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  • 09
    Enero
    2015

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    El mundo deslumbrante

    SiriSiri Hustvedt, Anagrama, 2014. 402 páginas. La obra de Siri Hustvedt es ya amplia y está traducida en nuestro país tanto en su vertiente ensayística como sus libros de ficción. El mundo deslumbrante es una novela reivindicativa que vuelve, como hizo en Todo cuanto amé, a centrarse en el mundo del arte. Una mujer, Harry, o Harriet, Burden, viuda de un famoso coleccionista, cuya obra ha sido ninguneada en el pasado, quiere demostrarle al mundo que la percepción de una obra de arte depende de factores ajenos a la obra misma, entre ellos el género del autor. Para conseguirlo elabora una compleja performance, Enmascaramientos, en tres actos, que consisten en hacer pública sus producciones sirviéndose de las máscaras de tres artistas varones vivos. Las obras, presentadas públicamente con el nombre de estos artistas, tienen éxito, sobre todo la última, la que esconde la autoría de Burden bajo el nombre y la persona de un artista ya reconocido, Rune, pero que después negará las afirmaciones de Harry, no así los dos anteriores, que confirmarán su versión. La muerte de ambos, Harry y Rune (este último en un aparente suicidio filmado, remedo de conocidas performance de artistas contemporáneos reales) complica el descubrimiento de la verdad, y ahonda en la desigual credibilidad de mujeres y hombres, en la dificultad de aquellas para enarbolar su legítima defensa, pues cuando la mujer se defiende con estrategias abiertamente activas nadie duda en calificarla de loca, histérica o desequilibrada. Un investigador, Hess, dará cuerpo al libro que tenemos en las manos, compuesto de diferentes entrevistas a los protagonistas de la historia (amantes, hijos, los artistas que sirvieron de máscaras, su amiga, galeristas y marchantes), de los diarios y cuadernos de Harry y de artículos de prensa. Hasta aquí el argumento de la novela. Toda esta arquitectura compleja, que sirve a la autora para perfilar personajes muy variopintos, así como para desgranar su concepción de la percepción artística y de la memoria, se levanta para demostrar algo que desde hace más de medio siglo han demostrado los estudios de género: la dificultad de las mujeres artistas para abrirse paso en condiciones de igualdad con sus compañeros varones, y de conseguir ser consideradas y apreciadas tanto como ellos. El libro es una demostración de esta tesis, y Siri Hustvedt no se amedranta a la hora de defenderla. Su coraje es meritorio, y el tema absolutamente necesario. La autora pone en boca de Harry lo siguiente: La multitud no se divide en géneros. La multitud tiene una mente única y esa mente se ve afectada y seducida por las ideas. Aquí tenéis algo que ha hecho una mujer. Apesta a reivindicación sexual. Puedo olerlo. Todas las creaciones intelectuales y artísticas, incluso las bromas, las ironías o las parodias, tienen mejor recepción en la mente de las masas cuando éstas saben que en algún lugar detrás de una gran obra o de un gran engaño se encuentra una polla y un par de pelotas (totalmente inodoros, por supuesto). La polla y los cojones no tienen que ser reales. Ah, no, la mera idea de que existan es suficiente para predisponer a la multitud a una valoración más alta. Por consiguiente, recurro a la bragueta mental. ¡Salve Aristófanes! ¡Salve, falo ficticio, la varita mágica que abre los ojos a mundos nunca vistos! (pag. 290). La obra se abre en espirales complejas que responden, sospecho, a las propias objeciones que Hustvedt supone que encontrará su libro entre los lectores, eso que arriba llama Harry la mente única del receptor. La propia autora, huelga decirlo, es también una mujer que se presenta al mundo como esposa de un hombre más conocido que ella misma (la misma circunstancia que soportaba Harry), por lo que sabe muy bien de lo que está hablando. Es, por tanto, una obra inteligente pues anticipa las preguntas de un lector atento, se hace cómplice del mismo y se distancia de él cuando es necesario. La única objeción que cabe hacerle a esta novela es su longitud, obstáculo que ya encontré en sus obras anteriores. Y esto, de nuevo supongo, se debe a que Hustvedt quiere convencernos de sus argumentos casi pedagógicamente, nos lleva de la mano explicándonos su recorrido, y se hace así prolija y algo reiterativa, sobre todo cuando da la palabra a personajes apenas esbozados, que solo sirven para dar mayor contundencia al hilo argumental central. Entiendo que esta objeción es el producto, precisamente, de lo que Harry intenta demostrar: que la mujer tiene más dificultad para llegar a su público que el hombre, que la inseguridad de una voz rotunda y femenina puede hacerla insistir en los mismos lugares, mientras que el varón da por conocidos de antemano, y compartidos, sus tesis. No obstante lo anterior, recomiendo esta novela a todos los lectores preocupados por el tema, que deberían ser muchos, pues interroga las bases de lo canónico, además de apuntar hacia una crítica explícita del arte contemporáneo, de la banalidad del mercado y del público que lo circunda, nada despreciable. El conocimiento de la autora del mundo artístico neoyorquino es amplio y le sirve para dar detalles jugosos e interesantes sobre él. Me alegro de que la crítica haya elogiado esta novela, pues lo entiendo como un modesto indicador de que, quizás, las cosas estén cambiando.

     

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