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  • 06
    Marzo
    2014

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    EUROPA, de Luis López Carrasco Ediciones Gollarín, 2014

    EuropaEn el relato Bajo el mismo cielo, un grupo de mujeres, hombres y niños proyecta hacia el firmamento sus videos familiares, porque piensan que así podrán comunicarse con alguna fuerza exterior, aunque desde donde ellos se encuentran esas imágenes no pueden verse, solo un mensaje de luz sobre el cielo oscuro. Si nosotros podemos verlos a ellos, ellos podrán vernos a nosotros, dice William, el líder polígamo del grupo. Europa está escrito desde la sexta luna de Júpiter, pues devuelve, como en espejo esas imágenes que la especie lanza al cielo, en un desesperado intento de buscarse, de encontrarse. Una Europa que mira a otra. Podríamos decir que la perspectiva desde la que se han escrito estos relatos es cósmica: la perspectiva de un hombre solo que camina en un planeta/luna desconocido, consciente de que no hay salvación para él. Luis López Carrasco es ese astronauta del relato El caminante que mira a su especie desde lo alto de un universo donde transitan gigantescos cargueros de mercancías en cuyo fuselaje imagina ver inscrito el rostro de sus abuelos. Estamos hablando de un conjunto de siete relatos inquietante, perturbadores, que no nos dejan en absoluto indiferentes.  Son relatos de anticipación, pero también, sobre todo, crónica de una generación que se educó en el mundo virtual. Cada lector se convierte en intérprete de estas historias, porque el autor propone un texto ambiguo, abierto a múltiples sentidos. La propuesta del autor es original y sorprendente. Muy visual e imaginativa, y aquí puede verse su formación como cineasta y su formación como joven cuyo ocio fue básicamente virtual. De ellos hay dos que no se olvidan, Europa y Papá está estropeado. A mi entender, son también dos los ejes que unifican los relatos de este libro, dos conclusiones que se desprenden, pesimistas ambas: - La imposibilidad de comunicación, de saber profundamente los unos de los otros. El autor es cineasta, y  en su última película, El futuro, filma una fiesta donde la música no deja que es espectador escuche apenas las conversaciones de los actores. - La búsqueda de una identidad en ese mundo de fronteras imprecisas. Y dos constantes que los atraviesan: - El aburrimiento presentista de los adolescentes protagonizan algunos relatos (Donde los enemigos esperan sentados junto a cubos de basura, es un ejemplo de esto). Un aburrimiento que abruma al lector con acciones ininterrumpidas, en un mundo que aparece como mera superficie (como la pantalla plana de un ordenador). - La imposibilidad de diferenciar entre la realidad y la ficción, exactamente, de delimitar la frontera entre la imaginación, los video-juegos, las imágenes de nuestros propios recuerdos, y la, llamémosle, realidad. Diferencia sutil, y difícil de discriminar también en el mundo que habita el creador de ficciones. En este sentido, el libro nos interroga sobre un fenómeno muy contemporáneo: ¿Cuáles son los efectos secundarios de la tecnología?, ¿qué tipo de subjetividades construye la sobreexposición a la información y al mundo virtual? El volumen está dividido en dos partes, los relatos de la primera son de extensión más larga que los últimos y, a mi juicio, más ambiciosos. De entre todos ellos destaca el que da título al conjunto, Europa. Europa es un relato que no se olvida. Se parece a los primeros capítulos de Black mirror (Charlie Brooker, 2011-2013), al plantear una situación de ciencia-ficción mas o menos clásica, pero con el  tratamiento de un relato psicológico, donde lo que importa son las relaciones. Un padre y un hijo están conectados de tal modo que pueden hablarse intracerebralmente y hasta visionar los sueños del otro. Y sin embargo, a pesar de esta excesiva promiscuidad, una promiscuidad que en el sueño se hace real, con escenas de contenido sexual incestuoso, el problema de la incomunicación familiar sigue intacto. O mejor, se multiplica. Pues el padre, enfrentado a un exceso de información llega a sentir a su hijo como un desconocido. La dificultad de saber quién es el otro, qué piensa el otro, a pesar de que podamos conocer directamente sus pensamientos o sus sueños en un mundo futuro, atraviesa el relato de punta a punta. ¿Lloraba su mujer en la intimidad? ¿Cómo saberlo? ¿Había caído en una trampa de su hijo? La clave, quizás, la tiene la hija pequeña de la pareja, Cristina, cuando le pregunta al padre respecto a un cuento que le está contando: - ¿Y cómo son esos animales? - Solo hay uno. No son muchos, solo hay uno. Es muy grande y tiene la piel transparente y se puede ver por dentro. - ¿Y cómo es? - Cómo es qué? - Por dentro. Creo que esta es una pregunta central en este libro: la pregunta sobre la identidad. ¿Quiénes somos? A pesar de que la piel se haga más y más transparentes, las comunicaciones más procaces, como las que establecen Elisa y Patricia, Papá está estropeado, con un actividad sexual pornográfica (copiada de las imágenes), los personajes no saben cómo son por dentro. Por dentro, el padre de Elisa, en Papá está estropeado, tiene un líquido amarillo que le sale por una oreja porque se ha estropeado y se le ha caído el tendido