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MICROMONÓLOGOS DE CADA DÍA
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Marc Llorente

Probablemente me conocerán a través de la crítica de espectáculos de INFORMACIÓN. Pero uno también le da al periodismo de opinión y a otros géneros.

Sobre este blog de Cultura

La actualidad social y política, la cultura y la creatividad literaria componen un "ménage à trois" perfecto. El realismo, el surrealismo, el absurdo lógico, la acidez o la ternura pueden darse la mano con unas rápidas pinceladas que expondremos para ustedes.


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  • 30
    Enero
    2012

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    "Faborable" veredicto

    Es normal. No se debe acusar a un sospechoso. El acusador puede pasar a ser el acusado y el acusado puede esgrimir la espada de acusador. No se debe juzgar a los presuntos culpables, ya que éstos se enfadan mucho, lógicamente, aunque suelen salir airosos. Hay que pedirles perdón y ponerles una alfombra humana de arrepentidos para que la pisen sacando pecho y con la cabeza alta. 

    Si se les juzga como imputados, que sea un grupo de señoras y señores, en forma de jurado popular, el que dictamine lo que corresponda. El tribunal se lava las manos y deja a la muchedumbre que decida la culpabilidad o la inocencia. Por cierto, los requisitos esenciales para formar parte de un popular jurado son tener grandes faltas de ortografía, inventar palabras y romper las más simples normas de concordancia.

    Lo lógico es que el acta de votación diga que "el jurado, a deliberado"... O que se escriba "faborable" o "tubiera". Esto merece una condecoración por la demostrada capacidad a la hora de intervenir en esta noble institución democrática. Naturalmente, los miembros tienen que realizar un test piscológico y de inteligencia. Sólo se aprueba suspendiendo la prueba. Es un precepto elemental. 

    Ya les digo. No se debe acusar a ningún sospechoso. No está bien escuchar en secreto lo que dicen los supuestos responsables de alguna supuesta trama oscura, no sea que pueda descubrirse algún pastel con guinda o la posible culpabilidad de quien no merece ser culpable. Ni tampoco está nada bien investigar los crímenes de la represión... Eso merece una reprimenda. 

    Como ya sabemos, es una prevaricación inadmisible. El acusador se transforma en acusado. Y a los presuntos caraduras hay que aplaudirles con el fin de que no se molesten jamás. Sea como fuere, siempre cabe la posibilidad de recurrir a un ilustre jurado para que dicte sentencia y ejerza perfectamente el papel de árbitro. O de soplagaitas.  

     

     

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