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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 17
    Enero
    2014

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    Quien la hace la paga

    No sé a quién se le ha ocurrido vincular el cosmos judicial contra Urdangarin y la Infanta con un penoso y achicharrante martirio, sólo acortable si el juez Castro adopta una diligencia meteórica y no se entretiene en lo etéreo, y para que ello sea así doña Cristina contará la gran verdad ante su señoría (aún no sabemos si con paseíllo en Palma). Los que en realidad han sufrido o sufren martirio (como un parado que busca y rebusca) se preguntan qué grado de tormento se le puede atribuir a una pareja de exiliados de lujo en Suiza.

    El suplicio, pues, no está ahí: hay más sufrimiento para el Rey, al que se le evapora la institución; o para el Príncipe, que se intranquiliza al ver cómo su futuro empleo pierde credibilidad; o para la Reina, que se divide entre el deber y el sentimiento hacia su hija; o para doña Letizia, quizás plebeya en exceso para entender los pasos de elefante de la Casa Real... ¿Pero martirio para el yerno y la Infanta? No, para nada. Pasan por lo que pasa un presunto delincuente: citaciones, abogados, periciales, testificales, diligencias, recursos, minutas, disgustos, condena, multas...

    Una monarquía, sus miembros, por el hecho de ser del sindicato de sangre azul no escapan de la mundanidad del delito. Y en España, roto el silencio protector de la Transición, el Rey y su familia constituyen una estructura sometida a inspección. El mundo cambia y la corrupción no debe tener ningún compartimento estanco en el Estado, a cuyas cuentas deberíamos poder acceder los ciudadanos de a pie para saber dónde van a parar los impuestos y en qué se gasta lo recaudado. Don Juan Carlos y su gente de palacio deben encontrar su función en el nuevo contexto, que evidentemente no es la de hacer negocios, y menos los de calado sospechoso.

    Alfonso XIII pasó a la posteridad por ausentarse de España y también, como cuenta el periodista Corpus Barga en sus memorias, por tener varias carreteras del centro del país como una vajilla para darle gas a gusto a su Hispano-Suiza. Le daba pereza ejercer de Rey, y pilotaba en vez de hacer safari. Los españoles tienen la tendencia de hacer un batiburrillo con todo, igual que si la sociedad entera se hubiese convertido en la tertulia del Café Levante. El mismo Corpus, amigo de Baroja y compañero de Antonio Machado hacia su exilio en Collioure, aunque él murió en Lima, se refiere a uno de los trances en que la opinión pública nacional trastocaba todo o casi todo: en el centro de Madrid se celebraban sonadas pedreas entre pandillas de niños que acababan con la intervención de la Guardia Civil, y que al día siguiente salían reseñadas en la crónica de sucesos. La gamberrada, en coincidencia con la pérdida de las últimas colonias, era aprovechada por algún columnista para pedir que España fuese colonizada por una potencia extranjera, dado el salvaje proceder de su pueblo, dispuesto a matarse a pedrada limpia. Así estaban los ánimos en la palestra impresa.

    En el caso de la Infanta y su marido, a los que, repito, no los veo en caso alguno sometidos a martirio por ser víctimas de un proceso insoportable, interminable, inaguantable, espasmódico, caprichoso y vengativo. La única tragedia que se les puede asignar, si así se le puede llamar, es que son (en versión actual) dos personas afectadas por un hecho tan solemne y rotundo como el pleito del pueblo contra el Rey, personificado en esta ocasión en su hija y su yerno.

     En el pasado más o menos remoto se han dado enfrentamientos por territorios, por fronteras, tierras comunales, bosques, islas, recaudación de impuestos... Ahora es una presunta desviación de 6,5 millones de dinero público a unas empresas privadas, con todo el acompañamiento matérico de un palacete y la vida de un matrimonio carcomido por la ambición de la riqueza. María Antonieta fue asediada por hojas satíricas que le atribuían perversidades sexuales en Versalles, gastos suntuosos y fastos que contrastaban con la falta de pan de los franceses... No les hizo mucho caso y así acabó como acabó.  Las redes sociales están invadidas de montajes e inventivas sobre la Infanta Cristina, crueles y llenas de sosa cáustica, tantos como son capaces de derramar los que quieren comprobar el resultado de la prueba del algodón: ¿es la Justicia igual para todos? ¿Se podrá llegar hasta el fondo? ¿Existen aún privilegios? Y nada mejor para encontrar la contestación que aplicarla sobre la punta de la pirámide. Es tan fácil como saber si es verdad la manida y cuartelera aseveración: quien la hace la paga.

    Si atendemos al sentido orteguiano de crisis, la coyuntura es apasionante. Más allá de la felicidad que pueda sentir un republicano, nunca como con esta imputación se ha estado tan cerca de saber cuán de engrasados están los ejes de los poderes del Estado. Llegar al paseíllo de Palma supone, en efecto, un acto democrático, ejemplar e indicador del nivel de autonomía judicial del que disfrutamos. ¿Que España entera es una tertulia? Primero, es España, y segundo no podía ser de otra manera. Hay vida.
     

     

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