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Blog La Errancia - Víctor Ramón

Víctor Ramón

Redactor freelance y colaborador los domingos con Deportes de La Opinión, en cuya edición digital trabajé de 2009 a 2012. También, entre otras ocupaciones, he sido profesor de Historia. Una vez escribí algo sobre Lope de Vega que nadie leyó y por despecho empecé a perpetrar blogs

Sobre este blog de Cultura

Confesión de naufragios, inventario de heterodoxias, apología del derroche, compendio de banalidades, orgía de comas. "La enloquecida fuerza del desaliento".


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  • 20
    Septiembre
    2015

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    Los impostores

    Hace unos meses grabaron a unos pobres diablos en la puerta de un festival, satisfechísimos de escuchar en directo a esa banda tan rompedera sobre la que les preguntaban, diciendo incluso los más iniciados que ya la habían disfrutado en varias ocasiones sobre el escenario. Grupo que era en realidad perfectamente inexistente, fruto exclusivo del malaje de alguna mente calenturienta, emperrada en burlarse de la obligatoria omnisciencia musical que han de exhibir por férrea normativa tribal 'indies', modernos y asimilados.

    Una trampa muy parecida muñeron recientemente contra unos pacíficos bebedores de cerveza artesanal, a los que sometieron a la ordalía de darles a probar una barata de supermercado, haciéndosela pasar por una manufacturada 'top'. Cayeron casi todos, pero tampoco es plan de hacer mucha sangre porque si a un bebedor recurrente de ron como el que escribe, le pidiesen que distinguiese el sabor de su marca entre varias opciones, probablemente erraría. Ya me gustaría a mí tener la sutileza de paladar de por ejemplo esos catadores de agua, que se deleitan en maridajes de hidrógeno y oxígeno a los que pueden llegar incluso a adjudicar el estatus de 'premium'. Aunque, por si acaso, yo de ellos visto este frenesí por desenmascarar iría ya echando el cuerpo a tierra.

    De todas formas, la manera más difícil de mantener una impostura es ante los amigos, pudiéndose hacer un paralelismo con lo que decía el político aquel acerca de que los miembros de los otros partidos podían ser adversarios, pero los peligrosos de verdad son los que están en tus filas. Esto lo sabe bien uno que yo me sé, al que maliciosamente preguntaron en una comida organizada por anfitriones cómo estaba la carne de la hamburguesa, a lo que no pudo por menos que responder cumplidamente que era una ternera tiernísima y riquísima, sin duda una de las mejores que había probado en su vida, hasta que alguien le rebajó el éxtasis diciéndole que era atún.

    Y es que impostar no es nada fácil, requiriendo de habilidades muy desarrolladas, desde luego muy distantes de las de un compañero frecuente de remotas partidas de póker, quien cuando iba armado hasta los dientes tenía la costumbre de prodigar bostezos, consiguiendo en vez del efecto perseguido sembrar el terror en sus adversarios, que huían de la mano despavoridos. Todavía espeluznaba más el espíritu que solía poseer a otro de los jugadores en trance de llevar buenas cartas, y que se manifestaba haciendo hablar con las eses a su poseído.

    Hay veces que si bien las circunstancias no obligan a ser impostor, sí lo hacen a fingir, para que no se te note el degüello en los ojos, como a los integrantes de cierto grupo de música contratado para amenizar una boda con sus versiones rock, que tuvo que tragar veneno con un público imposible que despoblaba la pista de baile con sus canciones y que cuando ellos descansaban la llenaban para romperse en los clásicos temas BBC. A ellos al menos nadie les quitará la lucidez, aunque sea amarga, cuya carencia sí afectó a otro grupo que tocaba este verano en una discoteca de playa en una noche de calor infernal, en la que el único oasis bajo la forma de sala con potente aire acondicionado era precisamente donde ellos estaban, lo que provocó un efecto llamada multitudinario que el cantante malinterpretó viniéndose arriba y dándolo todo cada vez con más ahínco. “Así me gusta que se corra la voz”, decía no yendo del todo desencaminado, aunque obviando que la velocidad de aquella corría paralela al aire.

    En ocasiones mantener la máscara en su sitio tiene incluso más mérito, pongámonos de nuevo en la veta inagotable de algún amigo mío, supongamos que una noche has invitado a cenar en casa a alguien con quien llevas meses de pico-pala (de momento infructoso), a otra amiga de la receptora de tanto esfuerzo y a un inevitable amigo tuyo. Imaginemos que nuestro protagonista está de pie junto a la mesa de la cena recién acabada, castigando a sus invitados con un elevado discurso en plan mitad Savonarola mitad José Carlos Díez, y que de repente a ella le da por ponerse a acariciarle subrepticiamente la pantorrilla, mientras que él sigue de pie hablando con naturalidad espuria tratando de disimular su empalme (en sentido figurado creo). Como la cosa iba después de mojitos, fruto de la motivación los fue elaborando con una perfección y productividad asombrosas, en unos de los pocos trabajos manuales que ha realizado en su vida y desde luego el mejor de todos, descontando los dedicados a sí mismo.

    Pero aun puede haber mejores impostores de naturalidad como, desde luego, otro amigo que en una fiesta nocturna veraniega, aledaño a la piscina de la casa estaba hablando con la mujer de un tercer compadre con la que tampoco tenía una gran confianza. Entonces el marido y sin embargo amigo tuvo la ocurrencia de gastar la broma parvularia de bajarle el bañador hasta los tobillos, que ya son ganas también de ponerle tentaciones delante de las narices a tu mujer, pero lo mejor del caso es que los dos mantuvieron la conversación como si literalmente nada hubiese pasado, sin que él ni siquiera hiciese el conato de revestirse hasta unos buenos segundos más tarde.

    Qué más da que el rey vaya desnudo.  

     

     

     

     

     

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