eléctrico del cerebro. A pesar de lo anterior, los personajes de este relato tienen preocupaciones humanas, aunque aquí cabe interrogarse también sobre qué es o no es humano, esa interrogante que golpea la posmodernidad. Las adolescentes se preocupan por su aspecto, sienten vergüenza, son egoístas y se conectan a un vídeo juego llamado Espacio Interior,  del que entramos y salimos a la “realidad” sin solución de continuidad. De tal manera que todo, absolutamente todo, queda teñido de una ambigüedad cada vez más inquietante. ¿Qué espacio es el que habitan los personajes de este relato?, ¿son humanos, o habitantes de un video juego que juegan a otro videojuego? Esta misma interrogación es la que se desprende de un tercer relato, esta vez de la segunda parte, Donde los enemigos esperan sentados junto a cubos de basura. Dos amigos queda en un video juego en el que, Ya no sé quién es real y quién no. En un primer nivel de lectura, esta realidad corresponde a la duda de si detrás de los personajes que se les cruzan en el camino de su video juego hay o no un ser humano, que juega sentado delante del ordenador; pero también, en un segundo nivel, a la realidad de los personajes de ficción que el lector sigue en el relato. De nuevo, el dolor de la vida “real”, aparece aquí reflejado en estos adolescentes desproporcionadamente castigados en el instituto por la creación de una revista ilustrada. En una generación de jóvenes educados en la Imagen (hay un profesor de Imagen en este relato, precisamente), en la omnipotencia del mundo virtual, donde todo es posible solo con apretar un botón, la pregunta sobre la identidad era inevitable. Y la respuesta de Luis López Carrasco parece ser una: cyborg o completamente humanos, virtuales o reales, los habitantes de Europa se agitan y se mueven por los mismos asuntos de siempre, con una conciencia, quizás, muy acentuada en el conjunto de relatos, de su vulnerabilidad, de su finitud, de su desesperado desamparo, de su naturaleza extremadamente volátil. Porque, para Luis López Carrasco, al escribir estos relatos, creo que la disyuntiva estaba, tal y como exponía Gil de Biedma, entre vivir la propia vida o la vida prestada. La duda era si vivía yo, o si a través de mí vivía la vida impersonal y prestada. Entre (escribe Luis L. Carrasco): Comportarse como una emanación del programa, un bucle conocido, una asignación finita de elementos. Para, de vez en cuando, quizá, permitirte un acto de terrorismo surrealista… Desarrollar comportamientos que hasta ahora han correspondido exclusivamente al inexpresivo y anónimo escenario peatonal electrónico. O salir del programa, o del juego de rol, y Empezar de nuevo como humanos. Luis López Carrasco, aventuro por su trayectoria, eligió vivir la propia vida. Aunque comporte mirar cara a cara el desasosiego o la angustia. El Apocalipsis planetario está próximo en Todos los finales posibles. Quizás nosotros seamos la plaga, se pregunta el narrador-protagonista. Olaw y Daniel asisten en la taiga al ocaso definitivo del planeta, y no saben qué hacer para dejar un testimonio del paso del hombre por el universo. Pueden viajar en el tiempo, y en la evaluación de estas posibilidades consiste el cuerpo del relato: ¿adónde ir?, ¿qué momento histórico visitar? Es interesante la preocupación del autor por el hecho más humano de todos, la capacidad de elección: el profesor de los adolescentes del relato anterior les dice: Estáis aquí para que en el futuro podáis elegir. Elegir. Lo más importante es tener capacidad de elección. ¿Sabéis a lo que me refiero? ¿Lo sabéis? No tenéis ni idea. Es interesante esta pregunta que INSISTE, de parte de un autor que confiesa a quien quiera escucharlo que en el momento de su vida en el que escribía algunos de estos relatos se vio sin salida, sin ninguna posibilidad de elegir. Daniel, el científico español aislado en la taiga – la tierra inundada, el planeta a punto de fenecer –, está desconectado del mundo, ha dejado de recibir y de enviar información, y se ha quedado solo con su cuerpo. Ahora que solo queda él – más quebradizo, vulnerable y volátil que nunca antes en su vida adulta- , no parece que haya solidez a ningún lado de su cerebro o de su entorno y tiene que hacer verdaderos esfuerzos para no desordenarse sin remedio. La fragilidad de la identidad amenaza constantemente a estos protagonistas cuando están desconectados. Daniel, desorientado, no sabe a qué lugar viajar en el tiempo, hasta que, conectado con ese cuerpo con el que se ha quedado solo, elige: - No viajaré a ningún otro lugar. Estoy decidido, Olav, es el momento. Volvamos al tiempo que nos vio nacer. Volver a la casa de los abuelos, al tiempo en que nos vio nacer para encontrarnos, y encontrarnos otros, sin rastro (y los lectores verán porqué afirmo esto) de lo que fuimos. Y Empezar de nuevo como humanos, traigo aquí de nuevo este elocuente título, donde se repite la obsesión por la imposibilidad de saber, de comunicarse, la dificultad de existir frente al otro de carne y hueso, de reconocer su existencia, porque, entre los otros de carne y hueso reina la incomunicación: Yo era literalmente incapaz de recordar nada sobre ella… Acaso nunca la había escuchado, o acaso nunca me había contado nada personal.

     

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