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  • 04
    Diciembre
    2013

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    El derecho a pensar

    foto-pensar2Recorro algunas ciudades en actos que reúnen a público que desconozco en parte. Entre los asistentes, algunos jóvenes. Hablamos de literatura y de la vida y los jóvenes se preguntan, se inquietan. Comentan que necesitan espacios para pensar, para reflexionar sobre las cosas que importan, que ponen el dedo en la llaga. Y me dejan confundida, inquieta. Un joven amigo italiano me interrogaba a la salida de uno de ellos: ¿cómo es posible que la generación que amaba el conocimiento haya formado a una generación que lo rechaza? No tengo respuestas. Solo recuerdo que una profesora muy comprometida me comentaba hace unas semanas que no era culpa de los docentes, que ellos hacían todo lo que era posible hacer. Y la creí. ¿Cuáles han sido, pues, los factores que han contribuido a esta caída del ideal de conocimiento, a este avance imparable de la estultofilia? Sin duda, ha sido un sistema cultural informal, difundido y amorfo, que diría Eva Illouz, el que ha estandarizado esta cultura de la incultura. Un sistema que hemos de identificar principalmente en la televisión, que constituye el agente de socialización más importante entre los jóvenes y la población en general. Por otro lado, ¿es completamente cierto que los jóvenes rechazan pensar? Quizás, más bien, se trate de que se les presenta un horizonte desierto, unos modelos anti- intelectuales y anti-culturales con los que identificarse en su periplo hacia la búsqueda de una identidad que se quiere cada vez más pragmática y vacía (insisto: el abandono de la filosofía de los currículum escolares es sintomático). Porque lo que podemos observar también es que la reflexión interesa. Que en los espacios donde se instalan las preguntas oportunas los asistentes aman pensar; pensar junto a otros, debatir sigue siendo estimulante. Construir preguntas y respuestas en un ejercicio libre del pensamiento creativo es un ejercicio que produce un innegable placer intelectual. Quizás ahora que las instituciones han dejado desierto el campo de la cultura,que viene siendo ocupado modestamente por muy variados actos de iniciativa asociativa privada, sea posible recuperar en parte esta inquietud perdida por un saber que nos ayuda a dialogar con la historia, con quienes pensaron antes que nosotros lo que nos interesa y preocupa. Pensar es un derecho que pretenden extirparnos, que consiguen extirparnos, y que debemos reclamar.

     

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