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¿Hay vida en Marte?
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Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 09
    Diciembre
    2010

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    El estúpido Club de los 27

    El estúpido Club de los 27

    PUBLICADO EL 28 DE MAYO DE 2009

    Acaba de llegar a mis manos una copia pirata de “Control”, la película de Anton Corbijn, sobre Ian Curtis, el cantante y líder de Joy Division, muerto un 18 de mayo de 1980 cuando aún no había cumplido los 24 años. Curtis se suicidó. La película, muy notable para estar dirigida por alguien no especialista (Corbijn es un fotógrafo -un gran fotógrafo- que centra su arte en el mundo del rock), cuenta la vida de este chico atormentado que no se sabe si decidió colgar su cuello de una cuerda atada a una viga porque le iba la marcha o porque no soportaba lo que sabía –seguro- que se le venía encima si su grupo despuntaba en la inquieta (y apasionante) escena británica de comienzos de los 80. Curtis, como el resto de la banda, era un compositor original; como cantante, nada sobresaliente; y, por lo demás, espasmódico intérprete de unas melodías que narraban el nihilismo general que sacudió el Reino Unido de la era post punk. Los presagios de Johnny Rotten se cumplieron sólo tres años después de escandalizar a la reina Isabel con “Anarchy in the UK”. Y Curtis se lo creyó: no había futuro.La muerte de Curtis originó casi de forma inmediata una leyenda de malditismo por la que se le continúa conociendo hoy y que, sin duda, constituye el motivo principal que ha llevado a Corbijn a llevar al celuloide la historia narrada por la viuda del depresivo joven de Manchester. Su vida y su muerte contribuyeron vertiginosamente a engrandecer su mito y, por consiguiente, a sobrevalorar a un grupo que, en realidad, de haber vivido Curtis, no habría soportado las comparaciones con coetáneos del mismo palo. Verbigracia, The Cure o Siouxsie & the Banshees. La continuación de Joy Division (New Order) nunca fue lo mismo.

    Jeringuilla y brown sugar

    El rock and roll siempre ha tenido fascinación por la muerte y viceversa. La parca ha contribuido, por encima de muchos factores, a disparar la cotización de un artista y, en ocasiones, a sobrevalorarlo (si detrás había cierto tufo de jeringuilla y brown sugar, mejor). Y en algunos casos de forma poco justificada. No es este último el caso, por ejemplo, de Antonio Vega, cuyo talento se le reconoció sobradamente en vida. Sin embargo, es poco probable que los miles (ahora parece que millones) de personas que desde el 12 de mayo llevan “Chica de ayer” como melodía del móvil conozcan una sola canción más de Nacha Pop o sepan recitar de carrerilla la discografía de Antonio en solitario. Las miles de copias que, seguro, se venderán de la recopilación recién editada no ocultan que Vega, en el fondo, era un artista de minorías al que jamás se le podrá meter en el mismo saco que a Alejandro Sanz, por más que se aúpe a cualquier top ten después de marcharse al otro barrio. La muerte (y el malditismo) como atractivo fatal. O como factor altamente lucrativo para las discográficas, según se mire.

    La tragedia sentó bien a Nirvana. Grabaron varios discos excelentes en su corta carrera. Incluso uno de ellos, “Nevermind”, puede recibir la calificación de sobresaliente y formar parte de los grandes álbumes de la historia del rock, pero hasta la muerte de Kurt Cobain (5 de abril de 1994), el trío fue encorsetado como grupo de hardcore que revivía los años del punk desde una ciudad (Seattle) en la que sólo había leñadores. La muerte de Cobain, rodeada de los ingredientes necesarios para engrandecer su leyenda (suicidio, juventud, los últimos años enganchado a la heroína, los complots inventados con posterioridad y una viuda peculiar –dejémoslo así- llamada Courtney Love), ha acabado convirtiendo al rubio de Seattle en una especie de Elvis de los marginados, cuando en realidad nadie (NADIE) puede compararse con el rocker de Tupelo. Nirvana ha dejado un importantísimo legado para la música, aunque inversamente proporcional a la calidad de los conciertos que nutren las videotecas y Youtube. Sobrevaloración por fallecimiento, pues.

    La madre de Kurt, Wendy O’Connor, dijo al morir su hijo: “Se ha ido y ahora ya forma parte de ese estúpido club. ¡Le dije que no se sumara a ese estúpido club!” Mamá Cobain se refería al denominado Club de los 27, ese selecto grupo de cadáveres bautizado de tal modo al morir el autor de “Come as you are”. Kurt Cobain tenía 27 años cuando se descerrajó un tiro en la cabeza, la misma edad a la que pasaron a mejor vida celebridades del rock and roll de la talla de Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin o Brian Jones. La desgracia (como a Ian Curtis, al que faltaron poco más de tres años para poder ser socio del Club) acabó encumbrándoles a todos, de tal modo que cuestionar su talento puede considerarse sacrilegio en según que círculos.

    Que a nadie quepa duda de que si Amy Winehouse se desploma en mitad del escenario (como ya ha ocurrido) y no se vuelve a levantar, pasará a la historia como la Billy Holliday de comienzos de siglo. Y no digamos Pete Doherty. No hay tabloide británico que no desee verle morir de sobredosis en brazos de Kate Moss. Su viaje al purgatorio elevaría su cotización del tal modo que un día como hoy dentro de cuatro décadas se le consideraría el eslabón perdido entre Dylan y sus descendientes. La muerte, definitivamente, les sienta tan bien…

     

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