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  • 14
    Marzo
    2012

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    Cuando dicen escritores, ¿incluye el hablante a las escritoras?

     A propósito del debate generado por el artículo del académico Ignacio Bosque en El País hace un par de semanas, artículo que celebro, no tanto porque esté de acuerdo con todos sus términos, sino porque creo que es bueno debatir y, a ser posible, consensuar los aspectos que nos acerquen progresivamente a un lenguaje menos sexista, pero fluido y adecuado, que visibilice a las mujeres; a propósito del debate, decía, quiero hacer algunas apreciaciones.

    Cuando se habla de escritores, ¿incluye el hablante a las escritoras? Aparentemente sí, compartirán conmigo. Pero la realidad muestra otra cosa, como tantas veces he querido mostrar en este blog. Veamos porqué.

    Se publican tres veces más libros de autores que de autoras, se reseñan menos libros de autoras que los que serían proporcionales a los publicados. En cualquier suplemento literario, cuando se trata de traer la opinión de los “escritores”, las escritoras brillan por su ausencia o están apenas representadas. En cualquier festival, encuentro, congreso, el porcentaje es el mismo. El canon es cosa de escritores varones, blancos, occidentales. Las academias de la lengua también (siete mujeres en 200 años, en la española, da buena muestra de ello).

    Estos y otros muchos hechos, nos hacen pensar que cuando se piensa en escritores, las escritoras están ausentes de las mentes de los hablantes.

    Otro tanto podríamos decir de las directoras de cine cuando se dice “directores de cine”. La cosa es aún peor en el séptimo arte, donde apenas un 7% de los “directores de cine” son mujeres.

    Las mujeres artistas tienen tres veces menos posibilidades de ver su obra en una galería, museo o feria que los hombres artistas. La ausencia es tan flagrante que los gestores sensibles a esta desigualdad se ven obligados a inventar espacios específicos que muestre la obra de las escritoras, las directoras de cine, las mujeres artistas, con lo que queda al margen del concurso general, de los espacios de poder hegemónicos, protagonizados por los varones. La prensa se hace eco de estos, pues pasan por ser una convocatoria general (de literatura, de cine, de artes plásticas), pero ningunea a menudo los ciclos específicos concebidos desde una posición de género, que aparecen como particulares (esto es, “de mujeres”).

    En vista de lo anterior, podríamos decir que el masculino genérico (escritores, directores, pintores, escultores, músicos..) invisibiliza a las mujeres, no porque las mujeres se sientan excluidas de él (nos sentimos escritoras, directoras, artistas, pintoras, inmersas en el grupo al que el masculino hace referencia), sino porque en la mente de quien dice y escucha esa palabra la representación predominante es la de un hombre. Y esa representación guiará su acción, volviendo a invisibilizar, en los actos que se derivan, a las mujeres.

    La Academia nunca fue sensible a estos hechos, pues cuando piensa en un nuevo académico, piensa – a los hechos me remito – en hombres. Pero sí que ha mostrado su contrariedad por estas guías de uso del lenguaje no sexista que, a su juicio, contrarían la lengua. Llama la atención que no haya sido la misma Academia quien haya liderado hace tiempo un movimiento de reforma para adecuar nuestro español a los nuevos usos que la igualdad de las mujeres le exige.

    Así son las cosas, y solo un proceso paralelo de transformación social y del lenguaje, sin caer en excesos artificiales, pero siendo sensibles a esta ocultación implícita, cambiará este orden de cosas.

     

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