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  • 20
    Octubre
    2012

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    Apocalipsis

     Vivimos un tiempo en el que el sentimiento creciente de amenaza nos hace sufrir la inquietud de una catástrofe inminente, como la que atormenta a los protagonistas de Melancolía, la magnífica película de Lars von Trier. Vivimos como si un planeta estuviese a punto de estrellarse contra el nuestro y la inminencia del choque nos hubiese sustraído el futuro.

    Una amiga que trabaja con niños me comentaba hace unos días que una alumna de seis años le había preguntado: ¿qué significa apocalipsis? Por que en el colegio hablaban de eso sin parar. Una crueldad. Los niños no tienen que saber nada del apocalipsis, de catástrofes ni de choques. Los niños tendrían que vivir como si su futuro fuese largo y virtualmente feliz. Gozar de su infancia en un mundo protegido, como el que Roberto Benigni recrea en La vida es bella, cuando el padre intenta ocultar la atrocidad de los campos de concentración a su hijo, convirtiendo la realidad en un juego.

    Y aquí está la clave. Convertir este panorama apocalíptico que se nos impone en un fondo, combatirlo sin tregua, pero reservándonos las energías necesarias para mantener la ilusión y la creatividad.

    Distingo a mi alrededor dos tipos de personas: quienes viven entristecidas, mustias como las flores secas en un jarrón olvidado, y quienes afrontan estos momentos con energía, inventando menús baratos (en el sentido real y figurado), aprendiendo a hacer pan, a escribir un relato, organizando actos llenos de vitalidad y de música.

    El planeta Melancolía nos amenaza, se acerca a nosotros, convierte el aire en irrespirable cuando escuchamos a los voceros del Apocalipsis y nos atenemos a sus profecías de agoreros interesados como si fuesen la única representación del mundo, como si sus cálculos fuesen el mundo. Pero no es así. El mundo, personal y colectivo, es una construcción propia. No dejemos que nos impongan la uniformidad gris de sus predicciones.

    Ya nos han robado demasiado. Que no nos roben la vida.

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