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Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 22
    Abril
    2014

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    PACO EL SINDICALISTA

    Se llama Francisco Javier, pero todos sus compañeros le conocen por Paco el sindicalista porque lleva años trabajando como liberado sindical de uno de los grandes sindicatos de la Administración Pública.

    Está casado y tiene tres hijos, dos chicos y una chica, por los que daría la vida sin dudarlo, aunque reconoce que por Marta, la menor de los tres, siente una debilidad especial. Paco es un padre feliz y orgulloso de su familia, al que se le ilumina la cara al hablar de ella.

    Pero la familia no es lo único que ilumina la cara de Paco el sindicalista. Cuando está relajado y puede contar sus batallitas sindicales, Paco se transforma, porque en el fondo, está hablando de “lo suyo”, de su especialidad, de una actividad a la que ha dedicado media vida y que además de muchos disgustos, también le ha dejado buenos recuerdos y satisfacciones.

    Recuerda siempre el caso de aquella compañera, “María la de Secretaría” con la que normalmente desayunaba, a la que eso del sindicalismo, le importaba un bledo y criticaba a todos los sindicatos por igual. Ella no se creía, para nada, la labor que desarrollaban, y a veces, incluso se pasaba un poco en la crítica y el desprecio hacia los sindicatos y los sindicalistas. Paco, con una paciencia encomiable, intentaba explicarle que él, pese a estar liberado, seguía levantándose a las siete de la mañana y antes de las ocho, ya estaba en su sección sindical trabajando y atendiendo a los compañeros, hasta las tres de la tarde (algunas veces, hasta más tarde), como el resto funcionarios. También le hablaba de las horas libres empleadas en reuniones, algunas de las cuales duraban incluso hasta altas horas de la noche, de los logros conseguidos, de los problemas solucionados y de las horas que había robado a su familia, para dedicarlas a representar a los compañeros, pero María, encerrada en sus prejuicios, era imposible de convencer.

    Bueno, imposible de convencer tampoco es la definición, porque un día María la de secretaría, se convirtió en una María Magdalena y llorando de arrepentimiento por lo injusta que había sido hasta entonces con Paco, le pidió una hoja de afiliación a su sindicato. Quería ser afiliada con Paco el sindicalista, estuviese en el sindicato que estuviese, porque él fue el único que dio la cara por ella cuando lo necesitó.

    En su momento, cuando María le pidió ayuda, a Paco no le importó que no estuviese afiliada o que criticase continuamente al sindicato. Cuando le contó el acoso al que estaba siendo sometida por su jefe, se puso de su lado sin dudarlo, recriminó al resto de compañeros que no quisieran saber nada del tema, se encaró con el acosador, le amenazó con denunciarlo, dio parte de la situación a los responsables y consiguió para María un cambio de puesto de trabajo que solucionó, al menos en parte, su problema.

    Tampoco le importó a Paco que desde ese día, el problema de María se le trasladase a él, que fuese declarado enemigo público en la secretaría donde María trabajaba, que el jefe le jurase odio eterno y le amenazase con un “ya nos encontraremos”. Ese día Paco era un hombre feliz porque había solucionado un problema, defendido a una compañera y en su modestia, colaborado a combatir una injusticia.

    Hoy, sin embargo, Paco está un poco más triste. Después de tantos años de lucha, ha perdido la ilusión, no se siente con fuerzas para justificar lo injustificable, se considera engañado y traicionado por los suyos y no ha podido soportarlo. Acaba de leer las noticias, ha visto las chapuzas de las que son capaces algunos líderes sindicales, (incluso los de su propio sindicato) y ha tenido que tomar una de las decisiones más dolorosas de su vida sindical. Ha firmado su renuncia a la liberación, ha dimitido de sus cargos y ha roto su carnet sindical, porque ya no se siente parte de ese sindicato por el que ha luchado y entregado parte de su vida. Paco, ya no es liberado sindical, ni siquiera es afiliado, pero para sus compañeros, siempre será Paco el sindicalista.

    Besos

     

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