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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 08
    Abril
    2013

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    Villaamil, poso de la España infausta

    España registra en su brújula la desazón de buscarse a sí misma, penitencia que le lleva a acumular recetas, pócimas milagrosas y la literatura de los que removieron entre los lodos de la patria. La novela ‘Miau’ de Benito Pérez Galdós cumple este mes 125 años de su publicación, aniversario prodigioso dadas las concomitancias entre el funcionario cesante de Cánovas y el ‘recortado’ de Rajoy, o entre la desafección actual a la cosa pública y la que afecta al trágico Villaamil. Y para colmo, un omnipresente Ministerio de Hacienda sin Montoro, pero aquejado de una osteoporosis aguda por falta de ingresos.

    Pérez Galdós sacó Miau de su prolífica  y realista chistera en 1888, pero el mundo que refleja la obra pertenece a los meses de febrero y marzo de 1878, es decir, en el comienzo del período histórico conocido como la Restauración, con el rey constitucional Alfonso XII y  la alternancia entre conservadores   (Antonio Cánovas del Castillo) y los liberales (Mateo Sagasta). El escritor encuentra su trufa literaria en una familia de clase media en peligro, los Villaamil, cuyo cabeza cae en desgracia funcionarial hasta enloquecer. Será el pretexto para que Miau  nos muestre un Madrid lleno de ambiciones, plagado de trepas, de caciques, de gansos de la burocracia, de sablazos, de traficantes de influencias, de apariencias y de casas de empeños. La novela, cuyo manuscrito custodia la Casa-Museo Pérez  Galdós, resulta apasionante por su vigencia a la hora de deshilachar la justificación moral del proceder del corrupto.

    1) CHUPASANGRES

    “Al que no desempresta la capa le despluman”

    Luisito Cadalso, nieto místico de Ramón Villaamil, huérfano de madre y con padre vividor,  se enfada con su compañero Posturitas, hijo de un prestamista, gremio que no paraba de hacer negocio en la Villa y Corte embaucando a los menesterosos o para contribuir a las ínfulas palaciegas de gente como las Miau, rostros gatunos que vivían sólo para conseguir el abono para codearse con ministros, diputados, burgueses y cortesanos en el Teatro Real. El Posturas no tenía en la puerta de su covacha un cartel con “Se compra oro”, pero mostraba al aire las capas empeñadas, cada una con la identicación de la víctima del préstamo.

    Habla el pequeño de la familia de los Villaamil:

    “Viven de chuparle la sangre al pobre, y, ¿qué te crees?, al que no desempresta la capa le despluman, es a saber, que se la venden y  le dejan que se muera de frío. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las capas para que les dé el aire?”

    2) COMBINACIÓN

    “¡Y luego no quieren que haya revoluciones!”

    La perturbación funcionarial era un clásico de la época. Si bien no existían los recortes del 5 %, campaba, sin embargo, la siniestra cesantía, maquinaria diabólica pergeñada desde 1799 y perfeccionada en el tiempo. A Ramón Villaamil, de recorrido largo como jefe de negociado en sus niveles varios  (hasta en Filipinas estuvo), le alcanzó la guadaña con Cánovas, y a falta de dos meses para su jubilación.  “La polacada” (arbitrariedad, desafuero o favoritismo en Miau) se convierte en la madre del cordero de la novela.

    Aquí, extracto de  la  mortecina situación  del funcionario fulminado por el saneamiento humano de la Administración, lector insomne de La Correspondencia, especie de BOE  que escrituraba los nombramientos, ceses, canonjías, salidas de Madrid y entradas en provincias (antecedente, pues, de la estimada movilización). Era la combinación, y había que estar en una.

    “En fin, que había cumplido sesenta años, y los de servicio, bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su destino más alto, Jefe de Administración de tercera”.

    A continuación, su soliloquio quejumbroso:

     “¡Qué mundo éste! ¡Cuánta injusticia! ¡Y luego no quieren que haya revoluciones!... No pido más que los dos meses para jubilarme con los cuatro quintos!”

