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  • 06
    Diciembre
    2012

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    El frío y otras historias de resistencia

    Empieza a hacer frío y una amiga profesora de secundaria me dice, así de pasada,
    que lo lleva metido en los huesos porque en su instituto no hay calefacción, y
    profesores y alumnos dan y reciben las clases con el abrigo, la bufanda y los
    guantes puestos. Me quedé helada.

    No se pueden estudiar matemáticas, ni historia, ni literatura sin unas mínimas
    condiciones de confortabilidad. Pero el dinero se lo han llevado los bancos. Y hasta
    la constitución refleja ahora, en un signo de degradación de los principios sin
    precedentes, que la prioridad es pagar a los locos ambiciosos que nos han metido
    en esta situación y no la calefacción de nuestros colegios.

    Le pregunto, ¿y los padres?, pero los padres de este instituto no se enteran. No
    protestan, no hacen nada para combatir este disparate que hiela las entendederas
    de sus hijos. Les enseñan, con su pasividad, la resignación.

    La mayoría de mis amigos/as de Madrid son profesionales de la sanidad pública.

    Están en huelga contra el desmantelamiento de los recursos sanitarios y la
    decisión de la comunidad de privatizar varios hospitales de la red. Llevan varios
    días y piden apoyo para sentir que no están solos en su lucha. La huelga de los
    facultativos es indefinida. Están hartos, no quieren más recortes, más agresiones
    a una red que funciona bien, y que es más barata y está mejor gestionada que la
    privada (hay muchos estudios al respecto). Han decidido resistir.

    Cerca de mí hay personas combativas que exponen sus intachables trayectorias
    profesionales a los desmanes de una clase política cada día más oscurantista, que
    ha perdido el sentido de los usos democráticos y gobierna a su antojo, olvidándose
    de la ética y de la dignidad de las personas. Se exponen, y pierden sus cargos, sus
    responsabilidades, su dinero, porque creen que es así como deben hacerlo, sin
    callarse nunca, sin renunciar a sus derechos democráticos de protesta.

    En estos momentos de pérdidas (del estado de bienestar, de la salud democrática
    de nuestras sociedades, de salario y trabajo, de esperanza), lo único que nos queda
    es la dignidad y la coherencia que devuelvan a lo humano lo que este infernal
    sistema neoliberal le está privando.

    Por mis queridos amigos, dignos luchadores incombustibles de derechos
    irrenunciables, porque cunda su ejemplo.

     

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