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Blog Exploralmas - Susana R. Sousa

Susana R. Sousa

Mitad persona mitad animal, quizás un pez (por lo de piscis) pero no sirena (muy aburrido). Experta en perder el tiempo. Lo que más me pone: los atlas de geografía. Lo que menos: las injusticias. Me fastidian las gotitas líquidas de colores que chorrean cuando comes fruta, pero me encantan las fresa...

Sobre este blog de Sociedad

"Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días...


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  • 08
    Junio
    2014

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    El hábito sí hace al monje

    Cuando paseaba mi palmito turista por Washington D.C. no recuerdo haber reparado en la sede central del FMI. Mi cándido paseo se limitó a recorrer las anchas avenidas, a observar los majestuosos rascacielos horizontales (como los llamó Delibes) y los extensos parques, en los que parecía habitar todo el verde del mundo al incidir sobre ellos la luz que llegaba de un cielo sin mácula. Y así, mi recuerdo se limita a los colores: el azul del cielo, el verde de los parques y el gris aperlado de los edificios oficiales. Ni rastro de Dominique Strauss-Kanh, Jonh Lipsky, o  Christine Lagarde. Es posible que si entonces hubiera sabido que la jodida francesa iba a exigir a los dirigentes del mundo bajar los salarios de los ciudadanos para mantener su exultante nivel de vida, mi visita a la capital americana hubiese tenido otro color, no sé, se me ocurre el rojo sangre o el negro luto.

    Supongo que vosotros también os hacéis algunas de estas preguntas alguna vez: ¿quién ha elegido a Christine Lagarde como Presidenta del Fondo Monetario Internacional? ¿Por qué tiene esa cara de alcachofa con todos los euros que se embolsa al mes? ¿Qué es el Fondo Monetario Internacional? ¿Para qué fue creado? ¿Quién lo creó? ¿Por qué tenemos que acatar sus órdenes? Podría seguir, pero no me da el espacio. Se me ocurre que el FMI no es otra cosa que un estamento medieval y lo imagino prendido a nuestros lomos como una garrapata, chupándonos la sangre. Del mismo modo que imagino a la monarquía, a Botín o a la casta política (gracias Pablo por llamarlos, por fin, por su nombre), apretando nuestros cuellos con sus fauces. Manteniendo, con su opresión,  el orden mundial a base de hacer caer los salarios y asustarnos con el paro y la miseria si no cumplimos órdenes. Esa es su versión, la nuestra es que son esas órdenes las que nos han llevado a la indigencia en la que estamos. Porque un vampiro nunca tiene suficiente. Tampoco una garrapata. Mueren inflados, vomitando sangre, inconscientes sobre su charco de caudal expropiado.

    Ante semejante imagen, ¿qué tal si cambiamos los hábitos? Ya tenemos claro que ellos no los van a cambiar, no pueden, no quieren, prefieren morir henchidos de gloria, atragantarse con caviar, ahogarse en petróleo y ser enterrados con sus tesoros como emperadores egipcios antes que pensar en la posibilidad de un mundo equitativo. Pues bien, empecemos a quitarles la posibilidad de conseguir más caudal. Y sí, PODEMOS. Un pequeño y efectivo gesto es comprar en el pequeño comercio y en tiendas de segunda mano, de esta forma favorecemos la economía local y la reutilización de productos evitando, entre otras cosas, el consumismo (acumulación de bienes no esenciales). Comprar en segunda mano, además, nos familiariza con el trueque, que no es ninguna práctica demoníaca de ninguna secta primitiva, sino un ejercicio sostenible que bien puede alternarse con el consumo habitual sin que a nadie le salga urticaria. El pequeño comercio genera un tipo de empleo, a su vez, mucho más digno (aunque algunos empresarios pequeños se hayan agarrado a la nueva reforma laboral para explotar a sus trabajadores, no es lo habitual). No podemos olvidar qué clase de empleo fomentan los supermercados, cadenas de descuento e hipermercados: jornadas flexibles, contratos a tiempo parcial, salarios bajos... Por cada 100 puestos de trabajo creados por un centro comercial se destruyen 140 en el pequeño comercio de la zona. Además, sólo un 5% de los beneficios de estas grandes superficies repercuten en la economía local, mientras que la pequeña y mediana empresa dejan hasta el 50% de sus beneficios en su área de influencia.
     

    Nadie consume más, de repente, porque se inaugure un centro comercial, solo cambia sus hábitos y eso trae unas consecuencias nefastas para nosotros y muy beneficiosas para las garrapatas. Si eso es lo que queremos, que Christine Lagarde siga viviendo por encima de nuestras posibilidades, no tenemos más que seguir aceptando sus normas y vivir según los hábitos que nos imponga. Ella encantada, eso os lo aseguro, de poder comprarse un castillo a nuestra costa.
     

     

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