tanto, tendrán que admitir conmigo que el reconocimiento de las mujeres en el arte, y en otros terrenos, está siendo obstaculizado por un poder que las quiere en el lugar que se les asignó desde siempre: el espacio doméstico. Que ese poder simbólico y real se llama patriarcado, y que no tenemos que cansarnos de denunciarlo e identificarlo, porque todavía es poderoso y quienes no lo identifican contribuyen a su fortaleza titánica y a un vergonzoso estado de desigualdad que ni los hombres ni las mujeres debemos permitir.

     

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