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MIGUEL GALINDO SANCHEZ

Miembro de la Asociación Hispanoamericana de las Letras (Hispadel). Promotor de talleres de escritura creativa. Corrector ortográfico y de estilo. Columnista de La Opinión desde hace 30 años, tiene publicados tres libros temáticos: Desde El Mirador, Opinan(dos) y Crónicas del Vivir, siendo coautor d...

Sobre este blog de Sociedad

Sobre todo lo divino y humano. La temática abierta es la clave de los artículos que se vierten aquí. Toda mi participación en el periódico La Opinión, queda reflejada en este blog, aparte mi web personal www.elescribidor.net


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  • 16
    Septiembre
    2015

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    Murcia

    LOS CIMIENTOS DE LA IGLESIA

    LOS CIMIENTOS DE LA IGLESIA

    Leo en un periódico textualmente que PapaPaco “sacudió los cimientos de la Iglesia al conceder a los sacerdotes la facultad de absolver a las mujeres que hayan cometido el pecado del aborto”… pero, eso sí, solo durante el Jubileo de la Misericordia, como oferta especial, o rebajas de cuentacuentos. Pues cimientos con muy poco cemento tienen que ser esos, porque la cosa se las trae. Dice la crónica que la (negra) iglesia española se ha rasgado hasta las vestiduras de sus imposturas. Tampoco me extraña nada, camarada. Esta conferencia episcopal nuestra es tridentina, y más inquisitorial que Torquemada, su tótem modelo.

                    Yo pensaba – y no sé si me absolverán del pecado de pensar, ni me importa – que hasta los criminales y asesinos se les perdonaban sus pecados si mediaba arrepentimiento y contricción, y propósito de enmienda, y todos los requisitos que sobre el sacramento de la confesión manda el sacro dogma, pero se ve que para las que abortan no había perdón. Ya saben, aunque Dios las perdone, la Iglesia no. Esto parece como uno de los tribunales de justicia del EI mismamente. Para hablar con propiedad, un tribunal de Yawé, ya vé… pero no de Dios, nunca, jamás, del Dios cristiano al menos.

                    Pero tampoco es de extrañar en cierta iglesia católica, apostólica y romana. No condenan ni se mueven a misericordia cuando ven a esos cientos, miles, de niños refugiados y rechazados, y, por lo tanto, condenados a muerte, pero se montan al santo cirio por los no natos. Comparan el aborto con el asesinato, pero, aquí mismo, niegan el último consuelo a las víctimas y sus familiares de los asesinados, pero les hacen funerales de héroes a los verdugos y asesinos. Incluso los perdonan sin arrepentimiento. Solo son terroristas, claro, y ellos no abortan vidas humanas…

                    Menudos cimientos de menuda iglesia. Saduceos, fariseos, hipócritas y sepulcros blanqueados. Muertos que entierran a sus muertos… El Nazareno los olió, porque antes de que apareciesen por aquí adueñándose de sus enseñanzas, ya mangoneaban por allí. Y lo crucificaron. Él intuyó que iban a ser los mismos suplantadores, los mangoneadores de la fé, los falseadores de creencias, los manipuladores de la verdad, los convertidores en religiones, los inventores y fabricantes de dogmas… Allí estaban entonces, y aquí siguen ahora.

                    Pero alegrémonos los creedores más que creyentes, que el modelo turístico-pecuniario del Camino de Santiago se va a vender como royalti a los japoneses, para implantarlo en su ruta de Shikoku, el camino de los 88 templos. Allí ya tienen la de Kumanu, pero no les rinde yenes suficientes, y mucho menos lo del camino de peregrinaje católico santificado y auspiciado por la Unesco, que es el auténtico caballo blanco donde cabalga el falso apóstol. Al menos allí, los templos budistas y sintoístas no tienen truco dentro, es una filosofía, no una idolatría… aunque tampoco es lo que importa en realidad. Es la fe. La fe encarrilada a un turismo del que son tantos los que mojan sopa que a ninguno conviene hablar de hipocresía. Al fin y al cabo, religión y negocio siempre han andado juntos, de la mano, el mismo camino santo. Camino creado, inventado, pero camino próspero y reluciente. Así que se abrirán nuevas franquicias: el Ignaciano, el de Caravaca, el de… aparte exportaciones al Japón, claro…

                    …Por cierto, óiga, que se me ha ido el joío santo al infierno… ¿de qué cimientos hablábamos..?.

    MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ – www.escriburgo.com

     

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