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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 23
    Enero
    2013

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    Puede que la mano tiemble

    El periodista  Gregorio Morán cuenta en su monumental biografía Adolfo Suárez: ambición y destino la grabación de vídeo que Mario Conde hizo de la entrega de un maletín con millones (pesetas de entonces) para sanear la carrera -en segunda o tercera oportunidad- del expresidente del Gobierno. Tal como señala, es moneda corriente que los partidos y sus gerentes tengan sus cuentas llenas de bacterias y hasta que en momentos de vértigo pidan favores a los banqueros. No debería ser así, pero desde que se inventó el sistema democrático una cosa ha ido pegada a la otra. ¿Solución? Aún no se conoce, aunque también es verdad que todo depende del color de la ética de los involucrados. Sin ir más lejos, a ningún banquero se le ocurre hacer una grabación sobre una entrega de un sobre, un maletín o una mochila (que ahora se lleva mucho), pero Mario Conde, como dice Morán, era de otro esparto y le gustaba, como se ha podido comprobar, tener entre los dedos voladores de los que se llevan por delante algo más que una mano. El episodio, en lo que se refiere a la ingeniería financiera, se tapó en las cloacas de los balances (y es hasta posible que todos los españoles pusiéramos algo de nuestros ahorrillos cuando la explosión de Banesto). En cuanto a las consecuencias judiciales y políticas, algún paseíllo por los juzgados y una alfombra persa para olvidar. Viene esto a cuento por el estremecimiento (ciclogénesis, he leído en algún sitio) que vive el PP por el descubrimiento de las cuentas secretas de Luis Bárcenas, el contable que todo lo sabe 20 años hacia atrás, en el sistema bancario suizo, un modelo verdaderamente egocéntrico contra el objetivo de acabar con la delincuencia de guante blanco. Por cierto, si hubiéramos permitido al juez Baltasar Garzón, el único caído en combate, intervenir las conversaciones de la ralea carcelaria de Gürtel, la madre de todas las madres, el ahorro a las arcas del Estado podría haber sido cifrado de fantástico. En cambio, hemos tirado de erario con rogatorias a Ginebra y envíos de comisiones. Toda una eficacia para cumplir lo que piden los abogados de postín para enredar.

      Pero a remolque de los comportamientos mafiosos, aquí lo que interesa es saber qué es lo que conoce Bárcenas de la tropa y sus coroneles, sin olvidar al general, y qué metralla es la que maneja. Y segundo, dónde está la cláusula suelo del carnaval, es decir, hasta qué estamento llega el supuesto cobro de sobresueldos y quiénes se alimentaron glotonamente de la percepción irregular de los honorarios, al parecer escamoteados al fisco, y de dónde procedían estas cantidades que, según también he leído, cobró el preboste alguna vez, pero que luego rechazó, digamos que le provocó cierto asco verse en la economía en negro. ¿Es suficiente? Pensar en un centrifugado u operación de asuntos internos dentro del PP para establecer los límites de la responsabilidad es fácil. En este sentido, el presidente puede decir y hasta presumir de que no le temblará la mano “en caso de tener conocimiento de irregularidades”. Otra cosa es que las mismas vayan a parar a sede judicial o a la Fiscalía Anticorrupción, o que sea todo lo contrario: que pasen a formar parte de la intrahistoria del partido, igual que el felpudo que acabó en el vertedero y luego en la incineradora, y después en humo. Todo se puede pactar: ordenar las bacterias y mandarlas en formación a cualquiera de las instituciones -el mapa del PP es amplio, tiene ramificaciones hasta en la oposición castrista- en calidad de asesor o responsable de una empresa cualquiera. Y aquí paz.

    ¿Pero si este príncipe de las tinieblas que es Bárcenas grabó conversaciones, se llevó los pendrives, los discos duros, la metamorfosis de los 20 años, el reinado de Aznar, la sobreabundancia de la boda de su hija en El Escorial, la soberbia de Cascos? ¿Y si tiene todo el material de derribo en una caja fuerte de un paraíso fiscal? ¿Y si además está enfurruñado por que ha perdido su despacho con secretaria en Génova? ¿Y si está encolerizado por que el apparatchik ya no paga las facturas de sus abogados? Pues nacería el instinto primario de la defensa, y hasta ese placer entre el ahogamiento y la euforia que procura la combinación del hundimiento personal con una Roma que arde por los cuatro costados. Una imagen nada trasnochada para una época donde cualquier hijo de vecino pierde el trabajo o sufre un desahucio; una imagen, por otra parte, deseada para una mayoría que exige justicia en el momento que a ellos se les pide austeridad, sacrificio, rectitud en el gasto, ética en el pago de impuestos y hasta la confianza ciega de que la oscuras golondrinas volverán a volar sobre las nóminas más vapuleadas. Y entre este desasosiego social no sería extraño que Bárcenas se convierta en el justiciero que la sociedad espera en el salón de sus calamidades, y que hasta la derecha más de derecha del partido (o simplemente honrados militantes) le rueguen que tire de la manta y ponga a danzar toda la porquería. En Génova creen que hay una venganza: Esperanza Aguirre (su dimisión, su asesoría, espionaje), Rodrigo Rato (el banquero defenestrado), Ana Botella (bajo el tam tam del caso Arenas), Ignacio González (su dacha de Marbella)... Unos cadáveres, otros que se resisten y algunos en su punto a la sal. Y a lo lejos Aznar y su pensamiento mefistofélico sobre el partido. El ambiente es de paranoia, casi de una noche de cuchillos largos, de dossieres llevados por mensajeros, de luces de despachos que no se apagan, de barridos para vigilar las grabaciones, de repasos por la memoria (una y otra vez) para encontrar el fallo, de miradas a la agenda para destruir el apunte indiscreto, de ordenadores triturados para desvanecer en el limbo la trampa.

    No es un invento: Cospedal, también víctima de filtraciones por sus emolumentos y bajo IRPF, ya dijo el sábado en algún lugar de España (con o sin procesión de mantilla) que revisará toda la gestión,  “la de ahora y la de antes”.  De su fraseología de secretaria se podría deducir que hay luz y taquígrafos, y que todos (o al menos los votantes y militantes) se van a enterar en qué consiste el lío que tenía Bárcenas con su microeconomía. Lo dudo: ya dijimos que esto tiene tanta solera como la democracia, y que todo es maquillable y sistémico.  

     

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