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MIGUEL GALINDO SANCHEZ

Miembro de la Asociación Hispanoamericana de las Letras (Hispadel). Promotor de talleres de escritura creativa. Corrector ortográfico y de estilo. Columnista de La Opinión desde hace 30 años, tiene publicados tres libros temáticos: Desde El Mirador, Opinan(dos) y Crónicas del Vivir, siendo coautor d...

Sobre este blog de Sociedad

Sobre todo lo divino y humano. La temática abierta es la clave de los artículos que se vierten aquí. Toda mi participación en el periódico La Opinión, queda reflejada en este blog, aparte mi web personal www.elescribidor.net


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  • 11
    Febrero
    2016

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    Murcia

    CASINOS

    CASINOS

    Al principio de su tiempo, los casinos (de ahí su nombre) eran como los hermanos menores de las casas. La clase media acomodada que se lo podía permitir mantenía estos lugares y los utilizaba para su café, copa y puro, y donde poder reunirse para charlar, hacer negocios, “cotillear” y “conspirar”, simultaneándolos como lugares de juego permitido en una época en que estaba prohibido. De ahí su actual acepción de que un casino es un salón de ruleta y bacarrá…

                    Es cierta la fama casinil de una determinada clase, aliada a la figura del cacique del pueblo, al que solo cierto nivel social podía dar acceso y pertenencia, y participar de sus escogidos actos y excluyentes fiestas y bailes. Pero tampoco es menos cierto que eran lugares que albergaban igualmente cierto acervo cultural en sus salones de lectura, sus bibliotecas, quizá las únicas existentes en la localidad… No era fácil en aquella época el acceso a la cultura, y de ahí que muchos de ellos pasaran a denominarse Círculos Instructivos, o incluso Artísticos…

                    Yo nací y me crié en un pueblo tan humilde que, por no tener, no tenía ni casino. Quizá porque su clase media era más baja que la media, y bastante corta de posibles, y más escasa que sobrada. No así como el pueblo vecino, cuyo Casino y Círculo Instructivo llegó a la altísima cota de editar la única revista informativa que la comarca ha llegado a tener a lo largo de los tiempos. Hazaña cultural inigualada e inigualable aún en nuestra historia.

                    Sin embargo, el que mi pueblo careciera de casino no significaba que anduviera desprovisto de aspiraciones culturales. En absoluto. Más bien todo lo contrario. A falta de un centro adecuado, las tertulias se organizaban espontáneamente en cualquier sitio que brindara un rincón, un hueco… Un bar, la rinconera de una librería, un habitáculo que la generosidad de alguien facilitaba… En un tiempo en que la libertad de expresión o pensamiento, o el solo hecho de juntarse a hablar más de tres, constituía delito, el buscar ilustración y conocimiento no estaba, en modo alguno, exento de riesgo…

                    Las asociaciones culturales que logramos fundar y poner en marcha en aquella época y lugar fueron un auténtico milagro. Un logro que, aún hoy, guarda ecos y connotaciones épicas, y que todavía tiene difícil explicación a la luz de su momento. Solo desde la idiosincrasia de ciertos pueblos la tiene, y mi pueblo, desde luego, y sin lugar a ninguna duda, fue uno de esos pocos…

                    Hoy, los casinos languidecen. Mueren lentamente. Habría que resucitarlos reinventándolos, y dotarlos de nuevos contenidos. Pero es difícil. Actualmente la cultura es fácil de obtener pero difícil de “vender”… Nadie la valora. Nadie la aprecia. Nadie sacrifica nada por ella, ni tiempo, ni unas miserables monedas… Antes nos jugábamos el tipo, arriesgábamos, aventurábamos hasta nuestra integridad y mucho más por ella. Hoy casi que se desprecia. Y el caso es que quizá sea el único valor que un casino aún podría ofrecer. De ahí, valga el juego de palabras, que un casino ya casi no se explique.

    MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ /// www.escriburgo.com

     

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