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MIGUEL GALINDO SANCHEZ

Miembro de la Asociación Hispanoamericana de las Letras (Hispadel). Promotor de talleres de escritura creativa. Corrector ortográfico y de estilo. Columnista de La Opinión desde hace 30 años, tiene publicados tres libros temáticos: Desde El Mirador, Opinan(dos) y Crónicas del Vivir, siendo coautor d...

Sobre este blog de Sociedad

Sobre todo lo divino y humano. La temática abierta es la clave de los artículos que se vierten aquí. Toda mi participación en el periódico La Opinión, queda reflejada en este blog, aparte mi web personal www.elescribidor.net


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  • 12
    Diciembre
    2014

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    TRIBUTOS

     Los tributos (fíjense que viene de atributos) constituían tan esencialmente el fondo de la organización social de la Edad Media, que ocurría, al igual que hoy, que el beneficio de prestaciones periódicas o eventuales, en dinero o en especie, recayesen sobre las clases inferiores, tan solo con derecho a recibir limosnas derivadas de sus propios tributos. Lo único es que entonces era la Iglesia la que se encamaba y encaramaba en el reparto. 

    Así, la cama del Obispo de Paris, tras su muerte, la donaba a los enfermos pobres del Hotel Dieu, igual que los canónigos. Los obispos donaban de su capítulo para ciertas fiestas señaladas dos comidas bien copiosas a los pobres. Las religiosas principales se obligaban, cada 10 de Noviembre, a obsequiar al presidente del Parlamento con dos lujosos birretes y al primer ujier del mismo con dos pares de buenos guantes. Hasta el verdugo recibía botellas de vino y cabezas de cerdo...

    Igual, los condenados a muerte, en su camino hacia el patíbulo en la Plaza Mayor, si pasaban por delante de algún convento de monjas de Santa Catalina o de las Hijas de Dios, tenían derecho a exigir su ración de pan y de vino.

    Como verán, la cosa ha cambiado un mucho en las formas, un regular en los actores y en los medios, y un poco en el fondo.

    Se sigue exigiendo tributo al pueblo. A más humilde y pobre, mayor y más oneroso tributo, así como a más acomodado y más acaudalado gentilhombre, menor tributo en proporción al desgraciado. Luego, el reparto son las migajas, las sobras, los cada vez más limosneros servicios básicos, tras ellos repartirse en regalías, gabelas y ventajas el grueso de la recaudación.

    A los políticos, como a los altos funcionarios, tal y como hacía la Iglesia, se le obsequia con cantidad de agasajos y mamandurrias, tapados obsequios, ventajas, privilegios y prerrogativas, a costa del erario, y a los bajos funcionarios de calle se les hace la vista gorda en que sopen alguna miga en el plato del escaqueo o en otros de menor entidad...

    Aunque a la clerecía, como ha quedado el márgen de ciertos derechos, se les compensa con el de las inmatriculaciones, que no es flojo chupe. Que elijan la propiedad huérfana que más les plazca y se queden con ella por la cara. Un derecho de pernada con que aumentar su ya rico y desproporcionado patrimonio.

    Pero fíjense que, aunque con las más disimuladas y educadas maneras, el reparto de lo sacado al pueblo discurre por los mismos caminos trillados de la historia. Mandemos a los recaudadores, que traten bien a los que nos invitan a banquetes y negocios, y lo compensen con los que no tienen mas que lo justo, que, tras arreglarnos nosotros y nuestros compadres de viaje y aliados de fortuna, les devolveremos en protección y derechos lo que nos sobre, aunque sea pan y vino para el último tránsito...

    ...Y este cuento no lo he contado yo. Ha sido primero la Historia, y luego Transparency International si bien que con otro estilo, pero con las mismas matemáticas.-

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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