    3) ENJUAGUES

    “Eso, canta claro, y caiga el que caiga...”

    Luisito Cadalso cruza todo el centro de Madrid para llevar las rogatorias de dinero de su abuelo a Curcúrbitas,  compañero de  su época de esplendor funcionarial, que recibe cada vez con más regusto amargo las peticiones pecuaniarias del pobre diablo. Vuelve a la casa de la calle Quiñones sin un real, y allí sólo queda como  vianda de la exhausta despensa un par de huevos. El abismo del hambre y la de hipoteca de los muebles de la sala (estancia sagrada  para la maltrecha burguesía) va camino del prestamista Posturas. Villaamil lamenta su mala suerte y su esposa, Pura, le instiga para que sea más pragmático.

    “Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una barbaridad, todos decían: Curcúbitas. Después, ni un día cesante, y siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees qué se hace pagar a tocateja el despacho de los expedientes?”

    La mujer le insiste con algo no muy ajeno al sainete que protagoniza el exsecretario de finanzas del PP, Luis Bárcenas, en el siglo XXI.

    “Yo que tú, me iría al periódico y empezaría a vomitar todas las picardías que se de la Administración, los enjuagues que han hecho muchos que hoy están en el candelero. Eso, cantar claro, y caiga el que caiga...”

    4) APREMIO

    “¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación!”

    El yerno de Villaamil, Víctor Cadalso, es el revés de su honradez. Vive en el engaño y como funcionario consigue, al contrario que su suegro, una suculenta jefatura gracias a la protección de una viuda de provincias. Llega a Madrid procedente de Valencia, donde se ha metido en un lío en beneficio propio, que tampoco tiene nada que envidiar al sumidero de la operación Roca en Marbella o a los ERE de Andalucía. El pollo, bien parecido, se codea con diputados, entra por los despachos ministeriales como Pedro por su casa  y subvenciona con sus oscuros fondos a las Miau , sin agujas ni retales para renovar sus harapos. Villaamil, humillado, tiene que soportar las lecciones de su yerno, funcionario de los nuevos tiempos. “La lógica española no puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo”,  esgrime el amargado cesante

    Cadalso, por su parte, contraataca con su casuística:

    “¡Ah! en la expedición de los apremios está el quid. Y como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios. ¡Feliz el pueblo qu se escabulle de la relación, aunque tenga dos semestres en descubierto!...”

    5) COMISIÓN

    “La recompensa es el principio de la moralidad”

    La filosofía del seductor Víctor Cadalso sobre la necesidad de la corrupción  y de los corruptos tiene su miga.  Su vigencia es casi un espejo para que la España intervenida pueda mirarse y saber más sobre cómo ocurrió,  cómo se pasó de la decencia a la indecencia.

    Dice así:

    “La recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la justicia, del derecho, del jus, a la Administración. Lo que yo digo: dondequiera que hay el haber de un servicio, hay el debe de una comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para que me suelte una comisión (...) Y tú, contribuyente, ¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tu respires es preciso que respire yo también”.

    Villaamil, el desgraciado, el pedigüeño, que  ya lleva sombrero y traje pagado por la cloaca de Cadalso, fustiga desesperado la mutación de los fundamentos mientras prosigue su travesía interminable para hacerse con un nombramiento:

    “Así es el mundo, así es España, y así nos vamos educando todos en el desprecio al Estado, y atizando en nuesta alma el rescoldo de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. Esta es la lógica española. Todo al revés, el país de los viceversas”.

    6) DINERO B

    “Un día opulentos y  hoy  pobrísimos”

    Aparece Ildefonso Cabrera, casado con una hermana del golfo de Víctor Cadalso. Trabaja en los trenes del Norte, pero vive holgadamente gracias a una entrada extra que le facilita su oficio ferroviario. Cabrera, desde su puesto de inspector, trapichea con “un tráfico hasta cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para el culto y venderlos en Madrid a los curas de los pueblos vecinos y aun al clero de la Corte.  Cabrera tenía sus socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas, cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas sustraidas a las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy pobrísimos”. Él y la hermana de Cadalso prosperan, no tienen escrúpulos para los negocios, y Villaamil no tiene más remedio que entregarles en su hora fatal la custodia de su nieto Luisito, que por sus conversaciones con Dios le adelanta las desdichas que se le vienen encima.

