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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 28
    Noviembre
    2012

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    El camino del exceso

    El camino del exceso

    Led Zeppelin y su avión privado. Lo que pasaba en el jet se quedaba en el jet... a veces

    La revista Efe Eme, que dirige Juan Puchades, acaba de adelantarse a la conmemoración del vigésimo aniversario de El espíritu del vino, un disco fundamental en la carrera de Héroes del Silencio y en el rock en español de la década de 1990. Cuenta la leyenda que el álbum, en el que los maños se desmelenan a guitarrazos, encriptan las letras hasta el paroxismo bunburyano y prescinden incluso de estribillos en varias piezas del disco, se inseminó en ese tipo de ambientes donde se gestan las obras maestras, entre el humo blanco del cannabis, las botellas de bourbon y el tipo de sustancias cuyo pago le exigen a Pipi Estrada en el Twitter.

    No voy a hablaros de un disco de hace casi 20 años del que se ha dicho todo, pero su revisión por parte de la discográfica, la penúltima del limón que no se cansa de exprimir la disquera de la banda zaragozana, me invita a reflexionar sobre la simétrica relación entre el rock and roll y la vida superpoblada de excesos que se achaca a sus protagonistas. La filosofía que envuelve la referida obra de Héroes, a la que se atribuyen influencias tan dispares como Baudelaire y su poema El alma del vino (“Quemamos con malas artes el espíritu del vino”) o el inclasificable William Blake (“El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría”) constituye un compendio (otro) del binomio drogas y rock and roll que tantos mitos y leyendas ha proporcionado a la cultura pop. En ocasiones se le añade el sexo, pero el sexo, por sí solo, no siempre apareja los otros dos elementos que sí parecen inherentes al estilo de vida de un rockero. Jagger, de hecho, relegó el sexo del trinomio a un segundo plano antes de convertirse en director general de Rolling Stones SA y dejar el malditismo en manos de Richards.

    ¿Por qué? ¿Por qué la droga y el rock van tan ligados de modo que para el ciudadano común poco entendido sea tan fácil construir el binomio? (“Ese guitarrista va puesto hasta el culo”, sentencia el no iniciado en cuanto ve a un tipo embutido en cuero, aunque la única adicción de aquél sean los Tranchetes) ¿Qué tiene la profesión de músico para que se le atribuya per se la condición de seguro servidor de los proverbios del infierno de Blake? ¿Por qué no se sospecha en la misma medida de otros profesionales? ¿Va más puesto Robe Iniesta que un abogado de prestigio que le echa a su oficio 15 intensas horas diarias?

    He consultado algunas páginas sobre adicciones y en varias de ellas se formulan preguntas, pero ni los sociólogos ni los psiquiatras se ponen de acuerdo en las respuestas. “Se puede culpar a la guitarra de la heroína, se puede culpar al Chill del LSD; y se puede culpar a los libros de caballerías de la paranoia. Pero, ¿aún cree alguien que Don Quijote se volvió loco por leer cuentos de caballeros?” Acabo de leerlo en Tavad, un espacio en internet sobre Tratamientos Avanzados de la Adicción. La mejor respuesta vuelve a ser una pregunta, la no respuesta.

    ¿Qué fue primero? ¿Amy Winehouse o sus adicciones? ¿Por qué se enganchó Pete Doherty? ¿Los Stones podrían haber compuesto Exile on Main Street sin que Keith Richards le arreara al caballo? El apodo de El delgado duque blanco no le viene a Bowie porque abrazara la dieta Dukan, precisamente. En las fiestas post conciertos de Queen o Led Zeppelin tampoco se repartían canapés. Por no hablar de los Who. ¿Era Jim Morrison un colgado o leía novelas de caballerías?

    La alianza entre sexo, drogas y rock and roll parece más cercana a la biología que a cualquier otra ciencia. En ciencias naturales se llama mimetismo, la habilidad que poseen algunos seres vivos para asemejarse a otros o a su entorno. De un modo sencillo, lo explicaba hace años Johnny ‘Burning’ en un libro sobre el Madrid de la nueva ola. “No teníamos ni idea sobre la heroína pero queríamos ser como los Stones”. Y bien que lo pagaron. La droga se llevó por delante a dos miembros de la banda, Toño y Pepe Risi, que no llegaron a ser Jagger y Richards, pero casi.

    Puede que desde la época posterior a los años dorados del bluesmen y el ragtime, todos los músicos quisieran imitar a sus predecesores, de quienes aprendieron a  tocar la guitarra y a liberarse por la vía del exceso y por la vía intravenosa. Y muchos se quedaron por el camino.

    Los músicos de jazz, blues y be-bop ya consumían heroína antes de que Elvis se convirtiera en una farmacia ambulante. Cada década tienen su droga, además. Los fármacos en los 50; el LSD en los 60; la heroína en los 70; la cocaína en los 80; el éxtasis en los 90. Y el hachís y la marihuana, que van cabalgando de decenio en decenio sin que ninguna otra las apee de su trono alucinógeno.

    El rock and roll y la literatura deben de ser los únicos oficios en los que el consumo de drogas no merma el prestigio del artista. Burroughs o Escohotado pasarán a la historia más por quemar con malas artes el espíritu de Baudelaire (vestidos de literatura beartnik o de investigación empírica) que por sus escritos. Keith Richards y Ron Wood conforman la pareja de yonkis más afamada del rock, pero a nadie le cabe duda de que son el dúo de guitarristas más prestigioso del planeta. La culpa es de Blake. Él hizo creer al mundo del arte que a la sabiduría se llegaba a través del exceso. Niños, no le hagáis caso, el peyote no es el dibujo animado que perseguía al Correcaminos.

     

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