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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 29
    Octubre
    2013

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    ¡Niños, que viene Lou Reed!

    ¡Niños, que viene Lou Reed!

    Lou Reed, en una imagen promocional

    Decidido a escribir sobre Lou Reed nada más conocer la noticia de su fallecimiento, recapacité enseguida y lo descarté al comprobar que en las noticias de Google existen a la hora en que escribo este artículo más de 45.000 entradas con la búsqueda “muerte de Lou Reed”, 1.800.000 si tecleas “Lou Reed death” y 115.000.000 (¡¡¡) si buscas por “Lou Reed died”. No merecía la pena escribir sobre lo que ya ha glosado el equivalente a dos veces la población de Francia. Si alguien lo ha escrito ya (y mejor), hay que dejarlo para otra ocasión.

    Pero hete aquí que Alejo Alberdi, antaño miembro de esa banda inclasificable llamada Derribos Arias que sigue 30 años después sonando a pura vanguardia, acabó inspirándome algo diferente a lo que hasta entonces había leído, al colgar en las redes sociales un artículo impagable de dos muchachos con el aspecto que tendrían pasada la treintena los hijos de Ned Flanders, el vecino de Homer.

    Copio y pego el primer párrafo: “A Lou Reed no se le puede responsabilizar en exclusiva de predicar la fe de la droga desde los altares del rock, evangelio que desde los años sesenta y a uno y otro lado del foso del escenario ha envenenado una actividad artística y lúdica que hasta no hace mucho exigió al oyente una comunión integral y diaria con un credo en el que la música era un ingrediente más de una experiencia conjunta, asistida por las sustancias más dulces y tóxicas. Antes que Lou Reed y su sinfonía integral sobre el caballo, estuvo la psicodelia californiana, y el terrorismo lisérgico de los yippies, y los Pink Floyd de jeringa y cucharilla, y más tarde vinieron los Ramones del pegamento, y luego las pastillas del segundo verano del amor, y en seguida se murió el pobre Kurt Cobain. Un no parar. El rock no trajo la droga, pero la convirtió en estribillo y componente de una receta magistral e indivisa. El que no esté colocado, que se coloque, y al loro. Pues así, como dijo el alcalde, nos presentamos en Francia. Era el verano de 1993”.

    Si alguno no lo ha adivinado todavía, el texto aparece en uno de los blogs del diario ABC, el mismo periódico que hace tres décadas se cargó un programa en la TV pública cuando Las Vulpess cantaron aquello del pico en la polla a un cerdo carroza llamado Lou Reed. O sea, la psicodelia californiana, el terrorismo lisérgico de los yippies, y los Pink Floyd de jeringa y cucharilla, los Ramones del pegamento, las pastillas del segundo verano del amor, y, por supuesto, Kurt Cobain, el elemento subversivo y drogota para nada cercano a los icónicos intérpretes del Yo amo a Laura que la derechona parece querer poner como símbolo de rockero ejemplar. ¡Hola, holitassss, vecinito Homer! A la mierda el White rabbit de la Jefferson, el Lucifer Sam de los Floyd de Syd Barret, el Blitzkrieg bop y el Nevermind. Pura filfa al lado de la influencia del émbolo sobre nuestros hijos e hijas. Definitivamente, Lou Reed es ETA.

    Lo que nos vienen a decir estos pocholos del diario progresista no es otra cosa que mucho ojo si escuchas al bardo de Brooklyn. O lo que es lo mismo: cuidadito si se te ocurre pinchar (tiene gracia) Heroin más de tres veces; si lo haces y no te arrepientes en los próximos diez segundos, mañana después del almuerzo te convertirás en un yonki, arruinarás la existencia a toda tu familia y lo más probable es que se te caiga la picha. Envía este mensaje a diez de tus amigos. Un charcutero de Suyapa (Honduras) no lo hizo y ha asaltado ya tres farmacias en busca de metadona.

    Alejo lo explica mejor que yo: “El proceso sería: oír a Lou Reed, admirarle, interesarse por el caballo -a pesar de que Heroin o Waiting for my man son más disuasorias que incitatorias-, probarlo, superar el rechazo que suele producir las primeras veces en muchos consumidores, insistir, que te guste, pasar del uso ocasional al semanal y luego al diario durante el tiempo necesario para que le veas las orejas al mono. Vamos, que es un proceso largo, sinuoso y con muchas etapas que impide a cualquier persona mínimamente razonable establecer una relación univoca entre oír a Lou Reed y hacerse yonqui”. Comme il faut.

    No sólo en España se ha obviado por parte de algunos medios la enorme influencia de Reed sobre seis generaciones de músicos para focalizar la atención de lector sobre el lado venenoso del artista. El Daily Mail, bajo la firma de un tal Tom Leonard (@tomleonard78), analizaba así la muerte del cantante: 'Reed tomó las drogas y la bebida con abandono, la celebración de una larga adicción a la heroína y las anfetaminas en innumerables canciones. Su personalidad sexual ambigua, junto con historias de sexo salvaje, sólo aumentó su estatus de leyenda en el negocio de la música. Un paseo muy pervertido por el lado salvaje: él hizo más que cualquier otra estrella de rock para dar un falso y peligroso glamour a las drogas. Ahora, después de un trasplante de hígado en mayo, los propios excesos de Lou Reed se han encontrado finalmente con él'.

    Pero sin duda, el que viene a continuación es el mejor de todos. Ni Walk on the wild side, ni la Velvet Underground, ni Warhol, ni Berlín. Nada es comparable a la influencia del autor de Transformer en el desenmascaramiento de lo que se escondía detrás del Soviet Supremo. Atentos al Businness Insider, una publicación económica con sede en NY. A cinco columnas (o su equivalente en Internet) en su edición digital: “La verdadera historia de cómo Lou Reed ayudó al derrocamiento del comunismo en Europa del Este”, donde cuenta el apoyo del artista al ex presidente checo Vaclav Havel (post comunista, por cierto). Lou Reed, ese héroe del capitalismo. Ni los hijos de Ned Flanders lo habrían hecho mejor.

     

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