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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 01
    Octubre
    2012

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    El interés nacional

    Se me ha pegado el sudor frío a la frente en el intento de abordar con intención ecuánime el valor del reportaje del New York Times sobre el hambre y la austeridad en España, publicado con fotos en blanco y negro, y cuya difusión ha caído como un incendio sobre el núcleo duro del periodismo. Es decir, columnistas, tertulianos y directores de impresos y digitales han echado en cara a la biblia su subjetividad y tratamiento sesgado de la realidad nacional, además de dejar claro que nuestro skyline social no es una Hurdes del XXI llena de malnutridos harapientos, faltos de higiene y que viven en chabolas.

     En paralelo al disgusto, Rajoy y el Rey se fueron a la capital de Al Capone para hacer relaciones públicas por las redacciones y pedir jabón para su relato de la crisis y cómo se trabaja a golpe de recortes para recuperar la normalidad. La sociedad, mientras tanto, no ha salido a la calle a manifestarse a la plaza de Oriente contra el supuesto contubernio mediático, sino todo lo contrario: la multitud ha rodeado el Congreso de los Diputados y se ha ido a Neptuno para protestar, precisamente, contra la situación que describen las páginas del Times. O sea, el trabajo periodístico cuestionado no cuenta mentiras, sino que incide en la nueva vida de los afectados por la crisis. ¿Un escándalo? Por supuesto que en España todavía hay gente que no pasa hambre o que no ha sido expulsada de su casa por impago de una hipoteca. Pero ese no era el motivo del informe crucificado por los que reclaman una visión más objetiva o más conciliadora con los esfuerzos que realiza el Ejecutivo del PP para cuadrar las cuentas. 
     

    El impacto de la nueva pobreza o el efecto de la recesión sobre la calidad de vida de los niños ya ha sido ventilado por Cáritas y Unicef en sendos y recientes  informes, prolijos en cifras y desgloses sociológicos. Ninguno de los dos estudios, que se sepa, trajo consigo una corriente de indignación por supuesta falsificación de datos o una reconstrucción ficticia de la realidad. Tampoco se erigió una corriente de opinión para expresar las negras perspectivas que se ciernen sobre el equilibrio social de España. Sin embargo, ha sido con el reportaje del New York Times cuando se ha puesto el grito en el cielo, en un arraigado chovinismo del que se podría pensar que trata de ocultar los males de la patria. Una tendencia  al secuestro de la realidad que ilustra muy bien la alabanza de Rajoy al silencio, a la mayoría que no sale a la calle, que pela la cebolla y algo más, que no se queja, que es dócil ante el tropel de reformas... Una mayoría que se conforma con el elogio a su responsabilidad, a su pequeño papel en la historia... Una mayoría que sólo quiere ver o leer lo que le ponen delante, sin escarbar en la verdad de las mentiras. ¿Pero existe el hambre? ¿Pero hay gente sin casa? ¿Pero hay despidos? ¿Pero existió el ladrillazo? ¿Pero hay tipos que hundieron la banca? Se corre el peligro de anteponer el interés nacional a la explicación con pelos y señales del tortuoso camino que nos ha tocado vivir.
     

    Uno de los grandes temas del periodismo español fue adaptarse al nuevo ecosistema informativo de la Transición, con el consiguiente abandono de los tics del modelo represivo del franquismo. El nuevo ciclo tras la muerte de Franco supuso el desembarco de un paternalismo que abrigaba al reformismo democrático, a su proceso constituyente, donde los editores mostraban su colaboración para sacar adelante el proyecto institucional dirigido por Adolfo Suárez. El deterioro de la UCD y la dimisión de su presidente, la latente trama golpista con el 23-F como epicentro o los atentados terroristas rompieron, sin embargo, esta entente cordiale, sustituida por la necesidad de ofrecer desde el rigor y la libertad el máximo de información en un contexto competitivo. De no haber sido así, los periódicos no hubiesen vivido uno de sus momentos más dorados en aceptación y como referentes a la hora de relatar cómo se sucedían los acontecimientos. Así y todo no se estaba aún en su punto más álgido: de hecho, hubiese sido más que complicado la publicación de la noticia de que el rey Juan Carlos I se había ido a un extravagante y costoso safari a Botsuana con amigos poco recomendables para la imagen de la  Corona española.
     

    La crisis y sus secuelas ha vuelto a poner sobre el tapete la llamada del Gobierno nacional de turno a la comprensión, a una moderación frente a la causa general de un Estado con su marca dañada, sometida a las dentelladas de los especuladores y que debe ser cuidadoso en extremo a la hora de transmitir al exterior lo que sucede dentro de sus fronteras. Sería una exageración llamar a esta atmósfera censura impuesta o algo parecido, pero sí cabría hablar de autocensura autoimpuesta para, pongamos por caso, evitar que el norte de Europa se acoja a la tesis del carácter irremediable de los españoles, de sus trifulcas independentistas, de sus veleidades para aguijonear la estabilidad constitucional, de sus manifestaciones, de sus mineros... Todo un relato de penalidades que nos asedian y que sólo embarullan la capacidad fina de Montoro y De Guindos para que el déficit no acabe de hacer saltar la tapas de las alcantarillas.
     

    No he querido decir en modo alguno que New York Times saca a relucir más. Ni tampoco que su reportaje fotográfico sobre el hambre y la austeridad no es criticable por venir de donde viene. Simplemente detecto que las  reacciones tumultuosas frente al particular demuestran, en principio, que nos cuesta aceptar la existencia de una realidad contrastada, que no es la única, pero sí la que venía anunciada en el título del reportaje. Y segundo, que resulta dañino para los comportamientos democráticos promover el discurso único contra la inestabilidad económica, y tratar de boicoteador, antidemocrático o antinacional cualquier otro. La información, claro está, debe tener bastante de revulsiva, y es evidente que cuando es así no suele alcanzar el beneplácito de todos  los que se sienten implicados, incluso hasta por los que ven herido el honor de su país, sobre todo en momentos en los que nada es fácil. Por desgracia, la crisis es más que cifras: es carne, familia, cuerpos, vidas, biografías, rupturas, hijos, éxodos, emigración..

     

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