Blog 
La Escuadra
RSS - Blog de Javier Pedreño

El autor

Blog La Escuadra - Javier Pedreño

Javier Pedreño

Javier Pedreño (Cartagena, 1962). ...

Sobre este blog de Cartagena

Palabras, derribar la gran esquina y catar la verdadera realidad de la existencia.


Archivo

  • 13
    Abril
    2017

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Murcia Cartagena

    Jueves Santo


    No hay mayor equidistancia que montarse en la madrugada y deslizarse confiados por los dos lados del misterio. Sumergirse en lo irreconciliable mientras los burdeles hacen su agosto y los cofrades su abril y las intenciones se entremezclan sin saber bien dónde termina el pecado y comienza la virtud, ni quién de los dos tiene el salvoconducto inequívoco que garantice la salvacion eterna. Y a fuerza de buscar encontrarle el fin a la cuaresma y el culo al vaso de tubo, más estrecho que la falda por desabrochar con la que terminar bien avenidos antes que crucificados de nuevo en la soledad irrecuperable de otra madrugada decente. Y poner precio a las lanzas mercenarias con querencia al costado sangrante desde dos mil años atrás para volver a ganarse a fuerza de dolor el reconfortante corazón parado otros tres días antes del tercer dia.

    Y resucitar. Y resucitarse y morirse y matarse como si pudiéramos elegir vivir siendo jóvenes de todo antes que morir viejos de nada, caducados otra vez, como los mejores yogures de esta fría nevera que nos otorga el ir y venir más desajustado.

    Tiempo de pasar bajito y al oído el secreto del mal de ojo, como si las palabras fuesen tres en una y engrasaran el aceite de la lámpara que todo lo lubrica para convertirse rápido en maldeojo, todo junto, y poderlo dominar sin espacios contaminados y contaminantes. Jueves de madrugada, en el que los que sí tienen donde caerse muertos, se levantan de pie vivos y a codazos y se hacen sitio, para colarse teñidos de costaleros, anudados entre iguales, más diferentes que nunca, como el blanco y el negro que opuesto no lo es sin el otro y ganarse la fuerza de los dos simultáneamente, todos a una, para juntos levantar y poner en movimiento los miles de kilos de desengaño de luces y porcelanas con el fervor inequívoco de volver a ganarle el pulso a la gravedad de lo diferente otro año más. Y todo durará un rato, lo justo para confundir pasado y futuro en el irrenunciable presente que a todos congratula mientras la mirada se cruza en el fin único de lucir, de poder, de sentir, de sacrificio y compromiso, de fiesta y desfile, seguros de que la luz de la mañana volverá a definirlo todo y el color nos sacará de la duda para devolvernos al lugar al que nunca deberíamos volver, ese que diferencia el predicado y nos afianza el sujeto de que lo mío sigue siendo mío y lo tuyo volverá a ser negociable.

    Pero no nos martiricemos que bastante hubo. Demasiado dolor para unas horas. Que las miserias son las miserias y lo que de verdad nos gustaría sería pillar cacho de aquel que sí que podía; dejar por una noche nuestra torpe naturaleza para coger algo de aquella que dicen que no daba su brazo a torcer, que no cejaba, que no se rendía, que sabía por qué y para qué estaba, que lo tenía claro. Ese convencimiento nos cautivó; saber que sin saber sabía que no era lo que parecía ni parecía lo que era, que pudiendo conducirse era conducido, que pudiendo hacer no hacía y que pudiendo no hacer hacía y al final, sólo era eso, ejecutar lo que tocaba más allá de lo que apetecía.

    Seguramente ese sea el milagro, que resucitar al fin y al cabo debe ser una especie de bola extra, como cuando por dos centímetros nos libramos del atropello mortal. El verdadero milagro debió ser el de no tener precio y mantenerse en la dirección exacta de lo pactado, de lo esperado, de lo comprometido.

    Con lo cerca que nos queda siempre el lado oscuro.

     

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook