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Javier Pedreño

Javier Pedreño (Cartagena, 1962). ...

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Palabras, derribar la gran esquina y catar la verdadera realidad de la existencia.


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  • 14
    Septiembre
    2016

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    Murcia Cartagena

    Tres a la semana

    Qué buena cifra para cualquier cosa, si no fuera porque hablamos de muertos. Cuánto dolor para las 150 familias al año que han perdido a alguien en la región de Murcia por haber elegido solucionar de golpe todos sus problemas y morir antes que vivir.

    En 1980 fueron 40 los murcianos  que decidieron quitarse la vida, ahora son 150 al año, nos hemos multiplicado por cuatro en el dolor y duplicado sobre los accidentes de tráfico, dicen que evolucionamos pero hemos cuadruplicado la cifra de suicidios en 30 años. Si con mejor renta per cápita, casas, coches, cines, ocio, ropa, viajes, universidades, móviles,  y  elegimos morir por adelantado cuatro veces más,  es que algo estamos haciendo verdaderamente mal. Lo peor es que es indiferente para el sistema, nadie habla de ello, nos contaron desde niños que era pecado,  tabú y también hoy sabemos que es una cuestión de pasta.

    Si usted quiere recuperar algunos puntos de su carnet de conducir y acude a uno de esos cursos de capacitación verá que no le hablarán de nada que no sea  proteger su vida y la de los otros,  le enseñaran muchas fotos de muertos, incluso es probable que alguna víctima en silla de ruedas vaya a contar su dramática experiencia personal, le hablaran del principio de confianza en el otro que el hecho de salir a la calle otorga, una especie de contrato de no-agresión  por el que nadie debe pensar que el de enfrente se va a poner a circular por el carril contrario o que el peatón se va a lanzar a la calzada contra su vehículo para morir y sobre todo son miles los spots pagados por el estado y las aseguradoras que intentan sensibilizarnos cada vez más ante este drama de la muerte por negligencia propia. Pocas campañas me parecen, pero el auténtico despropósito es que la primera causa de muerte externa, el suicidio, no suponga la más mínima atención para ellos. No me imagino una campaña electoral diciendo, vótanos, te haremos más feliz, no volverás a pensar en suicidarte y bajaremos esta salvaje estadística como hicimos con los accidentes de tráfico. No mola, no podemos dar la imagen de que hemos convertido nuestra vida social en un campo de concentración en el que todos somos actores para el buen mantenimiento del negocio sin saber cómo ponerle fin. No están los gobiernos para reconocer  fracasos, no está en su naturaleza. No me atrevo a ser tan malévolo como para concluir que como los accidentes de tráfico cuestan al año 9 mil millones de euros y los suicidios prácticamente nada, que no los cubre el seguro casi nunca, las aseguradoras, el estado, el sistema, no esté tan interesado en acabar con este drama como lo está con otros, -tabaco, tráfico, largas enfermedades-, que acaban costando un pastizal. Esto es un pis pas y mañana a otra cosa.

    Tal vez nos supere la incapacidad social de reconocer que la muerte está aquí para quedarse, tan aquí como nacer, y en esa huida hacia adelante a la que este invento nos somete sin elección, no cabe hablar de arrugas, de envejecer, de apagarse y aún menos de autoextinguirse por propia elección. Si a renglón seguido se nos ocurre pensar que las plataformas antidesahucios pueden ser las ong’s que más suicidios hayan evitado en los últimos años, sí que dan ganas de borrarse, porque de los 51 mil millones prestados a los bancos 26 mil ya están perdidos. La de muertos que habríamos ahorrado usando esos 26 mil, que eran de todos, para pagar casas de algunos en situación de desahucio; el banco habría cobrado y quedaría sano, el deudor tendría su casa, no se habría suicidado y estaría vivo para devolver ese dinero al estado, que la vida es larga.  

    Si no acabamos con el silencio, no hay futuro. Si no acabamos con su modelo, ellos acabarán con nosotros, aunque sea nuestro propio dedo el que finalmente apriete el gatillo.

     

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