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  • 17
    Diciembre
    2014

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    Final con piezas menores

    Francisco Béjar Premio El Fungible de novela corta, 2014 El eje central de esta excelente novela, como se desprende por su título, es el ajedrez y la batalla. La historia está contada en primera persona por su protagonista, un joven filósofo anónimo que reside azarosamente en la ciudad de Murcia, en cuya universidad ha recibido una beca para terminar su tesis. El narrador es dueño absoluto de la narración, pues cuenta hechos cuyo final él ya conoce, que dosifica para el lector en una cadencia milimétricamente medida. Al quedarse en paro, la ociosidad conduce al joven filósofo a frecuentar el bar Dédalus, donde entrará en contacto con Bautista. Personaje central de la historia y alter ego del protagonista, Bautista es un afamado jugador de ajedrez local, aparentemente enloquecido, que en una legendaria partida hizo tablas con Kasparov, y que tiene una misteriosa y sorprendente historia que no voy a relatar aquí, pues lo que importa de Bautista es que el ajedrez le arrebató la razón y, de alguna forma, la vida. Este será precisamente el tema central de la novela: ¿se puede experimentar una gran pasión y seguir viviendo la misma vida?,  o bien, ¿vivir auténticamente una pasión nos apartará de la vida, del amor, los amigos y el trabajo, llevándonos a la marginalidad y a la locura? En nuestro protagonista, como lo hizo en Bautista muchos años atrás, prende el fuego del ajedrez, se enamora de esta estrategia guerrera, y establece con el juego y con Bautista una relación de competitividad que lo lanzará a investigar el confuso pasado de este, el origen de su obsesión, su secreto y las claves del tablero. Nos parece que el autor de esta novela utiliza el ajedrez para mantener con el lector una inteligente partida narrativa que se dirime en varios ejes. En primer lugar, el que hemos aludido: ¿es mejor haber jugado la pasión, aunque hayamos perdido, o no haberla jugado nunca? Por supuesto, nuestro joven filósofo se abandona a la pasión como no puede abandonarse a Julia ni a otros afectos. Y para ello tiene que aprender a jugar, ganarle al maestro, asesinar al padre. Un padre/Bautista, cuyo secreto ha de descubrir. En esta novela los símiles bélicos son constantes. La guerra era para mí la esencia de todas las cosas… la guerra que origina el ajedrez (pag. 109). La victoria, la contienda, el orgullo herido, la humillación, el resquemor, el desaire, la lucha por competir y por ganar en la que se sacrifica a la dama, es decir a Julia, se imponen sobre los demás aspectos de la existencia. Sin embargo, como no podía ser menos en un autor inteligente, que sabe muy bien el terreno que pisa, la retórica del ajedrez molesta a nuestro protagonista, que no quiere brillar con joyas prestadas, como el ajedrez embauca a los incautos (pag. 40), y reduce el vocabulario del juego solo al imprescindible, pues, a pesar de que el argumento manifiesto es el que hemos descrito hasta aquí, poco a poco, una segunda línea de lectura se perfila: la historia de una búsqueda que no es la del secreto de Bautista, ni la del misterio de porqué uno y otro creen haber jugado antes (que constituye otro punto de tensión narrativa usado con maestría; el lector analítico entenderá después que la impresión que ambos tienen de haber jugado antes se deriva de que uno y otro son dos facetas de un personaje que puede interpretarse como único), sino el enigma del sentido de la vida. - ¿Pero tú qué buscas, filósofo? - Yo no busco nada –mentí. (pag. 86). El protagonista afirma que aquí miente, pero unas páginas más adelante nos proporcionará otra respuesta a esa misma pregunta. - Quiero saber. (pag. 90) El ajedrez, como el saber,  tiene infinitas jugadas, sus combinaciones son inabarcables como inabarcable es el conocimiento. La soberbia intelectual (representada por la leyenda de Sessa y los granos de trigo, tan cara a Bautista), tiene un castigo prometeico: el encierro indefinido en el pensamiento mismo. Y es aquí donde la novela se convierte en metafísica, pues el paralelismo entre el juego y la búsqueda se hace cada vez más patente. Todo ello, insisto, sin abandonar en absoluto su tensión narrativa (¿qué pasó en el encuentro Bautista- Kasparov?, ¿cuál es el secreto de Bautista?), en la que se avanza pautada y convenientemente. La respuesta a la primera pregunta se encontrará a través de una investigación detectivesca que ocupa la segunda parte de la obra. El descubrimiento del secreto de Bautista vendrá, sin embargo, de la mano del azar, de la ruptura de la rutina que lleva a nuestro protagonista a deambular por lugares nuevos hasta descubrirla. La novela, en este punto, nos remite a recursos borgianos y nabokovianos, deuda que el autor mismo reconoce en las citas que abren el libro. Pero también nos transporta a un tercer eje que enfrenta el cálculo de la razón y la lógica, a lo inesperado del azar. ¿No comportaría la muerte de la vida, y del ajedrez, si todo pudiese ser calculado, si pudiese jugarse de un modo imbatible? El azar aparece como un elemento nuevo de conocimiento, como si el exclusivo cálculo matemático de las jugadas trajese consigo, como sucede en Bautista, el rito obsesivo, las muletillas, la repetición sine die, mientras que el azar abre la puerta a la innovación y al milagro. En el ajedrez y en la vida. Las últimas páginas de esta novela me han recordado el final de Arrebato, la magnífica película de Iván Zulueta (1980), donde asistimos a la disolución del cuerpo y del sujeto en la pasión del arte que cultiva. Lo estoy haciendo, lo estoy haciendo, afirma el protagonista de Final con piezas menores, cuando se adentra en la vorágine. La soberbia intelectual, la pasión arrebatada por el conocimiento, por un juego, por un arte, conduce a la disolución del cuerpo y del sujeto en esa pasión, reduciéndolo aquí en un intelecto omnipotente que pretende explicarlo todo. Una búsqueda caso letal del absoluto que para nuestro joven filósofo durará dieciséis días. Solo la risa le devolverá a la vida. La risa que le permitirá recuperar su capacidad de elección: ser Bautista, o no serlo. Y se apuesta en esta novela por el instinto, por el impulso que liga al joven a la realidad de la que la pasión lo aleja, si bien se afirma que: contra la irracionalidad de ese impulso, añoro la sencilla y rigurosa lógica que me ocupó aquellos dieciséis días (pag. 112). Hay algunos elementos que nos permiten establecer un parangón entre el ajedrez y la escritura. Ambos tienen reglas fijas, pero también, combinaciones infinitas, exigen dedicación absorbente. La escritura, afirma el narrador-protagonista, decepciona como intento de ganar distancia, no sirve para encontrar lo que busca, que siempre va más allá. No me reconozco en lo que he escrito. He escrito “vida”, por ejemplo, he escrito “locura”, he escrito “amor”, y no estoy más lejos de nada porque esas palabras no significan nada.. (pag. 61). Por otra parte, como ya sucedía en la novela anterior de Francisco Béjar, Mirando al suelo, la ciudad de Murcia es de nuevo protagonista de la narración, en un intento deliberado del autor por erigirla en la geografía que albergue su ficción. Tal y como el mismo autor ha afirmado, avanza así en su deseo de convertirse en cronista de la ciudad. Inteligente y amena, ligera y profunda al mismo tiempo, les recomiendo Final con piezas menores; su lectura confirma, sin duda, las expectativas que sobre su autor ya generó su primera obra. La novela se puede descargar de forma legal y gratuita en este enlace: http://www.alcobendas.org/recursos/doc/Cultura/400810820_2511201473254.pdf

     

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