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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 09
    Septiembre
    2013

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    Efecto Tokio, pais de pandereta

    Parece que Rajoy buscaba en la obtención de los Juegos Olímpicos 2020 para Madrid la infusión psicosomática para sacar a los españoles de la depresión en la que se encuentran sumidos. Un estado de embajonamiento procurado, sobre todo, por su permanente brujulear en torno a la catástrofe, el desastre y el abracadabra de lo que está por llegar.

    Tanto tremendismo explica que ahora nadie se crea el mensaje de un tenue reverdecer económico, aunque sea sólo por la luz de un bombillo de 125 vatios en medio del túnel. Insuflado por la búsqueda del rédito inmediato, el triste presidente pensó en la alocada idea de que podía hacerle pupa al coloso de la Toyota, y al final él, su equipo y el pobre príncipe Felipe no llegaron ni al nivel, que ya es decir, para  imponer el mensaje antidopaje frente a las sombras de un Fukushima peligroso para la salud. La derrota frente a Tokio resitúa la ambición nacional, hace más cuesta arriba la recuperación de credibilidad que necesita Rajoy, muestra la vulnerabilidad de don Felipe en un momento de baja estima de la monarquía y afianza el fundamento de que la crisis demanda su tiempo pese a que algunos busquen voladores para acelerar una salida. Una cuarentena que no debería estar trufada, opino, de llamadas al terror venidero ni a la peste que está a punto de caernos a la vuelta de la esquina. Y en afrontar las derrotas de la vida, hay que reconocerlo, los japoneses son maestros.

      Mientras Rajoy defendía en castellano la candidatura (no se atreve con el ingles, ya Aznar rompió esquemas), en la España del conocimiento, que no tiene mucho o nada que ver con el patrioterismo bullanguero, se habla de las consecuencias de la reforma de becas llevada a cabo por Wert. De la noche a la mañana, quizás hasta con el ministro del ramo en el espejismo de Bueno Aires, la universidad española se ha convertido en pedigüeña, es decir, teme que los requisitos de notas exigidos a los estudiantes para acceder a las ayudas públicas provoquen una desbandada en las aulas. Rectores de distintas universidades, incluidos los de La Laguna y la ULPGC, no han tenido más remedio que pronunciarse a favor del sistema de apadrinamiento, por el que padrinos con medios económicos pagan las matrículas de alumnos cuyas familias han sido alcanzadas por el dardo de la crisis. La modalidad, advierten los mismos que la defienden, crea una situación de riesgo: que la enseñanza superior pierda la garantía de los presupuestos públicos, y que empiece a depender de la caridad de unos señores como don Lucio, un ciudadano que donó sabiamente un edificio a la ULPGC para tales menesteres.

    Sí señor, mientras España, el Príncipe, la Princesa, el presidente, la alcaldesa Botella y toda la comitiva andaban por la tierra del divino Borges, en el solar de Larra y de las levitas remendadas de Galdós se vuelve a hablar y a cuchichear (pues da hasta vergüenza confesarlo) sobre jóvenes que no pueden ir a la universidad por falta de dinero y por los efectos del maquiavelismo de Wert: un pertrecho que hace cajón de sastre con la meritocracia, la excepcionalidad, el sacrificio, el buen hacer con el  dinero público... Comistraje, claro, que aplica con denuedo sobre los becarios y del que quedan liberados el resto, a los que no se les exige el prontuario wertiano. Ya lo dijo el Consejo de Estado: ¿por qué tiene que ser infalible el becario? En la ULPGC, el pasado curso casi 700 alumnos  se quedaron en sus casas por no poder afrontar el pago de sus matrículas, afectadas, además, por una importante subida de precios.

    El dinero de don Lucio y de algún otro mecenas empresarial tiene sus límites. La involución que vive la Universidad española ha llevado al Gobierno de Canarias a anunciar un plan de choque, cuya finalidad es inyectar dinero en las familias canarias con hijos universitarios sin los requisitos leoninos que exige el Ministerio. Una muestra de sensibilidad social que debe valorarse positivamente, pero que a la larga podría tener consecuencias, entre ellas que el Estado, a la vista de que otro pone el dinero, se sienta cada vez más ajeno a los principios enunciados en el artículo 27 de la Constitución Española sobre el derecho a la educación. Eduardo Doménech, rector de La Laguna, ya alertó en su discurso de apertura de la ULL sobre la tendencia de determinados ayuntamientos a pagar con sus presupuestos franquicias de universidades privadas que cuentan con precios exclusivos.

    Para el que tenga hijos en o a punto de entrar en las aulas universitarias la tacañería o mezquindad que demuestra el PP debe resultar indignante. ¡Vamos a cebarnos en los estudiantes y sus familias cuando más lo necesitan! Lamentable. El desaguisado del simpático Wert y su impulso a la caridad universitaria como esparadrapo a los impagos de tasas nos retrotrae, por desgracia, a los episodios lejanos donde el tío rico de la familia se rascaba el bolsillo para que el sobrino fuese más allá del arado y las bestias. O al noble, cacique o exportador (en versión canaria) que todos los años recibía en su casa de la capital a la servidumbre de la finca o del cortijo del pueblo,  a la que entregaba, no sin innombrables contraprestaciones, los reales o las pesetas para que sus hijos llegasen a ser doctores, ingenieros o cantantes de ópera. Una España donde la escasez universitaria hacía que los boticarios y notarios reescribiesen en sus tertulias la historia de pueblos alimentados por una quietud mortecina.

    La estela del analfabetismo que sorprendió a Alfonso XIII en Las Hurdes, también la necesidad de lograr lo que antes era sólo para unos elegidos, movilizó a las clases medias para que sus ahorros fuesen a pagar una carrera para sus hijos. El esfuerzo de las familias ha contribuido al desarrollo del país, a un afán de superación que ha extirpado la lacra de la ignorancia o la discriminación de la mujer. Wert, sin embargo, no lo ve así, y considera que cuando la estabilidad de tantos y tantas flaquea él debe sacar el látigo. ¿No creen qué es mejor preocuparse de estos asuntos que ir a hacer el ridículo frente a un coloso? Puede ser un tópico, pero ha sido de pandereta.

     

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