Blog 
La montaña rusa
RSS - Blog de Javier Durán

El autor

Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


Archivo

  • 01
    Mayo
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Vivir entre los libros


    Nina Hoss y Ronald Zehrfeld se entienden  en la película Barbara  a través de un libro. Ella quiere huir de Alemania Oriental, donde ambos han visto como sus respectivas carreras como médicos han sido pasto de la absurda burocracia comunista. El doctor se siente atraído por su compañera de hospital, pero ella desconfía de todos y ve en él a otro agente más de la RDA. Bajo la frialdad y la amargura de un paisaje  marcado por el  Mar Báltico, la pareja rompe su particular telón de acero gracias al relámpago de las afinidades culturales: Barbara, nada más entrar en casa de André, fija su mirada sobre la biblioteca y extrae una  biografía de un médico rural. Hablan sobre el personaje, y él se siente en el deber de regalarle la obra. Del libro emana, entonces, un poder que supera la propia historia del personaje al que está dedicado. Su presencia, su influencia, será determinante para Barbara, que a través de la visión de su portada, del contacto con sus páginas, se verá obligada a variar el rumbo de su vida. Algo que parece impensable en un estado ahogado por la falta de libertad, con sus ciudadanos sometidos a órdenes, sanciones y registros permanentes. La biografía de la biblioteca del doctor André no será un acicate para abandonar la RDA, sino más bien un estimulo definitivo para buscar una sociedad mejor pese a las garras de una dictadura comunista interminable.

    El Día del Libro, mañana, nos sitúa como en ediciones anteriores (no sabría establecer bien desde cuándo) en el singular hemisferio de lo que irrumpe con fuerza y lo que como consecuencia de ello está a punto de desaparecer.  En la nómina de damnificados: bibliotecas, libreros, archiveros, editoriales, impresores, encuadernadores... En el amanecer, por lo pronto, una jauría de soportes digitales movidos sibilinamente por la industria del ocio. La convivencia entre el impulso de Gutemberg  y el del futuro (no sabría ponerle otro nombre) nos depara un cierto encanto, la conciencia de estar en un momento único.

     En una biblioteca pública espero con paciencia a que el bibliotecario me sirva Memorias de un hijo del siglo, de Juan Rodríguez Doreste, al que acudo instigado por una amiga historiadora. Me comenta que en Historia de la Literatura Canaria, de Joaquín Artiles e Ignacio Quintana, se recoge que el exalcalde vivió en la Residencia de Estudiantes de Madrid antes de la Guerra Civil. La curiosidad por el dato y su esclarecimiento (que no viene ahora al caso)  me llevan a estar allí y observar, claro está, como mi petición convive con otras menos  antidiluvianas, como el pedido de un portátil para acceder al contenido digital de algún libro.  A los diez minutos tengo el libro entre mis manos, al que llevo hasta una mesa con la calidez exigida por cualquier objeto valioso. Lo mismo hace el otro solicitante, dispuesto a resolver  sus dudas con el ordenador despachado. El ritual entre libros y portátiles se repite una y otra vez. ¿Dónde está la emoción? Doy por hecho que nada de lo que allí ocurre tiene o se acerca a una vida gobernada por los libros, y recuerdo en este punto (podría ser en cualquier santuario del mundo) la biblioteca del Museo Canario, lugar de escrutadores, de espeleólogos que buscan con ardor una hoja suelta, un signo capaz de alterar la levedad del tiempo. Allí, entre el corazón intelectual creado por unos visionarios del conocimiento; entre esas estanterías de gabinete que se alzan en el aire; entre la escaleras que se tuercen y forman pasillos donde se construyen rincones, lugares secretos de los que más de una vez sale el estampido de un susto para la historia: el engarce que faltaba para completar lo que hasta ahora había sido una leyenda. Me dirijo al mostrador y devuelvo el libro de Juan Rodríguez Doreste. ¿Será igual el año que viene? Todo parece ir a favor: la biblioteca se amplía y crecen los metros cuadrados. ¿No será un espejismo?

    Unas venas atravesadas de punta a punta por libros eran las de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. El primero escribió una especie de diario, titulado con el nombre de su entrañable amigo, donde da cuenta de los apartados más trascendentes de sus conversaciones. Todas ellas se producen en las sobremesas de almuerzos o cenas en la casa del autor de La invención de Morel, que se celebran casi todos los días a lo largo de varios años. El monumental libro nos introduce en la pasión reverencial que ambos sienten por los libros, pero también en un universo literario que recorre continentes de distintas épocas, matices insospechados de escritores, paralelismos y controversias en las que los dos creadores, unas veces solos y otras acompañados por Silvina Ocampo,  se extienden hasta el  infinito. ¿Algo irrepetible? ¿Se volverá a hablar de libros con tal intensidad? Vendrán de nuevo los interrogantes: ¿Por qué Herman Hesse escribió El lobo estepario? ¿Por qué Kafka quiso destruir su obra? ¿Por qué Carmen Laforet se agotó con Nada?

    De un librero de ocasión (al que no le faltan joyas) me llega recomendada le lectura de las memorias de Mariano Ansó, que fue ministro de Juan Negrín. Escrito con agilidad y sin extremismos (cuestión a tener en cuenta dada la época), constituye una crónica exquisita (lo que no evita la crítica ponderada al estadista canario y a otros) del desastre de la II República. A veces hay libros que tienen la facultad de conectar con otros, o bien ordenar un episodio cuyo círculo no había sido cerrado aún. En el caso de Ansó, dicha cuestión recae en el episodio de la salida urgente de España (por vía marítima) de los papeles de Manuel Azaña, operación de la que se tuvo que encargar el vasco por requerimiento del presidente republicano. La entretenida lectura del divagar por el estado en guerra de los dos baúles con las iniciales M. A. me llevó, una vez más, a un monográfico que le dedicó el Boletín de la Institución Libre de la Enseñanza a Juan Marichal. Allí, el profesor canario escribe de su trabajo como editor de las Obras Completas de Azaña y de cómo aparecieron (ya en la democracia, con Felipe González) parte de los manuscritos robados a Rivas Cherif en Ginebra, embajador (y cuñado de Azaña) que recibe de manos de Ansó el legado literario del político. Son libros con alma, sometidos a corrimientos, desapariciones y apariciones únicas.  

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook