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Javier Pedreño

Javier Pedreño (Cartagena, 1962). ...

Sobre este blog de Cartagena

Palabras, derribar la gran esquina y catar la verdadera realidad de la existencia.


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  • 21
    Septiembre
    2017

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    A la altura

    Debían ser las nueve de la mañana y la ciudad rebosaba vida. Una temperatura envidiable abrigaba el Aida con sus 2000 pasajeros y esa sonrisa por babor que sobrepasaba el pantalán del puerto de cruceros por los dos lados, los autobuses entraban y salían de la terminal disputándose mercancía con una larga fila de taxis expectantes, el puerto deportivo daba cobijo además a varios catamaranes de generosa eslora tripulados en popa por esas parejas de extranjeros que bien entrados en los sesenta, -con su taza de café espresso en una mano y un libro en la otra-, despiertan en algunos de nosotros el deseo inevitable de intentar ser como ellos dentro de diez o quince años.

    Las terrazas empiezan a ocuparse y el paseo se reparte entre los que caminan y los que lo recorren en bici. No falta algún confiado con caña en mano bien atento a su sedal para poner en relieve de blanco y negro el mágico contraluz y desde el mar la postal queda atrincherada por las majestuosas torres del Palacio Consistorial a un lado y por el castillo de La Concepción, o de Asdrúbal, o de los Patos, -que igual da- al otro, coronándolo todo con un verde pulmón destellando en la colina como una pincelada del bosque que fue, mientras la gran bandera rojigualda de la explanada, bien centrada, intenta destacar sus colores arraigados, para dejar atrás otras y más disputadas, esquinadas siempre por la pequeñez de lo personalísimo.

    Entre faros ya había buen tráfico, alguna motora y otros veleros regateando lo estrecho que marca la salida a lo ancho de este Mediterráneo que casi nunca nos ha dejado tirados. Con ese fondo, que cualquiera querría para su escritorio en todas las dimensiones, se hace inevitable girar la cabeza y levantar la vista por popa: Cartagena se divisa.

    Esa misma Cartagena que queda instantáneamente reducida a lo rancio de las fotos amarillas y resquebrajadas cuando los periódicos abren con titulares como ‘Miras grita para hacerse oír’ o ‘El pregón con más intensidad’, por tratar el tema con la sutileza que debe caracterizar una buena crónica. Las redes sociales habían llamado al boicot y dicen las malas lenguas que algunos, de cuyo nombre no quiero acordarme, tiraban planes estratégicos de posición y pancarta horas antes del evento y aunque el pregonero acabó levantando más aplausos que los bocinazos de los cuatro irrespetuosos de siempre, no nos hemos podido escapar de hacer nuevamente el ridículo.

    Que tenga que venir el Presidente de la Comunidad a dejarse la voz en nuestra ciudad, con un discurso en el que halagó y enalteció lo nuestro, lo de todos, con frases como ‘digamos a nuestros vecinos del norte que miles de años os contemplan y que nadie alcanza a igualar la historia de Mastia, Qart-Hadast, Cartagonova y de la gran ciudad de Cartagena’, que hizo con toda la energía, sin pausas y sin respiro, sobreponiéndose a las 50 personas, que entre las más de 2000 que presenciaron el acto, se dedicaron a intentar ponernos en ridículo, es para sentir vergüenza más propia que ajena.

    Sucede que como siempre, el que abuchea más no tiene más razón y los otros, los 1950 ciudadanos restantes, educados, cargados del más común de los sentidos, no necesitaron más que una pizca de tolerancia y respeto para neutralizar a la minoría y estar a la altura que caracteriza a Cartagena desde su fundación: en ese envidiable punto que el mar otorga, depura, filtra, limpia y consolida. A la siempre inteligente y equilibrada altura del nivel del mar, que es donde mejor se está. Felicidades Cartagena y perdón Presidente.

     

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