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  • 18
    Mayo
    2014

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    Dóciles

    docilesHasta hace poco tiempo me sentía orgullosa del pueblo español. Admiraba su tolerancia hacia temas que en otros países levantan ampollas: la vida privada de los políticos (la afectiva, no la de la cartera), la ley del aborto (integrada sin conflicto en nuestro país: católico, apostólico y romano), la convivencia con el inmigrante, la aceptación del matrimonio homosexual (que en nuestra vecina Francia movilizó a sectores conservadores de la población y que aquí se aceptó como si lo estuviésemos esperando desde hacía tiempo). Admiraba a esas madres que asistían a la boda de sus hijos homosexuales sin vergüenza, orgullosas, vestidas de fiesta; o a las que acompañaban a sus hijas a abortar, aceptando el  error de una concepción no deseada (un error que ahora, tras las elecciones, cuando saquen del cajón el anteproyecto de Ley de Gallardón, puede costarnos muy caro). Creía que la democracia había traído de la mano la libertad, cierto laicismo en las costumbres y una capacidad muy mediterránea de confraternizar con lo distinto, derivada de la tradicional hospitalidad que se nos predica. Pero ya no lo creo. He descubierto la verdadera causa de lo que consideraba una virtud. El pueblo español no aceptó aquellos cambios por su capacidad de tolerancia. En absoluto. Lo hizo por pura obediencia. Lo que sucede en este país no es que seamos más libres, más laicos, más flexibles, sino que somos más dóciles. La obediencia a la autoridad que exigía el franquismo no se eliminó durante el espejismo de la transición, sino que ha mutado a docilidad ante todo lo que proceda de quienes detentan el poder. La autonomía moral, el pensamiento crítico, no existen casi entre nosotros. Aquí se cultiva y se prodiga lo que Rafael Argullol llamó la ignorancia autosatisfecha. Esto es: la sumisión al poder, la adherencia a las propuestas del pensamiento hegemónico, la resistencia al pensamiento, el culto al que manda. Y el orgullo de ser zafio e ignorante. El PP lleva mandando en mi región más de 20 años, destrozando la cultura, el tejido industrial (tecnologías alternativas), la costa, la confianza en las instituciones. Pero las últimas encuestas indican que una parte importante de mis conciudadanos, que son el grupo mayoritario de los que irán a votar, volverá a confiar en ellos. Sin pararse a pensar, sin interrogarse sobre otras opciones, solo porque son los que mandan.

     

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