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Javier Pedreño

Javier Pedreño (Cartagena, 1962). ...

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Palabras, derribar la gran esquina y catar la verdadera realidad de la existencia.


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  • 18
    Mayo
    2016

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    Murcia Cartagena

    Ready, Steady, Go...

    Siempre es una idea cercana al absurdo la que corona cualquier revolución creativa, como cuando a alguien se le ocurrió poner una ruedecita dentro de un dispositivo con cola de cable y llamarlo ratón o adosarle un motor trasero a un brazo de tren de aterrizaje de avión y llamarlo Vespa, por decir algo. La pasión por volar del ingeniero aeronáutico Corradino D’Ascanio le llevó a derribar cualquier límite entre el papel y la imaginación y atreverse con la más absurda idea jamás soportada por dos ruedas, a quién no le habría gustado invadir el momento en que el ingeniero pusiera sobre la mesa los absurdos dibujos para presentarlos a Enrico Piaggio con esa esquizofrénica sensación que siempre preside el momento final de todo creativo cuando entre el futuro soñado y el pasado vivido sólo existe la línea divisoria de una abnegada papelera impaciente por cumplir su inevitable función de salvaguarda última de sueños frustrados. Sin embargo el ya avispado emprendedor Piaggio dijo aquello de ‘Bello, mi sembra una vespa’, ‘Bonita, me recuerda una avispa’, con esa gruesa parte trasera conectada al frente por una estratégica cintura delgada hasta entregarse a dos antenas dispuestas para comunicar con el mundo y gobernar marchas, frenos, velocidad e imaginación. 

    Hace unos días se cumplieron 70 años de aquel día de abril que cambiaría el mundo del transporte, de la comunicación, del ocio y del negocio, y como una potente red precursora de lo que significaría estar conectados, moverse de un lugar a otro, trabajar más eficientemente o disfrutar del tiempo libre, unir gentes y espacios, pero sobre todo hacer más libre la complicada vida de 1946 en Europa. Visto desde aquí, si D’Ascanio y Piaggio no hubieran inventado la Vespa, habrían inventado Internet años más tarde.

    Cuando el domingo pasado las calles de Cartagena se inundaron con más de 350 scooters clásicos, Vespas, para llamarlos por su nombre, respondiendo a la convocatoria de La Mar de Vespas en su IV edición, se hace inevitable volver a preguntar qué tiene el agua para que la sigan bendiciendo con la obstinada devoción de una cuasi secta. Motores viejos donde los haya con la tecnología más atrasada que se pueda ver circular, un penetrante olor a aceite quemado perforando desde la pineal hasta el estómago, manos aceitosas para añadirlo con probeta a la gasolina, patadas y patadas que hacen sonar el motor siempre a la última, pero sobre todo la incertidumbre asegurada de no saber nunca si el recorrido acabará sobre lo previsto o en grua y remolque sobrevenido, como quien con muchas vidas a la espalda decide lo de hoy no estoy para nadie y aquí me quedo. Es lo que tiene tener vida propia más allá de lo que prescriba un permiso de circulación. Y es que la gente de Maldito Domingo se lo curra y mucho, meses trabajando con un esfuerzo titánico para volver a hacer posible que cientos de personas acudieran a la cita el pasado fin de semana, jugándose sus organizadores el tipo y el dinero con la generosidad que otorga la satisfacción de ver a tus iguales disfrutar, sin más pretensión, sin más intención que la que dispone el asfalto rodando a la arriesgada velocidad de 70 km/h en esa recta interminable que es la pasión por hacer las cosas bien.

    Y es que las Vespas, como el agua, se bendicen, se maldicen, se bañan en la convergencia de quienes las montan igualados entre edades parecidas de 18 a 79, fabricadas todas en la misma fecha,  entre 1946 y 2016, pintadas todas del mismo color, uno que está en el arco iris, rotuladas idénticas con cualquier dibujo o engrama que una chapa sea capaz de soportar, todas iguales, todas,  porque aquí sus benditas diferencias se orquestan siempre generando música celestial en dos tiempos bajo la sabia batuta del Ready Steady Go. Cuánto que aprender.    

     

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