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MIGUEL GALINDO SANCHEZ

Autodidacta integral de posguerra. Fué comerciante y chamarilero. Es columnista habitual de periódicos como La Opinión, MurciaEconomía, WordPress, MurciaRegión, etc...

Sobre este blog de Sociedad

Sobre todo lo divino y humano. La temática abierta es la clave de los artículos que se vierten aquí. Toda mi participación en el periódico La Opinión, queda reflejada en este blog, aparte mi web perso


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  • 25
    Febrero
    2015

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    Murcia

    ¿APRENDEREMOS..?

    ¿APRENDEREMOS..?

    Veamos... Todos, o casi todos, o muchos, queremos que los partidos cambien. Aspiramos a que sean capaces de regenerar la vida política, que se termine con el sectarismo, los abusos, la corrupción, la prepotencia, su ilustrado absolutismo... Vale, pero, ¿estamos dispuestos a cambiar nosotros?, ¿somos capaces de coger el toro por los cuernos nosotros mismos?..

    La crisis trajo algo de bueno: un acercamiento de la ciudadanía a la realidad. Aunque fuera brutal. Nos dimos cuenta del engaño del caramelo, de los embustes, del dame pan y dime tonto... incluso de los chantajes más burdos o más sublimizados, de las luchas intestinas por el poder, del nepotismo y el despotismo, de los robos... Sin embargo, ahora parece - digo parece - como que surge la vieja, intolerante e irracional tentación de "apartidarse" como el hacerse forofo del Cebollétic Club o del Bacalao Atléthic, abandonando todo sano principio crítico y ético, para convertirnos en unos ultrasures de cada cual sus siglas.

    Votadores útiles, se llama eso. A los míos aunque no lo merezcan. O a los que se confiesan buenos porque aún no han demostrado ser malos. El segundo ejemplo, aún en su simplicidad, es más coherente e inteligente que el primero, que es ciego y tan impotente como incompetente. Pero ambos tienen el peligro del no compromiso del que acude a la urna. Preferimos convertirnos en comparsas, en siervos de, antes que comprometernos con... Con nosotros mismos, claro, y con nuestra propia conciudadanía.

    Yo entiendo que el enorme dolor social y ansiedad que ha traído la crisis, y el desencanto y la desconfianza que nos han ocasionado nuestros pésimos administradores, nos empuja a la necesidad de creer en algo bueno, algo positivo, limpio y veraz. Y nos hace cerrar los ojos y soñar que que algunos alguienes nos traerán algo mejor, más justo, o a si los nuestros de toda la vida cambiaran su mala vida por nuestra buena vida... Pero la historia nos enseña que el poder corrompe, porque el poder absoluto es corruptor a la vez que corruptible por naturaleza.

    Así que si hemos de aprender correctamente la lección y que sirva de algo el precio que estamos pagando por ella, hemos de implicarnos activamente en la administración, el control y el manejo de los políticos, a fin de que la posibilidad de corrupción sea mínima o nula en lo posible. Tenemos la ocasión y la obligación de forzar el nacimiento de un nuevo paradigma para que sea la propia sociedad la que diriga la política de la auténtica democracia.

    Y hay muchas maneras, muchas formas y fórmulas, muchos sistemas para poder hacerlo. Lo que pasa es que hemos conocido una democracia secuestrada, limitada, una especie de pseudodemocracia paternalista y casi que cesarista, que se ha corrompido a sí misma con nuestro aplauso y beneplácito idiota. Pero la verdadera, la genuína democracia, no es así. El ciudadano debe ser el garante, oficiante, depositante y beligerante del voto que mete en la urna. Además de exigente. Lo otro, lo que hacemos ahora, es suicida, y dejar el gallinero en manos, perdón, en las garras, de las zorras.

    Miguel Galindo Sánchez / www.elescribidor.net

     

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