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El Cine o la Vida
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Tomás del Cerro

Corresponsal de La Opinión en Alcantarilla.

Sobre este blog de Cine

A menudo, la realidad se entremezcla con la ficción, y nos impide distinguir los hechos que han sucedido realmente de aquéllos que hemos leído en un libro, escuchado en una canción, o soñado despiertos. Identificaremos la realidad a través de su película, porque toda la vida es cine, y los sueños, c...


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  • 14
    Diciembre
    2011

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    Carmen

    Carmen es una novela francesa ambientada en España, reconvertida a ópera italiana que triunfó por primera vez en Austria. ¿Quién no quiere eurobonos?

    Un siglo más tarde, el director Vicente Aranda la llevó al cine con el estilo obsesivo y malsano que le caracteriza. Cuando la vi no pude sino reflexionar, una vez más, sobre la facilidad con la que un hombre es capaz de volverse loco ante las promesas de una mujer, siempre y cuando vayan acompañadas de algo más de una libra de carne. Tanto en el sexo como en la economía, la especulación es mucho más peligrosa que la consecución en sí misma; el horizonte de explotación de mercados inexplorados es más eficaz que el propio logro, porque una vez consumado, el cazador descubre que el prado no era más verde al otro lado.

    Las mujeres lo saben y especulan desde hace milenios con el sexo potencial, que es el que está directamente ligado a los sueños; en contraposición al sexo real, una moneda de cambio chabacana y fugaz. En la imaginaria asignatura “Economía del sexo”, a esto se le llamaría “rentabilidad del deseo”. Por cierto, que si existiera de verdad solicitaría a la dirección general de Personal de la consejería de Educación que me habilitara para impartirla, porque acredito experiencia docente de sobra.

    Pero volviendo a la obra que nos ocupa, Carmen es una morena ligera de cascos que decide invertir en un militar navarro convenciéndole de que odiaba a los “perros españoles” tanto como él. Sus labios lascivos especulan concediendo microcréditos que van hipotecando poco a poco al soldado, cuyo deseo (codicia en términos financieros), ya no tiene fin, mientras su rostro adquiere progresivamente el terrible aspecto de los bonos basura.

    La malvada Carmen pasa sus días y sus noches endureciendo las condiciones a su amante para poder acceder a sus dividendos, sin los cuales no podrá sobrevivir mucho más tiempo. Malditos mercados. El navarro, mientras tanto, ansía besarla, pero sólo consigue acariciarla; quiere penetrarla, pero apenas consigue tocarla. En el éxtasis de la especulación, él acaba creyendo que la gitana de Sevilla es capaz de hablar euskera tan bien como él mismo. Claro que Leonardo Sbaraglia estaba dispuesto a creer que Luis XIV era un comunista con tal de que Paz Vega le permitiera hacer auditorías periódicas al sabor de su piel.

    La prima de riesgo del soldado se ha disparado, pero su economía real no llega ni a la altura de los pechos de su amante. Necesita invertir en infraestructuras sobre las que auparse para alcanzar su corazón, pero ya no dispone liquidez. Allá en su valle de Leiza sería un muchacho joven y fuerte al que ningún tronco se le resistiría; pero fuera de su paraíso aizkolari sólo es un tonto más que cae atrapado en la burbuja de otra femme fatale. Entre él y una hipoteca subprime ya no hay ninguna diferencia.

    En un desesperado esfuerzo por salvarse busca en su interior un último valor en alza, pero sólo logra acariciar su dignidad convertida en calderilla. Mira a su alrededor en busca de una inyección de liquidez que calme su deseo, pero en la España de 1820 no hay ni rastro de los euros, y lo que es peor: El fondo de rescate aún no se ha inventado. Ante un inminente desahucio moral, el soldado cree escuchar voces procedentes de la izquierda real en lo que realmente sólo era un pitido absurdo en su oreja siniestra. Las voces le incitan a romper sus cadenas y abrazar la nueva libertad: Muerte a la dictadura de los mercados.

    Y el soldado, como un Cayo Lara de Arco cualquiera, emprende su cruzada contra el capital matando a su amante y subyugadora. Fin de la historia tal y como la concibieron Merimée y Biset. La nueva versión se vende por entregas en periódicos salmón donde el terror se escribe sobre billetes de euro. Continuará… o no.

    Carmen también es el nombre de mi hija, un precioso bebé que pronto alcanzará los cuatro kilos. Pero como a mi me gustan las mujeres como a Hitchcock, o sea, rubias de pelo largo bien peinado y ojos claros como el cielo antes del Apocalipsis de la lluvia ácida, pues prefiero que mi hija se parezca a su madre en lugar de a Paz Vega.

    Claro que esto habrá hecho saltar de la silla al socialista Pedro Marín, quien otorga a la morena andaluza categoría de musa que apuesto a que le ha atormentado más de una noche. Por cierto, que mi Carmen también atormenta algunas de mías, pero bueno.

    Hablando de Pedro Marín; el que fuera portavoz del PSOE de Alcantarilla la pasada legislatura ha saltado a la palestra estos días a raíz de un artículo aparecido en el diario donde habitualmente perpetra sus crónicas este humilde reportero.

    http://www.laopiniondemurcia.es/portada/2011/11/18/parking-entrevias-cierra-publico-falta-clientes/365096.html

    Y sí, resulta que hace años que el dirigente socialista alertó de lo que ocurriría con el parking de Entrevías, una obra del todo insostenible, que la propia empresa adjudicataria había advertido de que era deficitaria, y difícilmente se podían permitir unas arcas municipales que ahora no pueden soportar el peso de la deuda. Rememorar estas palabras de Pedro Marín es concederle ahora una merecida victoria moral a quien en su día tuvo que soportar acusaciones de rojo peligroso por no querer que se construyera una obra faraónica que de ninguna manera podríamos pagar en 40 años.

    Sin embargo ahí tenemos ahora un parking cerrado que nos costó doce millones de euros y obligó a remodelar una plaza en la que se tomaba el sol y la sombra, porque había árboles; se jugaba a la petanca y al fútbol sala, acogía a vecinos de todas las edades; los niños celebraban el día de la bicicleta e incluso se daban conciertos en mayo. La plaza tenía las carencias lógicas de un lugar que se erigió en el epicentro de la vida social alcantarillera de forma aleatoria, casi salvaje, a salvo de intromisiones de concejales de pueblo.

    La actual plaza Adolfo Suárez, sin embargo, es tan gris como el alcalde que la concibió a base de hormigón, adoquín destrozado, hierro cortante, cristales rotos, bancos de alambre deshilachado... donde no hay ni una sola sombra para el sempiterno verano alcantarillero, y donde el frío conservado en cemento penetra en los huesos en el corto pero intenso invierno de nuestra tierra. No hay nada que recuerde la existencia de la naturaleza, y para recochinearse de nosotros han colgado gigantes tiestos vacíos en el amasijo de hierros donde se supone que iban enredaderas.

    Es tan humillante que parece que el alcalde se está vengando de los vecinos por haberlo elegido a sabiendas de que no merecía serlo: El pueblo prevaricando y el alcalde sancionándolo. This is Alcantarilla.

     

     

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