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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 02
    Septiembre
    2013

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    Delirio por los migajas

    He observado con morbosidad funeraria el lamento de los constructores ante, dicen ellos, “la patología autodestructiva” que padece Gran Canaria, donde las instituciones públicas convierten en añicos iniciativas de prosperidad con sus filtros, burocracias y cambios de gobierno. Resulta paradójico ver al sector que nos ha llevado a la voladura premeditada y codiciosa de la economía hablar ahora, en época de trasquilada, de autodestrucción.  Fue el contubernio entre constructores, bancos y ayuntamientos el que arrasó, pese a las advertencias de que la burbuja inmobiliaria tenía fugas por todos sus reactores.  Poceros  o no, el cemento y el ladrillo se entregaron a una orgía cuyo desagüe acaba en el banco malo, donde como en una especie de camposanto están las cruces que marcan los pufos, las operaciones fallidas, las quiebras y suspensiones de la gran fiesta. El espejismo de los azulejos que brillan, de los portales de  mármol, dejó tras de sí a miles de familias sometidas a cláusulas bancarias de usura, y a otras que se endeudaron más allá de sus posibilidades y que ahora son carne de desahucio. Y todo ello a través de una puerta giratoria por la que salían y entraban constructores, banqueros, promotores, representantes públicos, comisionistas, administradores de partidos, miembros de los consejos de las cajas de ahorro y brokers de toda calaña.

        El capitalismo siempre se ha mostrado orgulloso de su creatividad, de su capacidad para volver a la vida tras el desastre o el declive, y de obtener la respuesta adecuada para su malestar en los mecanismos que el propio mercado ordenaría sin la ayuda de ningún agente exterior. Sin embargo, en el caso de los que recurren a “la patología autodestructiva” ocurre que el movimiento creacionista  a través del ladrillo se ha agotado y que los protagonistas se reparten las migajas. Los contratos públicos salen a cuentagotas, exprimidos gracias a la autorizaciones de déficit o endeudamiento, y la tensión hace que salten por los aires la elegancia y las maneras de buen mayordomo: podrían decir que hay pelea de perros, de sabuesos enrabietados, que tratan de hacerse con un costillar para luego repartírselo a dentelladas, pero aún hay formulas de sumiller y hablan de “patología autodestructiva”, como si el sistema hubiese sido atacado por una tropa de elegantes termitas dispuestas a acabar con las estructuras.

    Un aspecto que me parece inconmensurable a la vez que impagable es que la patronal de constructores, metida en su telaraña, considere oportuno un psicoanálisis para desentrañar las finas argucias en las que andan los dedicados a boicotear los proyectos urbanos, urbanísticos, de mantenimiento de carreteras, de ajardinamiento, de rehabilitación o de lo que sea. En este punto me adhiero, cómo no, a los próceres del ladrillo. No tengo ningún plan de alcantarillas ni campo de golf pendiente, ni mucho menos, pero estoy de acuerdo que de una investigación pausada de sus microcerebros se podría obtener, por ejemplo, una explicación sobre la alta densidad de los colores azul y amarillo entre el mobiliario urbano, o bien sobre la fijación por plantar el Roque Nublo en los frontispicios representativos. Al final, como diría el ministro García Margallo, nos van a joder la marca de tanto usarla. En cuanto a lo que interesa a la patronal, que se las apañen ellos con los resultados de la sesiones del diván, aunque puestos en la metodología de la escuela, y sin intervenir en el canon, todo tiene que ver con el sexo, aunque Jung se lo rebatiera a Freud. Luego el primero, el muy hipócrita,  se entregó como un descosido a la lascivia masoquista de una alumna en evidente y transparente incumplimiento de las normas con las que debe proceder el correcto psicoanalista. Yo sólo advierto a la patronal, pero puede hasta ocurrir que el doctor caiga en la red, como le ocurrió  al hombre que conoció los sentimientos más íntimos de  Marilyn.

    ¿Y qué hacemos el resto? Estamos ante un entretenimiento de la crisis: por un lado, el discurso alimenticio sobre cómo cambian los indicadores macro sin todavía hacer mella en los micro, y cómo está más cerca que nunca, a punto de tocar con las yemas de los dedos, la reversión de la estúpida prima de riesgo, y por otro, el análisis de las trifulcas entre sí de grupos empresariales, y de estos con instituciones, excitados por lo poco que hay para repartir de la tarta, o simplemente por el estado lacio en que se encuentra el pantano. ¿Se llegaran a autodestruir algún día, disconformes e indignados con la mano que mece la cuna? Imposible, la Islas, ultraligeras, conscientes de su vulnerabilidad, siempre han sido maestras en el pacto, incluso en el farol para provocarlo. Maestras, además, en el engaño, en aprovechar la bruma y el solapamiento de sus tierras, y también en procurarse al extranjero para acabar con el enemigo. Pero para saber de ello no hace falta hacer un psicoanálisis, sino ir a la Conquista y sus ácaros.

    Después del mimo y dedicación del arquitecto Manuel de la Peña, la etapa siguiente del Sur de Gran Canaria tiene mucho de autodestrucción de recursos, la mayoría de las veces con la complicidad social del deslumbramiento por el boom, la panacea o la competitividad. Nadie, por tanto, tiene bula para burlar la patología autodestructiva, y mucho menos para erigirse en agente por cuyo historial no merece, a su vez, aplicarse la enfermedad. Toca un largo periodo de purgación, y a nosotros ser testigos del delirio dialéctico.

     

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