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  • 30
    Abril
    2012

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    Espartaco

     Volvemos a ver Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), el hombre cuya dignidad se anticipa desde los primeros fotogramas: el rebelde, el ser humano que, privado de su libertad, esclavo, considerado como un animal por los patricios romanos que le compran y le venden, que le hacen luchar como gladiador hasta la muerte para divertirse, sigue defendiendo su humanidad: “Soy un hombre”, repite, grita.

    Primo Levi titula de modo parecido el primer libro de su magnífica trilogía sobre los campos de exterminio nazi. ¿Hasta dónde es humana la vida humana?

    ¿Es humana la vida que nos espera? El futuro de depredación económica, de desprotección sanitaria y educativa, sin trabajo ni posibilidad, por tanto, de un proyecto trascendente para los jóvenes, un futuro sin derecho a la protesta, ¿es todavía humano?

    ¿Hasta dónde esperaremos los ciudadanos para rebelarnos? Hay muchos conceptos que expresan la necesidad de que las condiciones para la revuelta estén maduras, pero ninguno parece morder la realidad. Somos hombres y mujeres, somos humanos. Son humanos los inmigrantes, y los jóvenes mayores de veintiséis años, y los ancianos que cobran pensiones de miseria, que ayudan a sus hijos con sus nietos cuando aquellos trabajan, o les socorren si están en paro. Son humanos.

    La creciente deshumanización de los estados, de los gobiernos, plegados al mercado, al capitalismo más feroz, no puede dejarnos indiferentes.

    Me decía una amiga hace unos días: “Estamos solos, nadie nos protege”, comprobando una vez más, y otra, la lejanía del estado de las necesidades –humanas – de sus ciudadanos.

    Nos falta un Espartaco, muchos espartacos. Hombres y mujeres dignos que lideren la protesta. Una protesta que tiene que reinventarse a sí misma, pues, como dice Rafael Poch en un excelente artículo, Europa se encuentra en una divisoria, o repetir 1930 (cuyos indicios los encontramos en el darwinismo social, el racismo y el auge del discurso y la práctica de la extrema derecha –ese ascenso de Marie Le Pen en la primera vuelta de las elecciones francesas – ); o repetir 1848, una “primavera de los pueblos” internacionalista, ciudadana y social.

    Pues eso, nos faltan mujeres y hombres como Espartaco.

     

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