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Javier Pedreño

Javier Pedreño (Cartagena, 1962). ...

Sobre este blog de Cartagena

Palabras, derribar la gran esquina y catar la verdadera realidad de la existencia.


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  • 12
    Noviembre
    2015

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    Murcia Cartagena

    La isla de mármol

    Si usted es de antes del 65 sitúese delante del Palacio Pedreño, esquive un poco el coche oficial del mandatario de Campsa y su impecable chofer, que encontrará apoyado en la puerta del precioso edificio,  soslaye algo el Icue y mire al frente. Cierre los ojos y aparecerá un municipal vestido de blanco encaramado a una tarima en la confluencia de las calles Castellini con Puertas de Murcia coronado con uno de aquellos cascos tipo Capitán Tan, tan blanco nuclear que le deslumbrará lo mismo que el par de guantes nítidos con los que mágicamente organizará el denso tráfico encolumnado hasta la calle Real cuando levante su determinante mano ordenando el alto indiscutible.Mientras la cola se acumula hasta la calle del Carmen a su derecha y hasta la calle Mayor a su izquierda, él mantendrá la vista al frente, pase lo que pase, sin dejarse llevar por despistes traicioneros de izquierda o derecha.

    Debía ser 1974,  los peatones se agolpaban en las aceras de las tiendas de tejidos a ambos lados y circulaban hacia cualquier parte parándose en la puerta del cine Mariola por si la cartelera fuera de su agrado para el domingo y mientras se fundían con  El Golpe o la segunda parte de El Padrino un enérgico silbato les sacaba del trance para dar paso de nuevo a la ordenada caravana de seiscientos,  gordinis, doscaballos  o renault cuatro y los milquinientos negros se ofrecían para llevarle a cualquier parte sin taxímetro.

    Ahora abra sus ojos de nuevo y observe la diferencia:  encontrará algunos peatones con semiprisa caminando con la vista fija en el móvil y en posición de pulgares erectos, un bar, otro bar, una pizzería, otro bar, un local cerrado, otro, otro más y algunos bancos, eso sí. Bajo sus pies, mármol de primera o parecido que le llevará sin notar adoquín alguno a enlazar con más de veinte calles peatonalizadas para un centro que ha quedado en menos de tres y del que ya se han marchado McDonald's, Bershka, Mango, Oysho, Dandara, Blanco, Coronel Tapioca, Women's Secret, La Oca, Lemule, Bed and House, Tintoretto, Pull and Bear, Shana, Mayoral, Triumph y Prenatal por no nombrar al pequeño comercio local cerrado donde la lista encabezada por Librería Escarabajal sería aún más dolorosa.  No piense entonces en comprar prácticamente nada que no sea una caña y una tapita, o un café  porque si en el semidesierto tuviera el acierto de encontrar una zapatería, encontrará eso, sólo una, y si busca una camisa lo tendrá igual de difícil, olvídese de hacer un recorrido donde pueda gastar más de veinte euros en una mañana salvo que elija consumir veinte cafés y acabe de los nervios, controle esa mente inquieta y que no se le dibuje la Trapería o Platería de Murcia, o el centro de Cádiz o de San Sebastián, no se deje llevar y si tiene la mala suerte de encontrarse con un amigo de fuera y le dice lo de  ‘oye qué bonita está Cartagena con sus calles peatonales y llena de bares’, diga que sí y agache la cabeza, que no se le note lo de ‘será para ti que no vives aquí, échale narices y vente a ver cuánto aguantas en esta  isla de mármol’.

    La bicha ha extendido sus garras y como si nuestros políticos hubieran estado poseídos todos estos años por su alma maléfica la han convertido en eso, un lugar para caminar con los pies fríos, donde no puedes decidirte a comprar porque necesitas las piernas del segundo en lo de las fortalezas y mucho tiempo para ir salteando las veinte calles peatonales y las docenas de solares y locales cerrados. No era esto lo que pedíamos, siempre lo entendéis al revés y a vuestra conveniencia.  No queríamos echar a la gente que no nos gustaba con la tuneladora, derribando barrios y casas,  ensanchando la cintura para que no quepa nadie o casi nadie antes de correr el riesgo de que quepa quien no nos gusta que se quede. Se trataba de repoblar, de crecer, de integrar, de llenar de vida, -no solo de cámaras de fotos, que también-, de jóvenes, no de barrios universitarios que se parecen más a calle del Duque-tinieblas que a otra cosa. No lo entendéis, nunca lo entendéis, queríamos una ciudad para vivir y no para ir de visita.

    Pruebe a sentarse otra vez, con el Icue a sus espaldas y a recordar unas décadas atrás pero con la vista y la firme ilusión puesta en el 2020 y empiece a inundarse de locales abiertos, tiendas con tránsito, gente asomada en sus balcones engalanados, peatones circulando con prisa pero saludándose, bicicletas, motos,  minibuses continuados, taxis y vehículos eléctricos cohabitando y sienta esas gotas de agua sobre los hombros que se le escapan al del quinto que riega sus geranios mientras se tropieza de frente con la Charito, engalanada, muy engalanada, pero esta vez más por dentro que por fuera, como un inevitable y deseado regreso al futuro.

     

     

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