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Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 25
    Febrero
    2014

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    LA REFORMA DE ALBERTO

    Permítanme que hoy, saltándome todos los consejos de las personas que me quieren, me meta en un charco del que seguro, saldré mojado. Me aconsejan bordear el tema porque es bastante conflictivo, porque hay opiniones para todos los gustos y porque mi opinión personal, posiblemente siente mal a algunas personas a las que quiero y respeto, pero es que si no lo digo, reviento. Me estoy refiriendo a la reforma de la Ley del Aborto de nuestro Ministro de Justicia, D. Alberto Ruiz Gallardón, con la que, les adelanto por si no quieren seguir leyendo, estoy total y radicalmente en contra.

    Desconozco las razones que han impulsado al señor Gallardón a plantear su reforma, aunque imagino que serán variadas y complementarias. Entre presiones (con la iglesia hemos, topado Sancho), estrategias políticas, dado que el partido se estaba “centrando” demasiado y había que darle un giro radical hacia la derecha (o un giro hacia la derecha radical, como más les guste) e ideológicas (las sectas ultracatólicas también tienen sus influencias), pero el caso es que, el ministro que parecía más modosito del Gobierno, nos sale con su polémica propuesta de reforma y monta la que ha montado.

    Atrás quedaron sus peleas con Doña Esperanza, cuando para contrarrestar el neoliberalismo ultraconservador de ésta, D. Alberto se mostraba cauto, dialogante y razonable. Ahora se siente fuerte y protegido por otros miembros del Gobierno, polemistas contrastados, por lo que se lanza al ruedo sin muleta y ataca al mismo corazón del progresismo y sus libertades.

    Ha llegado su gran momento, el momento que tanto estaba esperando. Ahora puede librarse de la careta que le ocultaba y mostrarse tal como es, sin ataduras que le contengan, sin remilgos a la hora de defender sus ideas. Los votantes han decidido. Votaron de manera mayoritaria al Partido Popular y eso hace que se sienta legitimado para hacer lo que considere oportuno, por el bien de su España, esa que siempre ha defendido como “Una, Grande y Libre”.

    No le importan los argumentos que defienden el derecho a decidir de las mujeres y que él califica despectivamente de feministas y radicales. No le importan las circunstancias en que se produzca el embarazo, las consecuencias que puedan ocasionar a la madre o a su entorno, ni los razonamientos de los expertos en cuanto a plazos. Abortar es pecado, como continuamente le recuerda la Conferencia Episcopal Española, y en este país, laico pero con un gobierno ultracatólico hasta la médula, pecar debe estar perseguido por la ley.

    Se le llena la boca cuando se jacta de haber elaborado la ley más progresista de la historia de la democracia y se olvida que al menos, en nuestro país, la palabra progresista, va unida a laicismo y defensa de las libertades individuales (sexualidad, aborto, eutanasia, etc.). ¿Cómo se atreve a llamar progresista su reforma? ¿Nos quiere tomar el pelo?

    Dice respetar las opiniones minoritarias, pero se burla de ellas. Amparado en la mayoría absoluta de su partido y la disciplina de voto, impone su criterio (en realidad minoritario) y se jacta de representar la opinión mayoritaria de los españoles y españolas. ¿En qué mundo vive este señor? ¿No ve la televisión, ni oye la radio, ni lee la prensa? ¿No oye a las mujeres de su entorno y de su propio partido? ¿No le da vergüenza tirar de cinismo, ironía y demagogia en un tema tan serio como el aborto?

    El caso es que, si nadie lo remedia, tendremos reforma de la ley. Una reforma injusta, machista, retrógrada y antisocial que por cierto, no impedirá que las mujeres que decidan libremente abortar, lo hagan, pero que dificultará su ya de por sí, difícil decisión y que en muchos casos pondrá en peligro la vida de la madre y del feto, por obligarlas a hacerlo de manera clandestina y sin garantías.

    Si como insinúa D. Alberto, tenemos lo que hemos votado, lo mejor será pensarlo muy bien antes de volver a poner nuestro futuro, en manos de determinada gente.

    Besos

     

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