    7) RECAUDACIÓN

    “Los ricos pedirán ayuda para un panecillo”

          Uno de los escenarios más desternillantes donde se desarrolla la trama de Miau  es en la sede del Ministerio de Hacienda, al que Villaamil, cada vez más tronado, se acerca todos los días para conocer qué sucede con su nombramiento. Allí se encuentra con sus antiguos compañeros, de los que tiene que soportar sus  sarcasmos. En la época del triste cesante no existía el escrache, pero él se plantaba allí todos los días para, con su pesadez, obtener algún tipo de información de los jefes. La descripción del  viejo caserón es kafkiana (aunque Kafka sea posterior) en cuanto a la descripción de las jerarquías que por allí pululan y los expedientes que se resuelven o los que se quedan para siempre ocultos bajo el lazo de cinta roja.

    Pantoja es uno de los interlocutores de Villaamil, y está cansado de oír su teoría de incorporar el income  tax, un modelo de recaudación similar al IRPF actual. Al jefe del negociado, un inmovilista de cuidado, le molesta que el cesante vaya por ahí exhibiendo su pensamiento, y que en su lamentable desquicie asegure que no está dispuesto que los ministros del ramo absorban su sabiduría sobre la materia. “Lo que sacaba de quicio a Pantoja es que su amigo preconizara el income tax , haciendo tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague. La simplificación, en general, era contraria al espiritu del probo funcionario, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete y saca de papeles”.

    Entre escandalera y escandalera, las comadrejas de tributos trasmutaban en acrónimo el mote Miau de las mujeres con rostro gatuno de la casa del cesante. “Moralidad, income tax, aduanas y unificación de la deuda”, gritaba un tal Guillen, autor de la versión, con “¡qué risa, Dios!”.

    Villaamil no se ablandaba. Largaba una escalofriante perorata con voz alta y sobrada:

    “Llegará un día en que los españoles tengan que andar descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no pedirán limosna, porque no habría quién le dé. A eso vamos”.

    8) LA BANCA

    “Sin remedio, se le subía la palabra chanchullo”

     Pantoja hacía guardia en el Ministerio de Hacienda. Allí era como un perro presa que guardaba las esencias, que “nunca iba a la Tesorería General sin experimentar sensación de espanto, como en presencia de un abismo o sima pavorosa donde anidan el peligro y la muerte”. ¿Pero qué pensaba esta especie de funcionario conocedor de “todos los cominos” que allí se ventilaban? Pues la sorpresa ante el personaje galdosiano está en que sus ideas tienen mucho que ver con la de una mayoría de los españoles, estupefactos ante el desaguisado provocado por los grandes banqueros.

    Así lo desnuda Pérez Galdós:         

    “Las cifras muy altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún proyecto relacionado con fuertes empresas industriales o bancarias, se le subía a la boca, sin poderlo remediar, la palabra chanchullo. Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del ministro al representante del Rothschild o de otra opulenta casa española o extranjera, pensaba cuán útil sería ahorcar a todos aquellos que no iban allí sino a tramar algún enjuague”.

    Igual que un convencido de la necesidad de un gobierno tecnócrata para los países sumidos en la bancarrota, Pantoja reclamaba ante sus contertulios “su banderín con este sencillo y convicente lema: ‘Mucha administración y poco o ninguna política”.  ¿No les recuerda a las directrices de Merkel, del Fondo Monetario Internacional o del Banco Central Europeo?

    El protagonista de Miau ,  funcionario sin destino, no pudo hacerse con sus dos meses para completar la vida la laboral y obtener una jubilación en paz. Bajó a los vertederos de Madrid, se pegó una buena panzada en una tasca, y apagó la luz de la España de la Restauración con el final traumático que arrastra ahora a algunos desahuciados.
     

     

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