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MIGUEL GALINDO SANCHEZ

Miembro de la Asociación Hispanoamericana de las Letras (Hispadel). Promotor de talleres de escritura creativa. Corrector ortográfico y de estilo. Columnista de La Opinión desde hace 30 años, tiene publicados tres libros temáticos: Desde El Mirador, Opinan(dos) y Crónicas del Vivir, siendo coautor d...

Sobre este blog de Sociedad

Sobre todo lo divino y humano. La temática abierta es la clave de los artículos que se vierten aquí. Toda mi participación en el periódico La Opinión, queda reflejada en este blog, aparte mi web personal www.elescribidor.net


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  • 30
    Abril
    2014

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    GARCÍA MÁRQUEZ, GABRIEL.

     Los loores, flores y ditirambos lanzados a los cuatro vientos por el todo culto mundo durante días y días por la muerte de Gabriel García Márquez, contrasta patéticamente con la triste realidad de sus últimas vivencias. Algo no encaja. Algo apesta.

    Con ocasión de su visita a Los Ángeles (EE.UU.) para tratarse de su enfermedad, el autor de Cien Años de Soledad probó cien horas de soledad amarga al ser detenido en el aeropuerto, tumbado en el suelo, cacheado hasta por vía rectal, interrogado y maltratado, aislado en un cuartucho miserable... solo por tener el físico que tenía, apellidarse García, y ser colombiano, osea, llevaba puesta en la frente la etiqueta de narcotraficante. Nadie lo conoció. Nadie. Absolutamente nadie.

    Semanas después, ya en "su" México, D.F., en el distrito de Polanco, fué invitado por José María Arzak al restaurante que allí tiene franquiciado el famoso cocinillas, compartiendo mesa con él. Todos los clientes se hacían mantequilla con Arzak por lo "divino de sus cogollitos caramelados", y procesionaban por la mesa a rendir pleitesía por ser transportados al séptimo cielo en alas del exquisito guachinango, y sus rendivouses al maestro cucharones besando su santo culo antes de marcharse... Pero tampoco nadie, ni uno solo, reparó en que con él había un Premio Nóbel de Literatura...

    Por eso no me creo, o me creo poco, a los altavoceros del réquiem. Lo que pasa es que apuntarse a las condolencias procura publicidad gratuíta, salir en la foto... Y dá pátina. Y nos hace parecer los intelectuales que ni de coña somos. Y nos redime por un tiempo de nuestra propia ignorancia e incultura. Y ya casi todo el mundo sabe como empieza El Coronel no tiene quien le escriba, con lo de que apenas quedaba una cucharadita de café... Y todo quisque habla como si hubiese callejeado Macondo de cabo a rabo. Y lo llamamos Gabo, como conocedores de su intimidad...

    Pero es todo mentira. Una gran, enorme, y muy bien montada farsa servida con generosa guarnición de hipocresía. Pero la verdad es que ha tenido que morirse para ser conocido y reconocido por casi todos sus ardorosos comentaristas de última hora. Morirse para eso no compensa. Más le valía haber ganado un Festival de Benidorm. Mira Julio Iglesias...

     

     

     

     

     

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