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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 18
    Noviembre
    2013

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    Fin de la palabra

    En los páramos quemados por la abulia a veces hay fogonazos como el de un catedrático de Metafísica que nos trata de exponer, desde un atril, sus pensamientos sobre cuántas piedras llevamos en la mochila de la vida y, aún mejor, cómo afrontar con satisfactoria salud vital (ante el amor, ante la amistad, ante el pesimismo, ante la depresión...) la depreciación estratégica y rigurosa del conocimiento, en definitiva la revolución más contrarrevolucionaria: el fin de la palabra. Fue en el Paraninfo de la ULPGC donde Ángel Gabilondo, exministro de Educación (él que más cerca estuvo de aquilatar en la etapa de Zapatero una hora cero para la enseñanza en España), nos ofreció (y enganchó) unas opiniones “a cambio de nada”. Y es preciso entrecomillarlo: no se trata aquí del honrado pago por el trabajo cumplido, sino más bien del pensador que traslada al auditorio unas ideas  que no encierran ningún propósito e intencionalidad dedicado a la compraventa de algo. ¡Maravilloso! En un mundo cuántico, exaltador e incubador de cerebros utilitarios (¿eres o no eres emprendedor?), un individuo que huye de ello, y que además nos echa una tremenda bronca: “¿Pero qué se han creído los hombres?” Aviso, llamarada, contra la extinción de la humildad, aplastada por omnipotencias que al final resultan ínfimas frente a la corta e imprevista duración de la vida.

       En una noche (ahora se va la luz  pronto) con la imagen de Pepe Alonso a sus espaldas, en un acto del Aula que lleva su nombre y por el primer aniversario de su fallecimiento, Ángel Gabilondo quiso demostrar que la palabra, y más cuando se es un exministro, no conlleva la obligatoriedad del dardo venenoso. La crispación, la búsqueda del enemigo a batir, es la pauta para la dominación del comportamiento excluyente. Se ha logrado la mutación, y los mutados (pocos nos escapamos) esperaban de él un ataque racheado, con proyectiles inteligentes, sobre la pasarela con más top del país: la reordenación educativa de Wert. Pero Gabilondo escogió la senda más extravagante, inusual y laboriosa: “Me decían qué cómo iba a cerrar un pacto con gente que no pensaba como yo. Pero ¿qué es un pacto? ¿No es llegar a un acuerdo con personas que piensan de manera diferente? Ahora, les doy un consejo: intenten alcanzarlo en la primera parte de la legislatura, y no en la segunda, cuando llegan los anuncios electorales o las encuestas. Ahí es imposible”.

        La infelicidad del que hace lo contrario de lo que piensa. La necesidad de establecer distancias con los que no se quieren nada (“muy peligrosos”) y con los que se quieren demasiado (“hay que encontrar un complejo término medio”). Poner barrancos frente a los que no nos dejan levantar la cabeza para demostrar nuestras cualidades... Y, por supuesto, observar con mirada hipercrítica la obsesión del crecimiento del currículum, espoleada por una autoridad académica con la condición evaluadora como hoja de ruta. En los campus universitarios se cierran cada vez más los despachos para evitar a los alumnos preguntones. Una educación pública volcada en la igualdad, que ampare la oportunidad, y que contradiga la lógica del estudiante con medios que logra su objetivo porque ha podido viajar al extranjero, mientras que el otro se ha quedado a medio camino, sin la posibilidad de alcanzar un puesto de trabajo por no conocer un idioma...

    Fueron algunas de las preocupaciones que Ángel Gabilondo desgranó y que todavía guardo en la memoria. Ideas, en todo caso, que expresan su posición de solitario. La disidencia docente sucumbe bajo el control presupuestario, la sanción salarial y también por la ambición del escalafón. El profesor y su palabra se difuminan, y las redes sociales vacían los campus universitarios. El rigor de la austeridad se ceba con las universidades. Y todos tenemos constancia del malestar: la prueba es el aforo que alcanzó la conferencia de Gabilondo en el Paraninfo de la ULPGC. Personas que intuyen (y hasta lo viven ya) que se producen cambios que entierran la llamada al conocimiento, cuyo desarrollo, independencia y dignidad se ve asaltada por intereses lucrativos y políticos. A las universidades públicas se les pide que busquen un sponsor empresarial como si fuesen un Ronaldo cualquiera. ¿Consecuencias? Todo dependerá de la rentabilidad que pretendan conseguir los sponsor. Ya sabemos que el apoyo empresarial español, con contadas excepciones, suele ser inhumano a la hora de pedir contraprestaciones. Quizás se conformen sus jefes con que suban a los altares del Honoris a sus patronos, deseosos algunos de colmatar las rendijas de su vanidad.

    La experiencia del pasado martes en el Paraninfo, claro está, no tuvo nada que ver con la apariencias y las fluctuaciones (al alza o a la baja) que escupen las semanas y semanas. ¿Fin de la palabra? Pero sí se habla, se grita y se hacen más promesas que nunca... Pero no era a lo que se refería Ángel Gabilondo: no es la palabra que marca la época. Consiste, en realidad, en la suerte de encontrarla, aunque sea solo una vez.

     

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