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Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 10
    Mayo
    2014

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    ¿POR QUÉ NO SE CALLAN?

    Creo que no aporto nada nuevo, si critico determinadas tradiciones ceremoniales que arrastramos de la época del nacional-catolicismo, impuestas por el antiguo régimen y que siguen todavía arraigadas en nuestra sociedad, como la necesidad de casarnos por la iglesia, bautizar a los recién nacidos, celebrar la primera comunión de nuestros hijos o despedir a nuestros difuntos. Ceremonias religiosas que con el tiempo, han ido perdiendo su significado espiritual y degenerando en actos de tipo social y en determinados casos, incluso festivo.

    La iglesia católica, que para estos temas, tiene una especial capacidad de adaptación y fagocitosis, es plenamente consciente de ello y en muchos casos, aprovecha este tipo de ceremonias, donde la asistencia es masiva (incluso de no-creyentes), para lanzar sus mensajes más radicales y de rancio sectarismo ultraconservador.

    No sería la primera vez y todos sabemos que tampoco la última, en la que un sacerdote de la iglesia católica, de mayor o menor “graduación” (aquí los incluyo a todos, desde el cura raso hasta el cardenal), aprovecha su posición de privilegio a la hora de proclamar su homilía y nos deleita con una retahíla de sandeces sexistas, homófobas, sociales o políticas, que consiguen ofender incluso a sus feligreses más fanáticos.

    La última ocurrió el pasado domingo, 4 de mayo de 2014, cuando varios niños y niñas acudieron a la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción, en la localidad de Caneda (Jaén), acompañados de sus padres y del resto de invitados, a la celebración de su Primera Comunión. Durante la homilía, el párroco de turno, amparado en su condición de máxima autoridad, micrófono en mano y sin posibilidad de réplica por parte de los asistentes, no tuvo otra ocurrencia que comparar la sociedad actual con la de hace treinta años, cuando “a lo mejor, un hombre se emborrachaba y llegaba a su casa y le pegaba a la mujer, pero no la mataba como hoy”.

    Este descerebrado con sotana, justificaba su argumentación con el hecho de que “antes había un sentido moral y hoy no lo hay” y llegaba a la conclusión de que hace treinta años, “una persona tenía formación cristiana y, aunque se emborrachaba, sabía que había un quinto mandamiento que decía no matarás”, mientras hoy en día, “como nadie sabe ni qué son los mandamientos, ni hay fronteras entre el bien y el mal, pues cada uno hace de su capa un sayo”.

    No merece la pena entrar a valorar las sandeces que este individuo soltó desde el púlpito, porque creo que se descalifican por sí mismas, pero sí que me preocupa el oportunismo con que se dicen y los destinatarios del mensaje (niños y niñas de entre siete y doce años). ¿Puede tolerarse que este señor, por mucha sotana que le arrope, transmita a nuestros hijos que está mal matar, porque lo dicen los mandamientos, pero no lo está pegarle una paliza a su mujer, porque de eso no dicen nada? ¿Deben las niñas comprender que es algo normal, y que entra en los parámetros morales de la iglesia, que su marido le pegue, cuando va borracho? ¿Los principios morales cristianos que echa en falta este señor son la obsesión por el sexo, la intolerancia, la homofobia, el clasismo y la discriminación sexual hacia la mujer, que pregonan algunos obispos de la iglesia católica?

    Casos como éste, o la reciente homilía en el funeral de las víctimas del 11M, del ya jubilado presidente de la Conferencia Episcopal Española, en la que también recordaba tiempos pretéritos de nuestra historia (en los que, sin duda, a ellos les iba mejor), sólo consiguen enfrentar a nuestra sociedad. Discursos beligerantes y con intencionada carga política, en los que además, aprovechan su posición de privilegio desde el púlpito y la total impunidad de la que gozan. ¿Por llevar sotanas tienen derecho a hacer apología de la violencia de sexo, de la homofobia o de la discriminación sexual, sin que nadie les pueda recriminar nada? ¿No están tipificados los delitos de “odio y discriminación”? Concluyo con una cita regia ¿Por qué no se callan?

    Besos

     

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